Imágenes del Abismo de Pasión
Entré a la galería en el corazón de la Roma, con el bullicio de la Ciudad de México zumbando afuera como un motor viejo pero vivo. El aire estaba cargado de ese olor a café recién molido mezclado con incienso, y las luces tenues bailaban sobre las paredes blancas. Ahí estaban ellas: imágenes del abismo de pasión, una serie de fotos en blanco y negro que me clavaron la mirada como un imán. Cuerpos entrelazados en sombras profundas, curvas que se perdían en la oscuridad, labios entreabiertos capturando un jadeo eterno. Neta, sentí un cosquilleo en la piel, como si esas figuras cobraran vida y me rozaran el cuello.
Yo, Ana, una morra de veintiocho que trabaja en diseño gráfico, no esperaba que una expo de arte me pusiera la piel de gallina así. Pero esas imágenes del abismo de pasión hablaban directo a mis entrañas. Me quedé parada frente a la principal: una mujer con el cabello revuelto, arqueando la espalda contra un torso masculino, sus dedos hundiéndose en la carne. Podía oler el sudor imaginario, salado y caliente, y oír el roce de piel contra piel.
¿Qué carajos me pasa? Esto es puro fuego líquido corriendo por mis venas.Mi blusa se pegaba un poco al pecho por el calor, y crucé los brazos para disimular los pezones endurecidos.
Entonces lo vi a él. Alto, con esa barba recortada que le daba un aire de galán de telenovela, pero con ojos cafés que prometían travesuras. Vestía una camisa negra ajustada que marcaba sus hombros anchos, y jeans que... órale, dejaban poco a la imaginación. Se paró a mi lado, tan cerca que su colonia fresca, con notas de madera y cítricos, me envolvió como un abrazo. "¿Te gustan?" murmuró, su voz grave retumbando en mi pecho.
"Neta, me tienen loca", respondí sin pensarlo, girándome para mirarlo. Se llamaba Diego, fotógrafo freelance de treinta y tantos, el carnal que había armado la expo. Charlamos un rato, riéndonos de lo cursi que sonaba el título, pero sus ojos decían otra cosa. Me contaba cómo capturó esas imágenes del abismo de pasión en un viaje a la costa oaxaqueña, con modelos que se dejaban llevar por el momento. "Es como caer en un hoyo sin fondo de deseo", dijo, y su mano rozó la mía al señalar una foto. Ese toque fue eléctrico, un chispazo que me subió por el brazo hasta el ombligo.
Salimos de la galería caminando por las calles empedradas, el sol del atardecer tiñendo todo de naranja. Platicamos de todo: de tacos al pastor que extrañaba de Guadalajara, de mis noches solitarias editando fotos en mi depa de la Condesa. La tensión crecía con cada paso; su risa ronca me erizaba la nuca, y yo notaba cómo me devoraba con la mirada. Llegamos a un bar chiquito, con mesas de madera y cumbia rebajada sonando bajito. Pedimos chelas frías, y al chocar las botellas, sus dedos se demoraron en los míos.
¡Puta madre, Ana, no seas pendeja, invítalo a tu casa ya!
"¿Quieres ver más imágenes? Tengo unas privadas en mi laptop", soltó él con una sonrisa pícara. No lo pensé dos veces. "Vamos a mi depa, carnal. Ahí te enseño mis secretos". En el Uber, su muslo presionaba el mío, y el calor de su cuerpo se colaba por mi falda corta. Olía a él, a hombre limpio con un toque de deseo crudo. Cuando entramos a mi lugar, con sus plantas colgantes y posters de Frida por todos lados, cerré la puerta y ya estaba. Sus labios cayeron sobre los míos como lluvia en desierto.
El beso fue hambriento, lenguas enredándose con sabor a cerveza y menta. Sus manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando el brasier con maestría mientras yo le arrancaba la camisa. Sentí su pecho firme, pectorales duros bajo mis palmas, el vello rizado rozándome las yemas. "Qué rico hueles, Ana", gruñó contra mi cuello, mordisqueando la piel hasta dejar un rastro húmedo. Bajé la mano a su entrepierna, sintiendo la verga tiesa latiendo bajo el denim. Órale, qué pedazo de hombre.
Lo empujé al sofá, quitándome la falda de un tirón. Quedé en tanga negra, mis tetas libres balanceándose. Él se relamió los labios, ojos fijos en mis pezones rosados. "Muéstrame esas imágenes tuyas", jadeé, pero ya no importaban las fotos. Me arrodillé entre sus piernas, desabrochándole el cinto con dientes. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta que lamí despacio. Sabía salado, almizclado, puro vicio. Él gimió, enredando los dedos en mi pelo: "¡Neta, qué chingona eres!". Chupé con ganas, lengua girando alrededor del glande, sintiendo cómo palpitaba en mi boca, el olor de su excitación llenándome las fosas nasales.
Pero quería más. Me levanté, montándome a horcajadas sobre él. Su verga rozó mi panocha empapada a través de la tela fina. "Quítamela, Diego", supliqué, y él rasgó la tanga con un movimiento brusco. Sentí el aire fresco en mi sexo húmedo, labios hinchados pidiendo guerra. Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme hasta el fondo.
Es como esas imágenes, un abismo sin fin de puro placer.Empecé a moverme, caderas girando en círculos lentos, sus manos amasando mis nalgas, dedos hundiéndose en la carne suave.
El ritmo subió. Rebotaba sobre él, tetas saltando, sudor perlando nuestras pieles. El sonido de carne chocando contra carne llenaba el cuarto, mezclado con nuestros jadeos roncos. "¡Más fuerte, morra!", rugió, y yo aceleré, clavándome las uñas en su pecho. Olía a sexo crudo, a jugos mezclados y piel caliente. Él se incorporó, chupando un pezón mientras me embestía desde abajo, su verga golpeando ese punto dulce adentro que me hacía ver estrellas. La tensión crecía como una ola, mis músculos apretándolo, su respiración agitada contra mi oreja.
De repente, me volteó sobre el sofá, poniéndome a cuatro patas. Entró de nuevo, profundo y salvaje, una mano en mi cadera, la otra enredada en mi melena. Cada estocada era un trueno, mi clítoris rozando el aire, enviando chispas por mi espina. "¡Me vengo, Diego! ¡No pares!", grité, y el orgasmo me partió en dos. Olas de placer me sacudieron, panocha contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando por mis muslos. Él gruñó como animal, hinchándose dentro de mí antes de explotar, chorros calientes inundándome mientras su cuerpo temblaba contra el mío.
Caímos exhaustos, enredados en el sofá desordenado. Su pecho subía y bajaba contra mi espalda, el sudor enfriándose en nuestra piel. Me besó la sien, suave ahora, con olor a después del amor: almizcle dulce y paz. "Esas imágenes del abismo de pasión no se comparan con esto", murmuró riendo bajito. Yo sonreí, trazando círculos en su abdomen con el dedo.
Neta, esto fue caer al fondo y no querer salir nunca.
Nos quedamos así un rato, escuchando el tráfico lejano y nuestros corazones calmándose. Al final, se levantó a preparar café en mi cocina chiquita, desnudo y sin pena. Brindamos con tazas humeantes, planeando la próxima expo, la próxima noche. Esa expo no solo me dio imágenes; me dio un pedazo de cielo ardiente. Y quién sabe, tal vez yo sea la musa de su próximo abismo.