Relatos
Inicio Erotismo Pasion por el Sabor de Tu Piel Pasion por el Sabor de Tu Piel

Pasion por el Sabor de Tu Piel

6808 palabras

Pasion por el Sabor de Tu Piel

El sol de mediodía caía a plomo sobre el mercado de Coyoacán, con ese calor pegajoso que te hace sudar hasta el alma. Yo, Ana, caminaba entre los puestos rebosantes de colores y olores que me volvían loca: el dulzor de los churros recién fritos, el picor de los chiles tostados, el aroma terroso de los moles humeantes. Neta, no hay nada como un buen mercado mexicano para despertar los sentidos. Llevaba un vestido ligero de algodón floreado que se pegaba a mi piel por el bochorno, y mis sandalias rechinaban contra el piso empedrado.

Ahí lo vi, detrás de un puesto de frutas exóticas. Diego, con su camiseta ajustada que marcaba unos brazos fuertes de tanto cargar cajones, y una sonrisa pícara que prometía problemas del bueno. Era alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como el chocolate amargo que vendía. Me acerqué, fingiendo interés en las mangos ataúlfos, pero en realidad era por él.

¿Qué wey tan chulo?, pensé, mientras me lamía los labios sin querer.

—Órale, preciosa, ¿buscas algo dulce o algo que pique? —me dijo con esa voz ronca, extendiéndome un pedazo de mango chorreante de jugo.

Lo tomé, mis dedos rozando los suyos, y el contacto fue como una chispa. Mordí, el sabor ácido y dulce explotó en mi boca, jugo resbalando por mi barbilla. Él se rio, limpiándome con el pulgar, lento, deliberado.

Pasion por el sabor, ¿verdad? Yo soy igual, no puedo resistirme a algo jugoso —murmuró, sus ojos clavados en mis labios.

Sentí un cosquilleo en el estómago, de esos que suben hasta el pecho. Charlamos un rato, coqueteando entre risas y muestras gratuitas. Me dio a probar chocolate con chile, su dedo rozando mi lengua al pasármelo. Qué rico, pensé, imaginando otros sabores. La tensión crecía con cada mirada, cada roce accidental. Al final, me invitó a su depa cerca del mercado, "para probar algo más especial". No lo dudé. Caminamos juntos, el aire cargado de promesas.

Su departamento era chiquito pero acogedor, con paredes pintadas de colores vivos y una cocina abierta llena de ingredientes. Olía a vainilla y canela, como si hubiera estado preparando algo. Me sirvió un mezcal fresco, el humo del copalito subiendo en espirales. Nos sentamos en el sofá, piernas rozándose, y empezó a contarme de su pasion por el sabor, cómo creció entre mercados, probando todo lo prohibido.

—La vida es para saborearla, Ana. Cada bocado cuenta —dijo, acercándose. Su aliento cálido olía a menta y chile.

Yo asentí, el corazón latiéndome como tamborazo.

¿Y si lo pruebo a él? ¿Cómo sabrá su piel salada, su sudor mezclado con ese aroma masculino?
Le conté de mis aventuras en la cocina, cómo me excita cocinar desnuda, lamiendo cucharas con restos de crema. La plática fluyó, pero el aire se espesaba. Sus manos en mi rodilla, subiendo despacio. Lo miré, y supe que era mutuo. Lo besé primero, suave, explorando su boca con mi lengua. Sabía a mango y deseo.

Nos levantamos, tropezando risas, hacia la cocina. Sacó fresas, chocolate derretido, crema batida. Food play, pensé, excitada. Me quitó el vestido con manos temblorosas de anticipación, besando mi cuello mientras la tela caía. Mi piel erizada bajo su toque, pezones endureciéndose al aire fresco. Él se desnudó rápido, su cuerpo atlético brillando con un leve sudor. Lo empujé contra la mesa, untando crema en su pecho, lamiéndola despacio. Su gemido ronco fue música, "¡Ay, wey, qué rico!"

El sabor era divino: sal de su piel con la dulzura láctea, bajando por su abdomen marcado. Mis labios trazaban caminos, lengua recogiendo cada gota. Él jadeaba, manos enredadas en mi pelo, guiándome sin forzar.

Esto es mi pasion por el sabor, puro, intenso, como un mole perfecto.
Bajé más, hasta su verga dura, palpitante. La unté de chocolate tibio, el contraste de temperaturas volviéndome loca. Lamí desde la base, saboreando la mezcla amarga y su esencia salada, muscular. Él gruñó, caderas moviéndose leve.

Mamacita, me vas a matar —susurró, voz entrecortada.

Lo chupé lento, lengua girando en la punta, probando pre-semen mezclado con chocolate. El sonido húmedo de mi boca, sus respiraciones agitadas, el olor almizclado de su arousal llenando el aire. Me incorporé, él me volteó, untando fresas en mis senos, mordiendo suave, lengua revoloteando en mis pezones. ¡Qué delicia! Sentí mi humedad creciendo, entrepierna palpitando. Me cargó a la cama, colchón hundiéndose bajo nosotros.

Aquí la cosa escaló. Sus besos bajaron por mi vientre, deteniéndose en mi monte. Olía mi excitación, musgosa y dulce.

Por favor, pruébame, Diego. Quiero sentir tu pasion por el sabor en mí.
Separó mis piernas con ternura, lengua lamiendo mis labios mayores, saboreando jugos. Gemí alto, arqueándome. Él devoraba, succionando clítoris, dedos entrando suave, curvándose en mi punto G. El placer subía en olas, sonidos chapoteantes, mi piel ardiendo. Lo jalé, queriendo más.

Nos pusimos en 69, cuerpos entrelazados, sudados. Yo lo mamaba profundo, garganta acomodándose, mientras él me comía con hambre. Sabores mezclados: su verga en mi boca, mi coño en la suya. Gritos ahogados, caderas empujando al unísono. La tensión crecía, mis bolas apretándose, su verga hinchándose más. No pares, pendejo chulo, pensé entre jadeos.

Cambié posición, montándolo. Su verga entró fácil, resbalosa de saliva y jugos. Cabalgaba lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso. Nuestros ojos conectados, sudor goteando, pechos rebotando. Él amasaba mis nalgas, dedos rozando ano sin invadir. Aceleré, piel chocando con palmadas húmedas, olor a sexo impregnando la habitación. ¡Estoy cerca!

—Córrete conmigo, Ana —gruñó, embistiéndome desde abajo.

El orgasmo explotó como pirotecnia en el Zócalo. Olas de placer sacudiéndome, coño contrayéndose alrededor de él, leche caliente llenándome. Grité su nombre, uñas en su pecho. Él se vino segundos después, espasmos profundos, gemido gutural. Colapsamos, entrelazados, respiraciones calmándose.

En el afterglow, yacíamos pegajitos, pieles pegadas por sudor y restos de comida. Me besó la frente, limpiándome con besos suaves.

Neta, tu pasion por el sabor me contagió —dijo riendo bajito.

Yo sonreí, trazando círculos en su pecho.

Esto fue más que sexo; fue un festín de sentidos, de conexión pura. Mañana volveré al mercado, por más.
El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja, y nos quedamos así, saboreando la paz post-orgasmo, con promesas de más noches así.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.