Abismo de Pasion Capitulo 13 Caida al Extasis
La noche en Polanco se extendía como un manto de terciopelo negro, salpicado por las luces neón de los bares y restaurantes de moda. Ana se recargaba en la barandilla del balcón de su penthouse, el viento cálido de la ciudad rozando su piel desnuda bajo el vestido rojo ceñido que Marco tanto adoraba. ¿Cuánto tiempo más voy a esperar, cabrón? pensó, mientras el aroma a jazmín de su perfume se mezclaba con el humo distante de unos cigarros en la calle abajo. Su corazón latía con esa urgencia que solo él despertaba, un abismo de pasión que la arrastraba cada vez más profundo.
El sonido de la llave en la cerradura la hizo girar de golpe. Marco entró, su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando el tatuaje de un águila que ella había trazado con los dedos tantas noches. "Nena, perdóname el retraso, el tráfico en Reforma estaba de la chingada", dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel. Ana no respondió con palabras; en cambio, caminó hacia él con pasos lentos, sus tacones repiqueteando contra el mármol del piso como un tambor de guerra.
Sus labios se encontraron en un beso hambriento, las lenguas danzando con urgencia. El sabor salado de su sudor mezclado con el tequila que él había bebido la invadió, haciendo que un gemido escapara de su garganta. Las manos de Marco se deslizaron por su espalda, bajando hasta apretar sus nalgas con fuerza posesiva. "Te extrañé todo el pinche día, mi reina", murmuró contra su cuello, inhalando su esencia como si fuera oxígeno puro.
Este es el comienzo de nuestro abismo de pasión, capítulo 13 de esta locura que nos consume, pensó Ana, mientras lo empujaba hacia el sofá de piel blanca.
Se sentaron, pero no por mucho. Ana se montó a horcajadas sobre él, sintiendo la dureza de su erección presionando contra su entrepierna a través de la tela delgada de su tanga. El roce era eléctrico, un fuego que subía desde su vientre hasta sus pechos, endureciendo sus pezones contra el encaje del vestido. Marco gruñó, sus dedos hundiéndose en sus muslos, masajeando la carne suave con movimientos circulares que la hacían jadear.
"Quítate eso, wey, quiero verte toda", exigió ella, tirando de su camisa. Él obedeció con una sonrisa pícara, revelando su torso musculoso, bronceado por las tardes en la playa de Acapulco. Ana lamió su pecho, saboreando la sal de su piel, mientras sus uñas arañaban ligeramente su abdomen. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el zumbido lejano del tráfico y el tic-tac de un reloj en la pared.
Marco levantó el vestido por encima de su cabeza, dejando caer la prenda al suelo como una ofrenda. Sus ojos devoraban sus curvas: los senos plenos, la cintura estrecha, las caderas anchas que él amaba embestir. "Eres una diosa, Ana, neta que me vuelves loco", confesó, mientras chupaba un pezón con avidez. El placer la atravesó como un rayo, un cosquilleo que bajaba directo a su clítoris hinchado. Ella arqueó la espalda, enterrando las manos en su cabello negro ondulado, tirando con fuerza para guiarlo.
Pero no era solo físico; en su mente bullían recuerdos. Habían empezado como amantes casuales en una fiesta en las Lomas, pero ahora, después de doce capítulos de mentiras, celos y reconciliaciones ardientes, este abismo de pasion capitulo 13 prometía ser el más intenso. ¿Y si esta vez no hay vuelta atrás? ¿Y si nos hundimos para siempre? se preguntó, mientras bajaba la mano para desabrochar su pantalón.
Libre al fin, su verga saltó erecta, venosa y palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. Ana la tomó con la mano, sintiendo el calor y la dureza como hierro forjado en fuego. La masturbó lentamente, deleitándose en el gemido gutural que brotó de su garganta. "Así, mi amor, hazme sufrir un poquito más", suplicó él, sus caderas empujando hacia arriba en busca de más fricción.
Ella se incorporó, quitándose la tanga con un movimiento fluido. El aire fresco rozó su coño húmedo, enviando ondas de anticipación por su espina dorsal. Se posicionó sobre él, rozando la cabeza de su polla contra sus labios vaginales, lubricándolos con sus jugos. El olor almizclado de su arousal flotaba en el aire, embriagador, mezclado con el cuero del sofá y el perfume de él.
"Entra en mí, Marco, ya no aguanto", rogó Ana, bajando despacio. La penetración fue exquisita: centímetro a centímetro, estirándola, llenándola hasta el fondo. Ambos gritaron al unísono, el sonido reverberando en las paredes de vidrio del penthouse. Ella comenzó a moverse, cabalgándolo con ritmo creciente, sus nalgas chocando contra sus muslos en un slap-slap rítmico que aceleraba sus pulsos.
Marco la sujetó por las caderas, guiando sus movimientos, pero dejándole el control. "Eres tan chingona montándome, nena", jadeó, mientras una mano subía a pellizcar su clítoris. El placer era abrumador: el roce interno de su verga contra su punto G, el pulgar girando en círculos sobre su botón sensible, el sudor perlando sus cuerpos y goteando entre ellos.
La tensión crecía como una tormenta. Ana sentía el orgasmo aproximándose, un nudo apretado en su bajo vientre listo para estallar. No pares, no pares, que este abismo nos trague enteros, pensó enfebrecida. Marco la volteó sin salir de ella, poniéndola de rodillas en el sofá. Ahora él embestía desde atrás, profundo y fuerte, sus bolas golpeando su clítoris con cada thrust. El sonido era obsceno, húmedo, acompañado por sus gemidos: "¡Sí, pendejo, más duro! ¡Dame todo!"
Él obedeció, una mano en su cabello tirando suavemente para arquearla, la otra masajeando sus senos colgantes. El olor de sus sexos unidos era intenso, primal, como tierra mojada después de la lluvia. Ana metió una mano entre sus piernas, frotando su clítoris frenéticamente. "Me vengo, Marco, ¡me vengo chingón!", gritó, y el mundo explotó en blanco. Oleadas de placer la sacudieron, contrayendo su coño alrededor de su polla en espasmos rítmicos.
Marco la siguió segundos después, gruñendo como un animal mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes inundándola. "¡Ana, carajo, te amo!", rugió, colapsando sobre su espalda. Permanecieron así, jadeantes, el semen goteando por sus muslos, el corazón de él latiendo contra su piel sudorosa.
Después, se tumbaron en el sofá, envueltos en una manta suave. Marco la besó en la frente, trazando círculos perezosos en su vientre. "Este abismo de pasión capítulo 13 fue el mejor, mi vida. ¿Listos para el 14?", bromeó con una risa cansada. Ana sonrió, acurrucándose contra su pecho, inhalando su aroma post-sexo: sudor, semen y amor puro.
En este abismo no hay salida, y no la quiero. Somos uno, para siempre.
La ciudad seguía su ritmo afuera, pero dentro, el silencio era perfecto, roto solo por sus respiraciones sincronizadas. Ana cerró los ojos, sabiendo que esta noche había sellado su destino: un capítulo más en su historia de fuego eterno.