Pasión de Gavilanes Capítulo 160 Fuego en la Sangre
La noche caía sobre la hacienda en las afueras de Guadalajara como un manto de terciopelo negro, perfumado con el aroma dulce de las jacarandas que rodeaban el porche. Ana se recostaba en el sofá de cuero suave, con las piernas cruzadas sobre las de Luis, su carnal de tantos años. El televisor zumbaba bajito, sintonizado en Pasión de Gavilanes capítulo 160, esa novela que los tenía clavados cada rato. El calor de Jalisco se colaba por las ventanas abiertas, trayendo el canto de los grillos y un leve olor a tierra húmeda después de la lluvia vespertina.
Ana suspiró, sintiendo el peso cálido de la mano de Luis en su muslo desnudo. Llevaba una blusa ligera de algodón que se pegaba a su piel por el bochorno, y unos shorts que apenas cubrían lo necesario. Neta, pensó, este pinche calor me tiene que andar loca. Luis, con su camisa desabotonada dejando ver el pecho moreno y musculoso, le guiñó un ojo mientras subía el volumen. En la pantalla, los hermanos Reyes ardían de celos y deseo, sus miradas como dagas envueltas en miel.
¡Ay, wey, qué chido sería si fuéramos como ellos! Tan apasionados, tan fieros...
—Mira nomás, morra —dijo Luis con esa voz ronca que le erizaba la piel—. Esa pasión de gavilanes capítulo 160 nos va a poner calientes a los dos.
Ana rio bajito, pero su cuerpo ya respondía. El roce de sus dedos ásperos, curtidos por el trabajo en el rancho, le mandaba chispas directo al centro de su vientre. Se mordió el labio, oliendo su colonia fresca mezclada con el sudor masculino que empezaba a brotar. La escena en la tele se ponía intensa: un beso robado bajo la luna, manos ansiosas explorando curvas prohibidas. Ana sintió un cosquilleo entre las piernas, húmedo y traicionero.
Luis la jaló más cerca, su aliento caliente en su cuello. —¿Quieres que te dé una pasioncita de gavilanes, mi reina? murmuró, lamiéndole el lóbulo de la oreja. Ella jadeó suave, el sabor salado de su piel en la lengua de él la hizo arquearse. Sus pechos se apretaron contra el torso duro de Luis, los pezones endureciéndose bajo la tela fina como piedritas listas para rodar.
El beso empezó lento, como el arranque de un motor viejo en la mañana fría. Labios suaves al principio, explorando, saboreando el dulzor de la cerveza que habían compartido antes. Pero pronto, la pasión de gavilanes capítulo 160 en la pantalla avivó el fuego. Luis la devoró, lengua invadiendo su boca con urgencia, manos grandes amasando sus nalgas redondas. Ana gimió contra él, el sonido ahogado por el rugido de la novela. Sus dedos se clavan en mi carne, qué rico duele de placer, pensó, mientras sus uñas arañaban la espalda de él.
Se levantaron del sofá como poseídos, tropezando con la mesita de centro. El olor a jazmín del jardín se mezclaba con el almizcle de sus cuerpos excitados. Luis la cargó como a una pluma, riendo con esa carcajada grave que vibraba en su pecho. —¡No mames, Ana, estás más sabrosa que nunca!
La llevó al dormitorio, iluminado solo por la luz plateada de la luna que se filtraba por las cortinas. La cama king size los esperaba, sábanas de hilo egipcio frescas y suaves. La tumbó con cuidado, pero sus ojos brillaban con hambre. Ana se quitó la blusa de un tirón, liberando sus chichis firmes, coronados de pezones oscuros y erectos. Él se arrodilló entre sus piernas, besando el valle entre ellos, inhalando su aroma femenino, ese néctar que lo volvía loco.
—Te voy a comer entera, mi amor —gruñó, bajando los shorts junto con la tanguita empapada. El aire fresco rozó su panocha depilada, hinchada de deseo, y ella abrió las piernas instintivamente. La lengua de Luis fue un rayo: lamió despacio, saboreando el jugo salado-dulce que brotaba de ella. Ana se arqueó, manos enredadas en su pelo negro, gimiendo alto. ¡Qué chingón es este vato! El sonido húmedo de su boca chupando su clítoris resonaba en la habitación, mezclado con sus jadeos y el eco lejano de la tele, donde la pasión de gavilanes seguía ardiendo.
Pero no quería venirse todavía. Lo empujó, volteándolo sobre la cama. —Ahorita me toca a mí, cabrón —dijo con voz juguetona, montándose a horcajadas. Desabrochó su jeans, liberando la verga gruesa y venosa que palpitaba como un corazón salvaje. La tomó en la mano, sintiendo el calor pulsante, la piel sedosa sobre el acero. Se la metió a la boca despacio, saboreando el precum salado, la textura velluda de los huevos contra su barbilla. Luis rugió, caderas alzándose, manos en su cabeza guiándola.
El sudor perlaba sus cuerpos, oliendo a sexo puro, a deseo crudo. Ana lo montó entonces, guiando la verga a su entrada resbaladiza. Se hundió lento, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud que la estiraba. ¡Es tan grande, me llena toda! Empezó a cabalgar, tetas rebotando, el slap-slap de carne contra carne llenando el aire. Luis la sujetaba por las caderas, embistiéndola desde abajo con fuerza controlada, sus ojos clavados en los de ella, transmitiendo amor y lujuria pura.
Esto es mejor que cualquier capítulo de esa novela... Nuestra propia pasión de gavilanes capítulo 160, pero en carne viva.
La tensión crecía como una tormenta en el horizonte. Cambiaron posiciones: él de rodillas detrás, penetrándola profundo mientras le mordisqueaba el cuello. Ana se apoyaba en las manos, culo en pompa, sintiendo cada vena de su verga rozando sus paredes internas. El olor de sus jugos mezclados con el de él la embriagaba. —¡Más fuerte, Luis, dame todo! —suplicó, y él obedeció, polleándola con ritmo feroz, una mano bajando a frotar su clítoris hinchado.
El clímax la golpeó primero: un tsunami de placer que la hizo gritar, panocha contrayéndose alrededor de él en espasmos. Olas de éxtasis recorrieron su cuerpo, piernas temblando, visión nublada por estrellas. Luis la siguió segundos después, gruñendo como animal, llenándola con chorros calientes que desbordaban. Colapsaron juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor, corazones latiendo al unísono.
Se quedaron así un rato, envueltos en el afterglow. Luis la besó suave en la frente, trazando círculos perezosos en su espalda. El aire olía a sexo satisfecho, a jazmín y a ellos. La tele seguía murmurando en la sala, pero ya nadie prestaba atención. Ana sonrió contra su pecho, escuchando el tambor de su corazón calmarse.
—Qué pasioncita de gavilanes capítulo 160 nos echamos, ¿eh? —bromeó él, y ella rio, sintiéndose plena, empoderada en su feminidad.
En ese momento, bajo las estrellas mexicanas, supieron que su historia era la más ardiente de todas. El deseo no se acababa; solo se recargaba para la próxima noche.