Relatos
Inicio Erotismo El Color de la Pasion Capitulo 83 El Color de la Pasion Capitulo 83

El Color de la Pasion Capitulo 83

7722 palabras

El Color de la Pasion Capitulo 83

La hacienda en las afueras de Guadalajara brillaba bajo la luz de la luna llena, con sus paredes de adobe blanco reflejando un resplandor plateado que invitaba al pecado. Ana entró por la puerta principal, el aroma a jazmín y tierra húmeda invadiendo sus fosas nasales después de un día eterno en la oficina. Sus tacones resonaban en el piso de losa roja, cada paso un recordatorio de lo que la esperaba arriba. Hacía una semana que no veía a Miguel, su chulo imposible, por culpa de una bronca tonta sobre celos. Pero neta, el deseo ardía en su vientre como chile en nogada, picante y dulce a la vez.

Subió las escaleras de caracol, el vestido negro ceñido a sus curvas mexicanas —caderas anchas, pechos firmes que pedían ser tocados— rozando sus muslos con un susurro sedoso. El corazón le latía fuerte, pum pum pum, como tamborazo zacatecano. Al abrir la puerta del dormitorio, ahí estaba él, recostado en la cama king size, torso desnudo brillando con sudor ligero, jeans bajos en las caderas mostrando ese V que la volvía loca.

Órale, cabrón, ¿por qué me pones así de una?

—Ana, mi reina —dijo Miguel con esa voz ronca que parecía miel de maguey—. Ven pa'cá, no seas mensa.

Ella se acercó despacio, contoneando las nalgas, oliendo su colonia fresca mezclada con macho puro. Se paró frente a él, mirándolo con ojos cafés que echaban chispas. La tensión crepitaba en el aire, como antes de una tormenta en el Volcán de Colima.

—Me tuviste esperando, pendejo —susurró ella, pero su sonrisa lo delataba. No era enojo, era hambre.

Él se incorporó, agarrándola por la cintura con manos callosas de tanto trabajar en el rancho familiar. Sus dedos se hundieron en la carne suave, enviando escalofríos por la espina de Ana. La jaló hacia él, sus labios rozando el cuello de ella, inhalando el perfume de vainilla que usaba.

—Perdóname, muñeca. Pero mira, traje algo pa' compensarte —murmuró, señalando una botella de tequila reposado en la mesita, junto a dos vasos y velas encendidas que parpadeaban sombras eróticas en las paredes.

Ana sintió el calor subirle por las piernas. Este wey sabe cómo hacerme suya. Se dejó caer en sus brazos, sus bocas chocando en un beso salvaje. Lenguas danzando, sabor a menta y tequila anticipado, dientes mordisqueando labios hinchados. Las manos de Miguel bajaron al trasero de ella, amasándolo como masa de tamal, mientras ella enredaba los dedos en su cabello negro ondulado.

Se separaron jadeando, ojos clavados. El cuarto olía a ellos ya, a sudor incipiente y excitación que empapaba el aire.

—Quítate eso, déjame verte —ordenó él, voz grave.

Ella obedeció lento, como stripper en antro de Guadalajara. El vestido cayó al suelo con un shhh suave, revelando lencería roja pasión, el color que gritaba deseo. Miguel gruñó, su verga endureciéndose visible bajo los jeans.

Acto primero cerrado: la chispa encendida, ahora el fuego.

La llevó a la cama, tumbándola sobre sábanas de algodón egipcio frescas contra su piel ardiente. Se quitó los jeans de un tirón, quedando en boxers que apenas contenían su paquete. Ana lo miró, lamiéndose los labios, imaginando el sabor salado de su piel.

Es como el color de la pasion capitulo 83, donde la protagonista se rinde al hombre que ama, puro clímax emocional y carnal

Miguel se arrodilló entre sus piernas abiertas, besando el interior de los muslos, subiendo despacio. Cada roce de barba incipiente era electricidad pura, haciendo que Ana arqueara la espalda. —¡Ay, Miguel, no me tortures, wey! —gimió ella, voz entrecortada.

Él rio bajito, ese sonido que vibraba en su pecho y llegaba directo a su clítoris. —Paciencia, corazón. Quiero saborearte toda.

Deslizó las bragas a un lado, exponiendo su concha húmeda, hinchada de necesidad. El olor almizclado la delataba, y él inhaló profundo antes de lamerla lento, desde el perineo hasta el botón. Ana gritó, uñas clavándose en las sábanas. La lengua de él era mágica, girando, chupando, metiéndose adentro como prometía follársela después. Ella se mecía contra su boca, pezones duros rozando el aire, tacto fantasma de deseo.

Internamente, Ana luchaba: ¿Por qué siempre termino rogando? Pero qué chido se siente entregarme. Los celos de la semana pasada se disipaban con cada lamida, reemplazados por olas de placer que subían desde el estómago.

Miguel metió dos dedos gruesos, curvándolos contra su punto G, mientras succionaba fuerte. —¡Sí, así, cabrón! ¡No pares! —gritó ella, piernas temblando. El sonido húmedo de su chupeteo llenaba la habitación, mezclado con gemidos ahogados y el crepitar de las velas.

Pero él se detuvo, provocador. —Aún no, mi amor. Quiero que vengas conmigo adentro.

La volteó boca abajo, levantándole el culo alto. Ana sintió el aire fresco en su sexo expuesto, vulnerable y empoderada a la vez. Él se quitó los boxers, su verga saltando libre, venosa y gruesa, goteando precum. La frotó contra sus labios vaginales, lubricándola, torturándola.

—Pídemelo, Ana. Dime qué quieres.

—¡Fóllame, Miguel! ¡Métemela toda, pendejo caliente! —explotó ella, empujando hacia atrás.

Entró de un embiste, llenándola hasta el fondo. El estiramiento ardiente la hizo gritar de placer, paredes internas apretándolo como guante. Él empezó a bombear, lento al principio, saliendo casi todo para volver profundo. Cada choque de pelvis contra nalgas era plaf plaf, piel sudorosa pegándose y despegándose, olor a sexo crudo invadiendo todo.

Ana se masturbaba el clítoris, círculos rápidos, mientras él la cogía más fuerte. Sus tetas rebotaban, pezones rozando la sábana áspera. Esto es vida, neta. Olvídate de todo, solo nosotros.

La intensidad subía: Miguel gruñía palabras sucias al oído —"Tu concha es mía, tan rica, tan apretada"— acelerando, bolas golpeando su clítoris. Ella respondía con tacos —"¡Más duro, mi rey! ¡Hazme tuya!"—. El sudor chorreaba, mezclándose, salado en sus labios cuando él la besaba desde atrás.

Cambio de posición: ella encima, cabalgándolo como jinete en palenque. Sus caderas giraban, moliendo, verga tocando spots profundos. Miguel amasaba sus tetas, pellizcando pezones, tirando de ellos hasta que dolía rico. Ana cabalgaba furiosa, cabello negro volando, ojos cerrados en éxtasis.

El clímax se acercaba, tensión enredada como ovillo de lana. Sus respiraciones sincronizadas, pulsos latiendo al unísono. —¡Me vengo, Ana! —rugió él.

—¡Yo también, fóllame! —chilló ella, contrayéndose alrededor de su verga, chorros de placer explotando desde el centro, piernas temblando incontrolables.

Él se vació dentro, chorros calientes pintando sus paredes, prolongando su orgasmo. Colapsaron juntos, él aún duro dentro, abrazados pegajosos.

El afterglow fue puro paraíso. Jadeos calmándose, pieles enfriándose al roce del ventilador. Miguel la besó la frente, suave ahora. —Te amo, mi vida. No más broncas, ¿va?

Ana sonrió, trazando círculos en su pecho. El color de la pasión no es rojo nomás, es esto: fuego que quema y calienta el alma.

Se sirvieron tequila, desnudos en la cama, hablando de futuro —viajes a la playa de Puerto Vallarta, noches como esta eternas—. El aroma a sexo persistía, mezclado con licor ahumado, mientras la luna testigo se ocultaba.

En ese momento, Ana supo: eran imparables, pasión mexicana pura, como telenovela pero real y jodidamente buena.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.