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Orquesta de Pasión Juvenil

6655 palabras

Orquesta de Pasión Juvenil

El auditorio del Palacio de Bellas Artes vibraba con las notas de la Orquesta de Pasión Juvenil, ese conjunto de chavos y chavas en sus veintes que nos la rifábamos con todo en cada ensayo. Yo, Ana, primera violinista, sentía el arco deslizándose por las cuerdas como si fuera mi propia piel erizándose bajo una caricia prohibida. El aire estaba cargado de olor a colofonia fresca, madera pulida y un leve sudor que se mezclaba con el perfume barato de los demás. Era jueves por la tarde, y el director nos tenía sudando con el Concierto para Orquesta de Bartók, una pieza que nos hacía latir el corazón al ritmo de tambores salvajes.

Allí estaba él, Diego, el chelista moreno con ojos que parecían pozos de obsidiana. Sentado al fondo, entre los graves, sus dedos gruesos bailaban sobre las cuerdas con una fuerza que me erizaba los vellos de la nuca. Cada vez que volteaba, nuestras miradas chocaban como chispas en la oscuridad. ¿Por qué carajos me mira así, neta? pensaba yo, mientras mi violín gemía una melodía aguda que respondía a su bajo profundo. El deseo empezó como un cosquilleo en el estómago, subiendo por mi pecho hasta endurecerme los pezones bajo la blusa de algodón blanca, pegajosa por el calor del reflector.

Al final del ensayo, el director gritó "¡Qué chido, cabrones! Mañana a las diez", y todos soltamos un suspiro colectivo. Guardé mi violín en el estuche con manos temblorosas, sintiendo el pulso acelerado en las yemas. Diego se acercó, su camisa negra abierta en el primer botón, dejando ver un atisbo de pecho moreno y velludo. Olía a jabón y a algo más, como tierra mojada después de la lluvia.

Si me toca ahora, me derrito como mantequilla en comal caliente, pensé, mordiéndome el labio.

"Órale, Ana, qué rifado estuvo tu solo hoy", dijo él con esa voz grave que retumbaba en mi entrepierna. "Gracias, Diego. Tú tampoco te quedas atrás con ese chelo que parece que te lo estás cogiendo", respondí juguetona, sintiendo el calor subir a mis mejillas. Nos reímos, y de pronto su mano rozó la mía al tomar mi estuche. Electricidad pura, piel contra piel, un toque que duró un segundo de más.

Salimos juntos a la calle, el bullicio de la Alameda nos envolvió con olor a elotes asados y mariachis lejanos. "¿Te late un cafecito o una chela fría?", propuso. Acepté, el corazón martilleándome como el timbal de la orquesta. En el bar de la esquina, bajo luces tenues, platicamos de música, de cómo la Orquesta de Pasión Juvenil nos había unido a todos en esta locura. Sus ojos devoraban mis labios mientras yo sorbía la cerveza helada, el amargor bajando por mi garganta y avivando el fuego interno.

La plática fluyó como un adagio sensual. "Sabes, wey, desde el primer ensayo te vi y pensé 'esta chava me va a volver loco'", confesó, su rodilla rozando la mía bajo la mesa. Mi piel ardía, el roce era fuego líquido. "Neta, Diego, tú con ese chelo... me imagino tus manos en mí", solté sin filtro, el slang mexicano saliendo natural como el tequila. Nos miramos, el aire espeso de tensión sexual. Pagó la cuenta y salimos, su brazo alrededor de mi cintura guiándome a su depa a unas cuadras, en un edificio chido de la colonia Juárez.

En su cuarto, posters de conciertos y un chelo en la esquina. Cerró la puerta y me besó con hambre de lobo. Sus labios gruesos sabían a cerveza y a deseo puro, lengua invadiendo mi boca con un ritmo que imitaba nuestra música. Gemí contra él, mis manos enredándose en su cabello negro y ondulado. Esto es mejor que cualquier sinfonía, pensé mientras sus dedos desabotonaban mi blusa, exponiendo mis tetas firmes al aire fresco. Él jadeó, "Qué chingonas estás, Ana", y chupó un pezón con succión experta, enviando ondas de placer directo a mi clítoris hinchado.

Me quitó la falda con urgencia, pero yo lo frené juguetona. "Despacio, pendejo, que esto es como un crescendo". Lo empujé a la cama, despojándolo de su camisa. Su torso era un mapa de músculos definidos por horas de ensayo, piel morena salpicada de vello que lamí con deleite, saboreando sal y hombre. Bajé su pantalón, su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con pre-semen en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo su calor y dureza, como el mango de mi arco.

Me arrodillé, el olor almizclado de su excitación me invadió las fosas nasales. La lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando su esencia salada y dulce. Él gruñó, "¡Ay, cabrona, me vas a matar!", sus caderas embistiéndome la boca. Chupé con ritmo, lengua girando alrededor del glande, manos masajeando sus bolas pesadas. Pero quería más; me subí a horcajadas, frotando mi coño empapado contra su polla, el calor húmedo mezclándose.

Estoy chorreando por él, neta, como nunca. Me hundí despacio, centímetro a centímetro, su grosor estirándome deliciosamente. Grité de placer, el sonido ahogado por su boca devorándome. Cabalgamos juntos, mis caderas girando al compás de un allegro furioso. Sus manos amasaban mis nalgas, dedos hurgando mi ano con promesas futuras. Sudor perlando nuestras pieles, el slap-slap de carne contra carne, gemidos mezclados con jadeos.

La tensión crecía como la obertura de una tormenta. Él me volteó, poniéndome a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo mis rodillas. Entró de nuevo, profundo y brutal en el mejor sentido, su vientre chocando mi culo. "¡Dame más, Diego, rómpeme!", supliqué, perdida en el éxtasis. Sus embestidas eran percusión salvaje, mi clítoris rozando las sábanas ásperas. El orgasmo me golpeó como un tutti orquestal, olas de placer convulsionándome, coño contrayéndose alrededor de su verga en espasmos interminables.

Él rugió, "¡Me vengo, Ana!", y se derramó dentro de mí, chorros calientes llenándome hasta rebosar, semen goteando por mis muslos. Colapsamos, cuerpos enredados, piel pegajosa y resbalosa. Su aliento en mi cuello, corazón latiendo contra mi espalda. Olía a sexo crudo, a nosotros.

Después, en la penumbra, fumamos un cigarro compartido, risas suaves rompiendo el silencio. "Esto fue la neta de la pasión juvenil, ¿no?", dijo él trazando círculos en mi vientre. Asentí, besándolo lento. La Orquesta de Pasión Juvenil no solo es música; es esto, fuego que no se apaga. Mañana ensayaríamos de nuevo, pero ahora sabíamos que entre notas había promesas de más noches así, crescendos interminables.

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