Relatos
Inicio Erotismo Pasión de Gavilanes Capítulo 177 Fuego en las Venas Pasión de Gavilanes Capítulo 177 Fuego en las Venas

Pasión de Gavilanes Capítulo 177 Fuego en las Venas

8061 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 177 Fuego en las Venas

La noche en Guadalajara caía como un manto pesado y húmedo, con ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos. Yo, Ana, estaba recargada en el pecho de mi chavo Marco, en el sillón de nuestra casita en Zapopan. El aire olía a jazmín del jardín y a las tortillas que acababa de calentar mi carnala para la cena. Pero ni pedo, la cena podía esperar. Estábamos clavados en la tele, viendo Pasión de Gavilanes capítulo 177. Esa novela nos tenía bien prendidos, neta, con sus dramas de venganza y amores prohibidos que te ponían la piel chinita.

Marco traía su mano descansando en mi muslo, juguetona, como si nada. Yo sentía el calor de su palma a través del shortcito de algodón que me había puesto. Órale, qué chido se siente esto, pensé, mientras en la pantalla los hermanos Reyes se enfrentaban a las hermanas Elizondo en una escena de celos que ardía. La pasión de esos gavilanes me recordaba a nosotros, a cómo nos habíamos conocido en una fiesta ranchera, bailando cumbias hasta el amanecer. Marco era como Óscar en la novela: moreno, fornido, con esa mirada que te deshace.

¿Por qué carajos esta novela siempre me pone cachonda? Es el sudor en sus camisas, el roce de sus cuerpos cuando pelean o se besan. Neta, quiero que Marco me agarre así de fuerte.

El episodio avanzaba y de repente, en Pasión de Gavilanes capítulo 177, Jimena y Franco se lanzaban uno sobre el otro en un beso que parecía devorarse vivos. El sonido de sus respiraciones agitadas salía de los bocinas, ronco y urgente. Sentí un cosquilleo entre las piernas, como electricidad subiendo por mi espinazo. Marco lo notó, porque su mano apretó un poquito más mi muslo, subiendo despacito hacia el borde del short.

—Mira nomás, Ana —me susurró al oído, su aliento caliente oliendo a cerveza Corona y a menta del chicle que masticaba—. Esos gavilanes nos van a dar envidia.

Me reí bajito, volteando a verlo. Sus ojos cafés brillaban con picardía, y su boca se curvaba en esa sonrisa pendeja que me derretía. Lo jalé por la nuca y le planté un beso suave, probando el sabor salado de su piel. Sus labios respondieron al instante, abriéndose para mí, su lengua danzando con la mía en un ritmo lento que me aceleró el pulso.

La tele seguía zumbando de fondo, pero ya no importaba. Marco me volteó sobre su regazo con facilidad, como si yo no pesara nada. Sentí su dureza presionando contra mí a través de sus jeans, dura y caliente. Chingao, qué rico está de animado el cabrón. Mis manos se colaron bajo su playera, tocando el abdomen marcado, esos músculos que se contraían bajo mis uñas. Olía a jabón Axe y a hombre sudado, un aroma que me volvía loca.

Nos besamos más hondo, con mordidas suaves en el labio inferior. Él gemía bajito en mi boca, un sonido gutural que vibraba en mi pecho. Le quité la playera de un jalón, admirando su torso bronceado por el sol de las tardes en el campo, donde jugaba fut con sus compas. Mis tetas se apretaban contra él mientras me frotaba despacio, sintiendo el roce áspero de su vello contra mi piel suave.

—Quítate eso, mi reina —me dijo con voz ronca, tirando del elástico de mi short.

Me paré un segundo, solo para bajármelo todo: short, pantis de encaje negro, quedándome en bra y nada más. Él se relamió los labios, sus ojos devorándome desde las piernas hasta mis chichis que asomaban por el sostén. El aire fresco de la noche me erizó la piel, pero su mirada me quemaba. Me subí de nuevo, a horcajadas, sintiendo mi humedad rozando su bulto.

Quiero que me sienta, que sepa lo mojada que me pone. Neta, esta novela es el afrodisíaco perfecto.

Marco desabrochó mi bra con dedos hábiles, liberando mis pechos. Sus manos los acunaron, pulgares rozando los pezones duros como piedras. Gemí alto cuando los pellizcó suave, enviando chispas directo a mi clítoris. Bajó la cabeza y chupó uno, su lengua caliente y húmeda girando, succionando con fuerza que me arqueó la espalda. Saboreé el sudor salado de su cuello mientras le clavaba las uñas, oliendo su aroma almizclado que se mezclaba con el mío.

Nos movíamos frenéticos ahora, él desabrochándose los jeans con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando contra mi entrada. La froté contra mí, lubricándola con mis jugos, sintiendo cada vena, cada latido. —Marco, métemela ya, pendejo —le rogué, jadeante.

Él rio, esa risa grave que retumbaba en su pecho. —Paciencia, mi amor. Vamos a hacer nuestro propio capítulo.

Me penetró despacio al principio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada pulgada llenándome, el calor abrasador de su carne en la mía. Gemí largo cuando bottomó out, sus bolas contra mi culo. Empezamos a movernos, yo cabalgándolo con ritmo, mis caderas girando en círculos que lo volvían loco. El sonido de piel chocando piel llenaba la sala, chapoteos húmedos mezclados con nuestros jadeos y los gritos lejanos de la novela que seguía sola.

Sus manos agarraban mis nalgas, amasándolas fuerte, dedos hundiéndose en la carne suave. Sudábamos a chorros, gotas resbalando por mi espalda, por su pecho. Lamí una que caía por su clavícula, salada y caliente. Él me volteó de repente, poniéndome de rodillas en el sillón, mi culo en pompa hacia él. El aire fresco besó mi coño expuesto, mojado y abierto.

Marco se arrodilló atrás, besando mis nalgas, mordisqueando antes de lamer mi raja desde atrás. Su lengua en mi clítoris fue fuego puro, chupando y succionando mientras metía dos dedos gruesos adentro, curvándolos contra mi punto G. —¡Ay, cabrón! ¡Sí, así! —grité, temblando, el orgasmo construyéndose como tormenta.

No aguanto más, se siente demasiado bueno. Su boca es mágica, neta.

Me corrió con la lengua primero, olas de placer rompiéndome en pedazos, mi coño contrayéndose alrededor de sus dedos. Grité su nombre, el mundo volviéndose blanco. Él no paró, lamiendo mis jugos hasta que me vine de nuevo, más suave pero igual de intenso.

Entonces se puso de pie, alineando su verga y embistiéndome de un solo golpe. Me llenó por completo, profundo y duro. Sus caderas chocaban contra mi culo con fuerza, el slap-slap resonando como tambores. Agarró mi pelo suave, jalando mi cabeza hacia atrás para besarme torcido, su lengua invadiendo mi boca mientras me taladraba.

—Estás tan rica, Ana. Tan apretadita para mí —gruñía, su voz quebrada por el esfuerzo.

Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, sintiendo sus bolas apretadas contra mí. El olor a sexo impregnaba el aire, almizcle y sudor, embriagador. Mis tetas rebotaban con cada embestida, pezones rozando el sillón áspero. El clímax nos alcanzó juntos: él se hinchó dentro, corriéndose con un rugido, chorros calientes bañando mis paredes. Yo exploté alrededor de él, ordeñándolo, piernas temblando.

Caímos exhaustos al sillón, él aún dentro de mí, pulsando suave. Sudados, pegajosos, respirando como perros. Me volteó para tenerme de cucharita, su brazo alrededor de mi cintura, besando mi hombro. La tele parpadeaba, el final de Pasión de Gavilanes capítulo 177 pasando desapercibido.

—Neta, amor —murmuró Marco, su voz perezosa y satisfecha—, cada capítulo es mejor contigo.

Yo sonreí, sintiendo su semen resbalando por mi muslo, cálido y pegajoso. El corazón me latía tranquilo ahora, el cuerpo pesado de placer. Afuera, el viento mecía los jazmines, trayendo su perfume dulce. Nos quedamos así, enredados, saboreando el afterglow. Esa noche, los gavilanes habían encendido nuestro propio fuego, uno que no se apagaría fácil.

Al día siguiente, al despertar con su brazo todavía sobre mí, supe que nuestra historia era más pasional que cualquier novela. Marco abrió los ojos, me guiñó y dijo:

—¿Otro capítulo hoy?

Reí, jalándolo encima. Sí, pendejo. Todos los que quieras.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.