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Duelo de Pasiones del Reparto Ardiente

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Duelo de Pasiones del Reparto Ardiente

Alina sentía el calor del reflector quemándole la piel mientras grababan la escena clave de Duelo de Pasiones. El set en los estudios de Televisa en San Ángel bullía de vida: cables serpenteando por el suelo como venas palpitantes, el olor a café recién molido mezclado con el sudor de los técnicos, y el zumbido constante de las cámaras. Ella, con su vestido rojo ceñido que acentuaba sus curvas generosas, enfrentaba a Marco, su coprotagonista en el reparto. En la telenovela, eran enemigos jurados, un duelo de pasiones que encendía las pantallas. Pero fuera de cámaras, algo más ardía.

Este wey me trae loca, pensó Alina mientras Marco la tomaba del brazo con fuerza fingida. Sus ojos cafés profundos se clavaban en los suyos, y por un segundo, el guion se olvidó. “¡Corte! Perfecto, cabrones”, gritó el director. El reparto aplaudió, pero Alina solo notaba el roce de los dedos de Marco en su piel, ásperos por el trabajo duro, enviando chispas hasta su entrepierna. Él le sonrió, esa sonrisa pícara que reservaba para ella. “Buen trabajo, mamacita. ¿Ya te gané en este duelo?”

La jornada terminó tarde, con el sol poniéndose sobre la Ciudad de México como una bola de fuego. El reparto de Duelo de Pasiones organizó una fiesta en un roof top en Polanco, luces neón parpadeando, música de banda mezclada con reggaetón, y meseros sirviendo tequilas premium. Alina se había cambiado a un vestido negro escotado, el aroma de su perfume de jazmín flotando en el aire cálido de la noche. Marco estaba allí, camisa blanca desabotonada mostrando su pecho moreno y musculoso, charlando con los demás actores.

Pero sus miradas se cruzaban como flechas. ¿Por qué carajos me mira así? Como si quisiera comerme viva. Ella se acercó al bar, pidiendo un margarita helado que le refrescó la garganta seca. El hielo crujía entre sus dientes, y el limón ácido le hacía cosquillas en la lengua. De pronto, la mano de Marco en su cintura. “¿Bailamos, reina del reparto?” Su aliento olía a tequila y menta, cálido contra su oreja. El corazón de Alina latió fuerte, un tambor en su pecho.

En la pista, sus cuerpos se pegaron al ritmo de un corrido caliente. Las caderas de él contra las suyas, el roce de su verga endureciéndose contra su nalga. Órale, qué chingón se siente. Ella giró, presionando sus tetas contra su torso, sintiendo los latidos acelerados de su corazón. Sudor perlaba su frente, salado al lamerlo accidentalmente. “No juegues conmigo, Marco. Este duelo de pasiones no es solo para la tele”, murmuró ella, voz ronca.

Él la llevó a un rincón apartado, lejos del bullicio. La pared de vidrio del roof top vibraba con la música, las luces de la ciudad extendiéndose como un mar de estrellas. Sus labios se rozaron primero, suaves, explorando. Luego, el beso se volvió feroz, lenguas enredándose, sabor a tequila y deseo puro. Las manos de Marco bajaron por su espalda, apretando su culo firme. Alina jadeó, el sonido ahogado por su boca. Quiero que me folle aquí mismo.

“Vamos a mi hotel, Alina. No aguanto más”, gruñó él, voz grave como trueno. Ella asintió, empapada ya, el calor entre sus piernas insoportable. Tomaron un taxi, el tráfico de Reforma un río lento. En el asiento trasero, sus manos no paraban: él metiendo dedos bajo su falda, rozando su clítoris hinchado a través de las panties húmedas. Ella lo masturbaba por encima del pantalón, sintiendo la verga gruesa palpitar. El taxista ni se inmutaba, acostumbrado a los locos de la noche mexicana.

En el lobby del Four Seasons, lujo por todos lados: mármol fresco bajo sus tacones, aroma a flores exóticas. Subieron al elevador, y apenas cerraron la puerta, Marco la empotró contra la pared. “Eres una diosa, wey. Desde el primer día en el reparto de Duelo de Pasiones, te quiero así”. Sus besos bajaban por su cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando marcas rojas. Alina tiró de su cabello, arqueando la espalda. El ding del elevador los separó, riendo como pendejos.

La suite era un sueño: cama king size con sábanas de hilo egipcio, vista panorámica a los rascacielos iluminados, champán enfriándose en hielo. Marco la desvistió lento, saboreando cada centímetro. Primero el vestido cayó, revelando sus tetas perfectas, pezones duros como piedras. Él los chupó, lengua girando, succionando hasta que ella gimió alto. Su boca es fuego líquido. El olor de su excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce.

Alina lo empujó a la cama, quitándole la ropa con urgencia. Su cuerpo era esculpido: abdomen marcado, verga erguida, venosa, goteando precum. Ella la lamió desde la base, saboreando la sal, metiéndosela hasta la garganta. Marco gruñó, caderas empujando. “¡Chíngame la boca, sí!”. Pero ella quería más. Se subió encima, frotando su panocha mojada contra la punta. “Entra en mí, cabrón. Hazme tuya en este duelo”.

Él la penetró de un golpe, llenándola por completo. El estiramiento ardía delicioso, paredes vaginales apretándolo. Cabalgaron juntos, piel contra piel chapoteando, sudada y resbaladiza. Alina clavó uñas en su pecho, dejando surcos rojos. Los gemidos se mezclaban con el tráfico lejano, el aire acondicionado zumbando. Él la volteó, poniéndola a cuatro patas, embistiéndola duro desde atrás. Sus bolas golpeaban su clítoris, enviando ondas de placer. Me voy a venir como nunca.

La tensión creció, coitos profundos, rotaciones de cadera. Marco le metió un dedo en el culo, masajeando, y ella explotó: un orgasmo que la sacudió entera, chorros calientes empapando las sábanas. “¡Sí, pendejo, así!” gritó. Él la siguió, corriéndose dentro, semen caliente inundándola, pulsos interminables.

Se derrumbaron, jadeantes, cuerpos entrelazados. El olor a sexo impregnaba todo, sudor y fluidos mezclados. Marco la besó suave, acariciando su cabello revuelto. “Esto no fue un duelo, Alina. Fue rendición total”. Ella sonrió, dedo trazando su pecho. En el reparto de Duelo de Pasiones, ganamos los dos. Afuera, la ciudad dormía, pero en esa cama, las pasiones seguían vivas, prometiendo más noches de fuego.

Al amanecer, con el sol filtrándose por las cortinas, se ducharon juntos. Agua caliente cascabeando, jabón espumoso deslizándose por sus cuerpos. Manos explorando de nuevo, besos lentos. “¿Repetimos en el set mañana?”, preguntó él, riendo. Alina lo abrazó, sintiendo su verga endurecerse otra vez contra su vientre. “Órale, wey. Pero esta vez, sin cámaras”.

Salieron del hotel tomados de la mano, el mundo real esperándolos: ensayos, guiones, el ajetreo del reparto. Pero ahora, cada mirada en Duelo de Pasiones cargaba secreto, un duelo ganado en la intimidad. Alina caminaba con paso ligero, el cuerpo aún zumbando de placer residual, sabiendo que su pasión no era ficción.

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