Abismo de Pasión Capítulo 99
Ana sintió el calor del sol poniente filtrándose por las cortinas de encaje de la villa en Puerto Vallarta. El aire olía a sal marina y jazmín, mezclado con el aroma tostado de la piel bronceada de Diego, que la esperaba recostado en la cama king size. Habían pasado meses desde su última noche juntos, meses de mensajes ardientes y videollamadas que solo avivaban el fuego. Neta, este wey me vuelve loca, pensó ella, mientras se quitaba el vestido ligero que se pegaba a sus curvas por el sudor del día.
Diego levantó la vista de su teléfono, sus ojos oscuros devorándola como si fuera el último trago de tequila en una fiesta interminable. "Ven pa'cá, mi reina", murmuró con esa voz ronca que le erizaba la piel. Ana caminó despacio, sintiendo el roce sedoso de la alfombra bajo sus pies descalzos, el pulso acelerándose en su cuello. Se detuvo al borde de la cama, dejando que él la mirara, que bebiera de sus senos llenos, la cintura estrecha y las caderas que se mecían con cada respiración.
Él extendió la mano, rozando su muslo con las yemas de los dedos. Un escalofrío la recorrió, como corriente eléctrica. "Te extrañé tanto, chula. Cada noche soñaba con este momento". Ana se mordió el labio, el sabor salado de su propia anticipación en la lengua. Se subió a la cama a horcajadas sobre él, sintiendo la dureza de su erección presionando contra su entrepierna a través de la tela delgada de sus boxers. El olor de su colonia mezclada con masculinidad pura la mareaba.
Esto es el abismo de pasión, capítulo 99 de nuestra historia, pensó Ana, mientras sus labios se rozaban en un beso suave al principio, exploratorio.
Las bocas se fundieron con hambre. Lenguas danzando, saboreando el ron dulce que él había bebido antes. Diego gimió bajito, un sonido gutural que vibró en el pecho de ella. Sus manos subieron por su espalda, desabrochando el sostén con maestría, liberando sus pechos. Los pulgares rozaron los pezones endurecidos, enviando ondas de placer directo a su centro húmedo. "Estás tan mojada ya, mi amor", susurró él contra su piel, mientras una mano bajaba a confirmar, dedos deslizándose entre sus pliegues resbaladizos.
Ana arqueó la espalda, un jadeo escapando de su garganta. El sonido de las olas rompiendo en la playa cercana se mezclaba con sus respiraciones agitadas. Quiero que me chingues despacio primero, le rogó en silencio, pero en voz alta solo dijo: "No pares, Diego, neta que me muero por ti". Él sonrió, esa sonrisa pícara de galán mexicano, y la volteó con gentileza sobre las sábanas frescas. Besos llovieron sobre su cuello, clavícula, senos. Chupó un pezón, lo mordisqueó suave, mientras dos dedos entraban en ella, curvándose para tocar ese punto que la hacía temblar.
El placer crecía como marea alta. Ana clavó las uñas en sus hombros anchos, oliendo el sudor fresco que perlaba su piel morena. "Más, cabrón, dame más", exigió ella, voz entrecortada. Diego obedeció, bajando la boca por su vientre plano, lamiendo el ombligo, hasta llegar a su monte de Venus. El aliento caliente la hizo retorcerse. Cuando su lengua tocó el clítoris, Ana gritó, un sonido primal que rebotó en las paredes de la villa. Él lamía con devoción, sorbiendo sus jugos dulces, mientras un dedo, dos, tres la abrían, preparándola.
Minutos se estiraron en eternidad. El mundo se reducía a esa cama, a sus cuerpos entrelazados. Ana sentía el latido de su corazón contra su muslo interno, el roce áspero de la barba incipiente en sus pliegues sensibles. Este es nuestro abismo de pasión, capítulo 99, donde todo explota, reflexionó en medio del torbellino. Intentó retener el orgasmo, pero él aceleró, chupando fuerte, y ella se vino en oleadas, piernas temblando, visión nublada por estrellas, un alarido ahogado en la almohada.
Diego subió, besándola para que probara su propio sabor salado y almizclado. "Ahora te toca a ti, mi reina". Ana, aún jadeante, lo empujó boca arriba. Sus manos temblorosas bajaron los boxers, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. La miró con adoración, oliendo su esencia masculina, ese olor terroso que la enloquecía. La tomó en la mano, masturbándolo lento, sintiendo la piel suave sobre el acero. Bajó la cabeza, lengua plana lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando la gota perlada de precum salada.
"¡Ay, mamacita!", gruñó él, caderas alzándose. Ella lo engulló, labios estirados, garganta relajada por práctica. Chupaba, succionaba, mientras una mano masajeaba sus bolas pesadas. El sonido húmedo de la mamada llenaba la habitación, mezclado con sus gemidos roncos. Diego enredó los dedos en su cabello negro largo, guiándola sin forzar, solo acompañando el ritmo. Ana aceleró, queriendo oírlo romperse, y pronto él jadeó: "Me vengo, Ana, no pares". Ella no paró, tragando cada chorro caliente, leche espesa que la llenó la boca.
Pero no era el fin. Diego, recuperándose rápido como toro joven, la atrajo de nuevo. "Quiero estar dentro de ti, chula". Ana se posicionó encima, frotando su coño empapado contra su polla endureciéndose otra vez. Lentamente, se hundió, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarla por completo. El estiramiento delicioso, la fricción perfecta. Empezó a cabalgar, senos rebotando, manos en su pecho velludo. Él la sujetaba las caderas, embistiendo arriba, piel contra piel chapoteando.
El ritmo se volvió frenético. Sudor goteando, mezclándose, olor a sexo puro impregnando el aire. "¡Chíngame duro, pendejo!", gritó ella, clavándolo hasta el fondo. Diego volteó, poniéndola de rodillas, entrando por detrás. Manos en sus nalgas redondas, cacheteadas suaves que resonaban. Tocó su clítoris mientras la taladraba, y Ana sintió la tensión acumularse de nuevo, como volcán a punto de erupción. "Juntos, mi amor", jadeó él, y explotaron al unísono. Ella convulsionando, ordeñándolo, él gruñendo como fiera, llenándola de calor líquido.
Colapsaron, enredados, respiraciones sincronizadas. El sonido de la playa los arrullaba, brisa fresca secando el sudor. Diego la besó la frente, suave. "Eres mi todo, Ana. Este abismo de pasión no tiene fondo". Ella sonrió, dedo trazando su mandíbula.
Capítulo 99 cerrado con broche de oro, pero vendrán más, pensó, mientras el sueño los envolvía en paz ardiente.
Despertaron al amanecer, cuerpos pegajosos pero satisfechos. Ana sintió su mano en su vientre, posesiva. "Otra ronda antes del café?", propuso él con guiño. Ella rio, volteándose para besarlo. El deseo renacía, eterno como el mar. En esa villa, bajo el sol mexicano, su historia continuaba, capítulo tras capítulo de placer infinito.