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24 Horas de la Pasión de Cristo Desnuda

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24 Horas de la Pasión de Cristo Desnuda

Era Viernes Santo en el corazón de la Ciudad de México, y el Zócalo bullía con la procesión de la Pasión de Cristo. El aire olía a incienso quemado, a velas derretidas y a esa humedad pegajosa de abril que se te pega a la piel como un amante insistente. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, caminaba entre la multitud con un vestido ligero de algodón que rozaba mis muslos con cada paso. Neta, no sé qué me había picado esa mañana para salir así, con el escote marcado y las chichis brincando libres bajo la tela. Quizás era el calor, o quizás era esa hambre que traía en el cuerpo desde hace semanas, un vacío que ni los vibradores caseros podían llenar.

Ahí lo vi. Entre los actores de la obra callejera, un vato alto, moreno, con cabello largo hasta los hombros y una barba que le enmarcaba la cara como a un Cristo moderno. Llevaba la túnica roja rasgada, simulando las heridas, y sus ojos cafés profundos me clavaron en el sitio. Órale, carnal, pensé, ese güey parece sacado de un sueño mojado. Cuando lo azotaron en la escenita —puro teatro, claro—, su pecho se abrió y vi el sudor resbalando por sus pectorales duros, brillando bajo el sol poniente. Mi concha se contrajo sola, un pulso caliente que me hizo apretar las piernas. Él me miró, directo, como si supiera lo que me estaba pasando.

¿Será que este Cristo quiere resucitar en mi cama?
me dije, riéndome por dentro de mi propia pendejada.

La procesión avanzó, pero yo me quedé rezagada, siguiéndolo con la mirada. Al final, cuando cargaban la cruz, él se separó un rato para tomar agua. Me acerqué, con el corazón latiéndome como tamborazo en las venas. “¿Te duele el show, carnal?” le solté, con voz juguetona. Él sonrió, esos labios carnosos que pedían ser chupados. “Nah, nena, esto es pan comido. Pero tú... tú luces como si necesitaras un milagro.” Su voz era grave, ronca, con ese acento chilango que me eriza la piel. Nos quedamos platicando, él se llamaba Diego, actor freelance de estas puestas en escena. La química saltó como chispas: risas, roces accidentales de manos, miradas que prometían más. 24 horas de la pasión de Cristo, murmuró él de repente, señalando el cartel de la obra. Y si esta noche empezamos la nuestra? Neta, no lo pensé dos veces. Lo jalé de la mano y nos fuimos pitando hacia mi depa en la Roma, dejando atrás los cánticos y las cruces.

En el elevador ya nos estábamos comiendo a besos. Su boca sabía a menta y a sudor fresco, lengua invadiendo la mía con hambre de lobo. Lo empujé contra la pared, sintiendo su verga dura presionando mi vientre a través de los jeans. ¡Qué chingona está esta madre! Olía a su colonia barata mezclada con el aroma masculino de su piel, ese que te hace babear. Llegamos al depa y cerré la puerta de un golpe. Lo desvestí despacio, como despojando a un mártir de su túnica. Su cuerpo era puro músculo trabajado, cicatrices leves de quién sabe qué aventuras pasadas. Le lamí el cuello, saboreando la sal de su sudor, mientras mis manos bajaban a su paquete, masajeándolo hasta que gimió: “Ay, wey, me vas a matar antes de tiempo.”

Acto primero de nuestra pasión: lo tiré en la cama king size que tengo, con sábanas de satén rojo que compré en un arranque de lujuria. Me quité el vestido de un tirón, quedando en tanga negra y nada más. Sus ojos se devoraron mis curvas, mis chichis firmes con pezones duros como piedras. Me trepé encima, frotando mi panocha mojada contra su erección. El roce era eléctrico, mi clítoris hinchado rogando atención. Su piel ardía contra la mía, suave y áspera a la vez, como terciopelo sobre acero. Le mordí el lóbulo de la oreja, susurrándole guarradas: “Quiero que me chingues como si fuera la última noche del mundo, mi Cristo.” Él rio bajito, manos grandes amasando mis nalgas, dedos hurgando mi entrada empapada. Entró un dedo, luego dos, curvándolos para darme en el punto G. Grité, arqueándome, el olor a sexo empezando a llenar la habitación —esa mezcla dulce y almizclada de mis jugos y su pre-semen.

La noche avanzó en oleadas. Primero, un sesenta y nueve eterno: yo chupando su verga gruesa, venosa, saboreando la gota salada en la punta, mientras él me devoraba el coño con lengua experta, lamiendo mis labios hinchados, succionando el clítoris hasta que vi estrellas.

Esto es mejor que cualquier procesión, neta
, pensé, con la cabeza entre sus muslos, inhalando su aroma terroso. Luego, me puso a cuatro patas, embistiéndome desde atrás con fuerza controlada. Cada estocada era un latigazo de placer, su pelvis chocando mis cachetes con palmadas sonoras, piel contra piel en un ritmo hipnótico. Sudábamos a chorros, el colchón crujiendo, mis gemidos mezclándose con sus gruñidos: “¡Qué rica estás, pinche diosa!” El clímax me partió en dos, contrayéndome alrededor de él, leche caliente brotando mientras yo chillaba su nombre.

Pero no paró ahí. Descansamos un rato, bebiendo tequila reposado de la botella, riendo de tonterías. Su pecho subía y bajaba contra el mío, corazón galopando en eco al mío. La medianoche trajo el segundo acto: él me cargó al baño, bajo la regadera humeante. Agua caliente cascando sobre nosotros, jabón resbaloso en mis tetas, sus manos explorando cada curva. Me abrió contra la pared de azulejos fríos, penetrándome de pie, piernas enredadas en su cintura. El vapor olía a nuestro sudor y al shampoo de coco que uso. Follando así, lento y profundo, sentíamos cada vena de su polla rozando mis paredes internas, building that tension hasta explotar juntos, mi grito ahogado en su hombro mordido.

Las horas se estiraron como chicle. Amaneció con café y caricias perezosas en la cocina. Yo en bata transparente, él en bóxer, pero la lujuria no se apagó. 24 horas de la pasión de Cristo, bromeó él, mirándome mientras untaba mermelada en mis pezones y la lamía despacio, dulce y pegajosa en su lengua. El sol entraba por la ventana, iluminando su espalda ancha mientras me comía en la mesa, dedos en mi culo, lengua en mi clítoris. “No pares, pendejo, ¡me encanta!” le rogaba, tirando de su pelo. El mediodía nos encontró en el sofá, yo cabalgándolo como jineteza salvaje, mis caderas girando, sus manos guiándome, pechos rebotando en su cara. El aire cargado de nuestro olor, gemidos roncos, pieles pringosas de sudor y fluidos. Cada orgasmo era más intenso, liberaciones que nos dejaban temblando, besándonos con lenguas exhaustas.

La tensión creció en la tarde, cuando jugamos con hielo de la hielera: cubos derritiéndose en mi ombligo, bajando a mi monte de Venus, contrastando con su boca caliente. Frío y calor, dolor placentero y éxtasis, como las espinas de la corona en la procesión, pero puro gozo. Él se corrió en mi boca por primera vez, semen espeso y salado que tragué con gusto, mirándolo a los ojos. Luego, misionero lento en la cama, pieles fusionadas, susurros de “Te quiero, nena” y “Eres mi salvación”. El atardecer pintó la habitación de naranja, y nos corrimos una vez más, él dentro, sin condón porque nos chequeamos antes —todo consensual, puro fuego mutuo.

Al filo de la medianoche, 24 horas después, yacíamos enredados, exhaustos pero radiantes. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. Olía a sexo residual, a nosotros, a algo sagrado en lo profano.

Esto fue mi propia pasión, mi Cristo personal, resucitando partes de mí que ni sabía muertas
. Diego me besó la frente. “¿Repetimos en Pascua?” Sonreí, sabiendo que sí. La ciudad afuera volvía a su ruido normal, pero yo era otra, empoderada, llena, con el cuerpo zumbando de recuerdos táctiles: su peso sobre mí, el pulso de su verga, el sabor de su piel. Una pasión que no termina en cruz, sino en vida nueva.

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