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Abandonarse a la Pasión

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Abandonarse a la Pasión

La noche en la Roma Norte bullía con esa energía que solo México City sabe dar. Las luces de neón parpadeaban sobre las calles empedradas, y el aire cargado de jazmín y tacos al pastor me hacía sentir viva. Yo, Laura, acababa de salir de una semana infernal en la oficina, y esa fiesta en la casa de mi carnala era justo lo que necesitaba para soltar el estrés. Vestida con un vestido negro ceñido que abrazaba mis curvas como un amante ansioso, me movía entre la gente, riendo con copas de mezcal en la mano.

Entonces lo vi. Marco, ese wey que conocí en la uni hace años, pero que ahora se veía como un pinche dios griego. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que prometía problemas del bueno. Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, y sentí un cosquilleo en la piel, como si el aire se hubiera electrificado. Órale, Laura, no seas pendeja, me dije, pero mi cuerpo ya traicionaba mis pensamientos. Nos acercamos, chocamos las copas, y el humo de su cigarro mentolado se mezcló con el aroma dulce de mi perfume.

"¿Qué onda, Lau? Sigues tan chula como siempre", dijo él, su voz ronca cortando el reggaetón que retumbaba. Hablamos de todo y nada: del jale, de viajes a la playa, de cómo la vida nos había separado. Pero entre risas, sus dedos rozaban mi brazo accidentalmente, y cada toque era como una chispa. El calor de su piel contra la mía me hacía sudar bajo el vestido.

¿Por qué carajos siento esto? Es Marco, el mismo que me robó un beso en una peda hace diez años. Pero ahora... neta, lo quiero devorar.

La tensión crecía con cada trago. Bailamos salsa en la terraza, sus manos en mi cintura guiándome con maestría. El sudor perlaba su cuello, y yo inhalaba su olor: mezcla de colonia cara, sal de su piel y algo primitivo que me ponía la piel de gallina. Mis pechos rozaban su torso firme, y sentía su verga endureciéndose contra mi muslo. Sí, güey, ya lo noté. Le susurré al oído: "¿Vamos a otro lado? Mi depa está cerca". Él asintió, ojos brillantes de deseo puro.

En el Uber, el silencio era pesado, roto solo por nuestras respiraciones agitadas. Su mano en mi rodilla subía despacio, y yo la detuve solo para guiarla más arriba, bajo mi falda. Sus dedos encontraron mi tanga húmeda, y gemí bajito. "Joder, Lau, estás empapada", murmuró, y yo reí, mordiéndome el labio. Llegamos a mi depa en Condesa, un lugar chido con vista al Parque México. Apenas cerré la puerta, sus labios chocaron contra los míos. Sabían a mezcal y menta, calientes y urgentes.

Nos besamos como poseídos, lenguas enredándose en un baile salvaje. Sus manos desabrocharon mi vestido, que cayó al suelo como una promesa rota. Quedé en lencería negra, tetas al aire, pezones duros como piedras. Él se quitó la camisa, revelando un pecho tatuado con un águila mexicana y abdominales que pedían ser lamidos. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas.

Esta noche me abandono a la pasión, sin pensarlo dos veces. Que se joda el mañana.
Mis caderas se mecían sobre su bulto, sintiendo su dureza pulsar contra mi coño palpitante.

Marco gruñó, manos amasando mis nalgas. "Quítate eso, mami", pidió, y yo obedecí, arrancándome el tanga. Su boca bajó a mis tetas, chupando un pezón mientras pellizcaba el otro. El placer era eléctrico, un rayo que bajaba directo a mi entrepierna. Gemí fuerte, arqueándome. "¡Sí, así, cabrón!" Olía a sexo ya, ese aroma almizclado de mi excitación mezclado con su sudor masculino. Bajé la mano, desabroché su jeans y saqué su verga: gruesa, venosa, goteando precum. La apreté, masturbándolo despacio, sintiendo su calor en mi palma.

Él me volteó, poniéndome de rodillas en el sofá. Su lengua exploró mi cuello, bajando por la espalda hasta mi culo. "Qué rico te ves, Lau", dijo antes de separar mis nalgas y lamer mi coño desde atrás. Su lengua era mágica, lamiendo mi clítoris hinchado, metiéndose en mi entrada jugosa. Sentí sus dedos abriéndome, uno, dos, follándome mientras chupaba. El sonido era obsceno: mis jugos chorreando, sus labios succionando. No aguanto más. Me corrí gritando, piernas temblando, olas de placer rompiéndome en pedazos. Él lamió todo, bebiendo mi orgasmo como si fuera elixir.

Pero no paró. Me levantó en brazos, fuerte como un toro, y me llevó a la cama. Caímos enredados, sábanas frescas contra nuestra piel ardiente. Yo lo empujé boca arriba, queriendo control. Monté su cara, restregando mi coño en su boca mientras él gemía de placer. "Cómetelo todo, Marco". Luego bajé, su verga en mi mano, y la tragué hasta la garganta. Sabía salado, delicioso. Lo mame como experta, lengua girando en la cabeza, bolas en mi mano. Él se retorcía, "¡Puta madre, Lau, me vas a matar!"

La intensidad subía. Quería sentirlo dentro. Me posicioné sobre él, coño alineado con su punta. Bajé despacio, centímetro a centímetro, estirándome con su grosor. ¡Ay, wey, qué rico! Lleno por completo, gemí al tocar fondo. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, uñas en su pecho. Él embestía desde abajo, manos en mis caderas. El slap-slap de piel contra piel llenaba la habitación, junto con nuestros jadeos. Sudor goteaba, mezclándose en nuestros cuerpos. Olía a sexo puro, a pasión desatada.

Cambié de posición: él encima, misionero profundo. Sus ojos en los míos, "Te quiero, Lau, desde siempre". Besos tiernos entre folladas brutales. Sentía su verga golpear mi G, placer acumulándose.

Aquí estoy, abandonándome a la pasión total, sin miedos ni barreras. Es mío, yo soy suya.
Aceleró, gruñendo, "Me vengo, nena". "¡Dámelo adentro!", supliqué. Se corrió rugiendo, chorros calientes llenándome, empujándome al borde. Mi segundo orgasmo explotó, coño apretándolo, leche y jugos mezclándose.

Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos. Su cabeza en mis tetas, besos suaves en mi piel. El aire olía a nosotros, a satisfacción profunda. Afuera, la ciudad murmuraba, pero aquí dentro, el mundo se había detenido. "Esto fue chingón, Lau", susurró. Yo sonreí, acariciando su cabello. Sí, lo fue. Y quién sabe qué sigue. En ese afterglow, con su calor envolviéndome, supe que valió cada segundo de entrega.

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