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Novela Pasión Prohibida Capítulo 1 Susurros Ardientes

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Novela Pasión Prohibida Capítulo 1 Susurros Ardientes

Desde que Diego llegó a la casa esa tarde soleada en Polanco, algo en el aire se cargó de electricidad. Mi esposo, Carlos, estaba de viaje en Monterrey por negocios, como siempre, dejándome sola con el carnal de él, mi cuñado. Diego, con sus ojos cafés profundos y esa sonrisa pícara que me hacía temblar las rodillas. Órale, ¿qué no soy una mujer casada? Pero el corazón no obedece reglas, ¿verdad? Me serví un tequila reposado en la cocina, el aroma fuerte y ahumado llenando mis pulmones mientras lo veía quitarse la chamarra de cuero, revelando unos brazos fuertes, tatuados con motivos prehispánicos que gritaban aventura.

Valeria, ¿todo chido por acá? Carlos me dijo que te cuidara la casa
, dijo con esa voz grave, ronca como el rugido de un motor viejo. Se acercó al fregadero, su colonia fresca mezclándose con el sudor ligero de su piel morena. Yo asentí, sintiendo un calor subir por mi pecho. No mames, pensé, este pendejo siempre me ha puesto como moto. Nos sentamos en la terraza, con vista al skyline de la Ciudad de México, el sol poniéndose en tonos naranjas que pintaban su rostro como un dios azteca.

La plática fluyó fácil, como agua de coco en una playa de Puerto Vallarta. Hablamos de todo: de la pinche oficina donde yo mataba el día vendiendo seguros, de sus viajes como fotógrafo freelance por Oaxaca y Chiapas. Pero entre líneas, había algo más. Sus ojos se clavaban en mis labios cuando reía, y yo cruzaba las piernas para disimular el cosquilleo entre ellas.

Es tu cuñado, Valeria, contrólate
, me regañaba en la cabeza. Sin embargo, el tequila aflojaba las ataduras. Le conté de mis sueños postergados, de querer escribir una novela pasión prohibida capítulo 1, algo así como lo que sentía bullir dentro de mí, un fuego que Carlos nunca encendía del todo.

La noche cayó suave, con el ruido distante de los cláxones en Reforma y el aroma de jazmines del jardín. Cenamos tacos de arrachera que preparé, jugosos y picantes con salsa de árbol que nos hacía jadear. Nuestras manos se rozaron al pasar la tortilla, un toque eléctrico que me erizó la piel. Chingado, su palma era cálida, callosa por las cámaras y las motos que arreglaba. Él me miró fijo, y juro que vi el mismo deseo reflejado en sus pupilas dilatadas.

Después de cenar, nos recargamos en el sofá de la sala, una botella de mezcal entre nosotros. El humo dulce del cigarro que compartimos —ese vicio secreto— flotaba perezoso.

¿Sabes qué, Vale? Siempre te he visto como la mujer más chingona del mundo
, murmuró, su aliento cálido rozando mi oreja. Mi corazón latió desbocado, como tambor en una fiesta de pueblo. Me giré, nuestros rostros a centímetros. Olía a hombre, a tierra mojada después de la lluvia, a deseo crudo. Esto es prohibido, pensé, pero qué rico se siente lo prohibido.

Sus labios capturaron los míos en un beso lento, explorador. Sabían a mezcal ahumado y a menta de su chicle. Gemí bajito, mis manos enredándose en su pelo negro revuelto. No hay vuelta atrás. Sus dedos trazaron mi cuello, bajando por la clavícula, encendiendo chispas en mi piel. Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a la recámara principal. El colchón king size nos recibió suave, las sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo nuestros cuerpos.

Allí, en la penumbra iluminada por la luna que se colaba por las cortinas, la tensión explotó. Le quité la playera, besando su pecho ancho, lamiendo el salado sudor que perlaba su piel. Qué mamacita tan rica eres, gruñó él, sus manos expertas desabotonando mi blusa de seda, exponiendo mis senos libres bajo el brasier de encaje negro. Sus pulgares rozaron mis pezones endurecidos, enviando ondas de placer directo a mi centro. Jadeé, arqueándome contra él.

Sí, Diego, así, no pares
.

La ropa voló como hojas en el viento: mi falda plisada, sus jeans ajustados que revelaron un bulto impresionante. Lo toqué por encima del bóxer, sintiendo su dureza pulsar bajo mi palma. Carajo, qué grande y qué caliente. Él me recostó, besando mi vientre plano, bajando hasta mis muslos internos. El aroma de mi excitación lo invadió, almizclado y dulce como miel de maguey. Su lengua trazó mi intimidad a través de las bragas húmedas, haciendo que mis caderas se elevaran solas.

Estás chorreando por mí, ¿verdad, preciosa?
—susurró, su voz vibrando contra mi clítoris. Asentí, perdida en el placer. Me quitó las bragas con dientes, exponiéndome al aire fresco de la noche. Su boca me devoró: lengüetazos largos, succiones precisas que me hacían gritar. Mis uñas se clavaron en sus hombros, el olor de su pelo mezclándose con mi esencia. Me voy a venir, pendejo, no pares. El orgasmo me golpeó como ola en Acapulco, mi cuerpo convulsionando, jugos calientes empapando su barbilla.

Pero no terminó ahí. Me volteó boca abajo, besando mi espalda, mis nalgas redondas. Sus dedos juguetearon mi entrada, lubricados por mi propia humedad, preparándome.

Te voy a llenar, Vale, pero dime si quieres
. Sí, sí, chíngame ya, rogué, empinándome como gata en celo. Entró lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Gemimos al unísono, su grosor llenándome por completo. El sonido húmedo de piel contra piel llenó la habitación, rítmico como cumbia sonidera.

Se movía profundo, sus caderas chocando contra mis pompas, manos apretando mi cintura. Sudábamos juntos, el olor salado envolviéndonos. Yo empujaba hacia atrás, cabalgándolo en reversa, mis senos rebotando libres. Qué chido se siente ser follada así, sin prisas, con pasión de verdad. Él me volteó de nuevo, cara a cara, penetrándome mientras nos besábamos fieros. Nuestros ojos conectados, almas desnudas.

Eres mía esta noche
, jadeó, acelerando. Sentí sus bolas tensarse contra mí, mi segundo clímax construyéndose como tormenta.

Explotamos juntos: yo gritando su nombre, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo; él gruñendo ronco, llenándome con chorros calientes que se desbordaban por mis muslos. Colapsamos enredados, pulsos latiendo al unísono, piel pegajosa y resbaladiza. El silencio post-sexo era bendito, roto solo por nuestras respiraciones entrecortadas y el zumbido lejano de la ciudad.

Después, en la afterglow, fumamos otro cigarro en la cama, cuerpos entrelazados. Su mano acariciaba mi pelo, suave como pluma de quetzal. Esto fue el capítulo 1 de mi novela pasión prohibida, pensé, sonriendo en la oscuridad. Sabía que vendrían más noches así, prohibidas pero inevitables. Carlos regresaría en unos días, pero este secreto ardía en mí, prometiendo más fuego. Me acurruqué contra su pecho, inhalando su esencia, saboreando el sabor salado en mis labios. La pasión prohibida sabe a gloria.

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