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La Pasión de Cristo Movie Carnal

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La Pasión de Cristo Movie Carnal

Era una noche de esas que te ponen la piel chinita en la Ciudad de México, con la lluvia tamborileando contra las ventanas de mi depa en la Condesa. Yo, Ana, acababa de poner La Pasión de Cristo movie en la tele grande, porque neta, esa película siempre me revuelve el alma y el cuerpo. La intensidad de tanto sufrimiento, de esa pasión cruda, me prendía de una forma que ni yo entendía del todo. Invité a Javier, mi carnal en el sentido más chido, ese güey que me conocía como la palma de su mano callosa de tanto trabajar en construcción.

—Órale, Ana, ¿vas a ponerte devota o qué? —me dijo él con esa sonrisa pícara mientras se quitaba la chamarra mojada y se recargaba en el sofá de piel sintética que crujía bajo su peso.

Me reí bajito, sintiendo ya el cosquilleo en el estómago.

Este pendejo sabe que no es devoción lo que busco, es fuego
, pensé mientras me acercaba con dos chelas frías. Nos sentamos pegaditos, mis muslos rozando los suyos, el calor de su cuerpo subiendo como vapor en el aire cargado de olor a tierra mojada que entraba por la rendija de la ventana.

La película empezó. Las imágenes en la pantalla eran brutales: el látigo silbando en el aire, la sangre resbalando por la piel morena de Jesús. Cada golpe resonaba en mis oídos como un trueno lejano, y yo sentía un pulso acelerado entre las piernas. Javier me miró de reojo, su mano grande posándose en mi rodilla. Su palma áspera contra mi piel suave era como una promesa silenciosa. El sonido de la lluvia se mezclaba con los gemidos ahogados de la película, y el aroma de su colonia barata, mezclado con sudor fresco, me hacía inhalar profundo.

—Mira cómo sufre por amor —susurré, mi voz ronca ya—. Neta, esa pasión me hace querer sufrir un poquito contigo.

Él apretó mi pierna, subiendo despacito la mano por mi falda corta. Qué chingón sentirlo así, tan cerca, pensé, mientras en la pantalla caía la corona de espinas. Mi corazón latía desbocado, y un calor húmedo empezaba a formarse en mi panocha.

La cosa escaló cuando llegó la escena de la flagelación. Los cuerpos retorcidos, el dolor transformándose en algo casi sagrado. Javier me jaló hacia él, su boca capturando la mía en un beso que sabía a chela y a deseo puro. Sus labios eran firmes, su lengua explorando con la urgencia de quien ha esperado demasiado. Lo empujé suave contra el sofá, montándome a horcajadas sobre sus caderas duras. Sentí su verga endureciéndose bajo el pantalón, presionando contra mí como una cruz ardiente.

—Eres mi Cristo esta noche —le dije al oído, mordisqueando su lóbulo mientras mis manos bajaban su playera, revelando ese pecho ancho cubierto de vello negro y sudor.

Quiero flagelarte con mis uñas, redimirnos en este sudor compartido
, rugía mi mente mientras lamía el salado de su cuello. Él gruñó, sus manos amasando mis nalgas con fuerza, el sonido de la tela rasgándose un poco en la falda. El cuarto olía ahora a nosotros: almizcle de excitación, piel caliente, y el leve dulzor de mi perfume de vainilla que se evaporaba con el calor.

Nos quitamos la ropa como si fuera un ritual. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando al aire fresco. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el tacto aterciopelado sobre la dureza de acero. Él jadeaba, mirándome con ojos oscuros como pozos de noche mexicana. Bajé la cabeza, mi lengua trazando círculos en la punta, saboreando el precum salado y ligeramente dulce. Qué rico, como néctar prohibido. Sus gemidos se mezclaban con los latigazos de la película, que seguía sonando de fondo, ahora ignorada pero alimentando nuestra fiebre.

—Ana, güey, me vas a matar —murmuró él, enredando sus dedos en mi cabello largo.

Lo chupé más profundo, mi garganta acomodándose a su tamaño, el sonido húmedo de succión llenando el espacio. Mi clítoris latía impaciente, mojada hasta los muslos. Me subí de nuevo, frotándome contra él, lubricándonos mutuamente. El roce era eléctrico, piel contra piel, sudor resbalando entre nosotros como lágrimas de éxtasis.

Pero no quería acabar ahí. Lo empujé al piso, sobre la alfombra áspera que raspaba mi espalda cuando me recosté. Javier se arrodilló entre mis piernas abiertas, besando mi interior de muslos, inhalando mi aroma almizclado. Su lengua encontró mi panocha, lamiendo con devoción, chupando mi clítoris hinchado. ¡Ay, cabrón, qué lengua tan bendita! Grité bajito, arqueando la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros. Olas de placer subían desde mi centro, el sonido de su succión obsceno y delicioso, el sabor de mí en su boca cuando después me besó.

La tensión crecía como la procesión del Viernes Santo, imparable.

Esta es nuestra pasión, nuestra redención en carne viva
, pensé mientras lo guiaba dentro de mí. Su verga entró despacio, estirándome con ese dolor placentero que recordaba la película. Llenándome por completo, hasta el fondo. Nos movimos en ritmo lento al principio, mirándonos a los ojos, sus embestidas profundas haciendo que mis tetas rebotaran. El slap-slap de carne contra carne era hipnótico, mezclado con nuestros jadeos y la lluvia incesante afuera.

—Más fuerte, mi Cristo —le rogué, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura sudorosa.

Él aceleró, follando con furia redentora, sus bolas golpeando mi culo. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Mi interior se contraía alrededor de él, ordeñándolo, el olor a sexo intenso impregnando todo. Sentía cada vena de su verga rozando mis paredes, el roce en mi punto G enviando chispas. Gemí alto, órale, órale, perdiendo el control. Él gruñía como animal, sus manos apretando mis caderas con moretones que dolerían rico mañana.

El clímax nos alcanzó como la crucifixión final: yo primero, explotando en espasmos que me hacían ver estrellas, mi jugo empapándonos. Él siguió bombeando, prolongando mi placer, hasta que se tensó y se derramó dentro, chorros calientes llenándome, su grito ronco vibrando en mi pecho. Colapsamos juntos, pegajosos, palpitantes, el corazón tronando al unísono.

La película había acabado, créditos rodando mudos. Nos quedamos ahí, en el piso, su cabeza en mi seno, mi mano acariciando su cabello revuelto. El aire olía a sexo satisfecho, a paz después de la tormenta.

Neta, revivir La Pasión de Cristo movie así fue lo más cabrón. No sufrimiento, sino gozo puro, nuestra fe carnal
.

Javier levantó la vista, sonriendo cansado. —Eres mi Magdalena, Ana. Siempre.

Nos besamos suave, saboreando el afterglow, la lluvia calmándose afuera como bendición. En ese momento, supe que nuestra pasión era eterna, como esa movie que nos unió en fuego.

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