Sueños de Pasión con una Suegra Muy Ardiente
Desde que me casé con Lupita, su mamá, Doña Rosa, siempre me ha mirado con esos ojos que queman como chile habanero. Vive con nosotros en nuestra casita en el barrio de Iztapalapa, un lugarcito modesto pero con todo lo necesario: el olor a tortillas recién hechas flotando en el aire cada mañana, el ruido de los vecinos platicando en la calle y el calorcito que sube del piso de loseta cuando el sol pega fuerte. Yo, Juan, soy un mecánico de taller, con las manos siempre sucias de grasa, pero el corazón limpio. Lupita es mi reina, pero últimamente anda de viaje por trabajo en Guadalajara, dejándome solo con su mamá.
Doña Rosa es una mujer de cincuenta tacos bien puestos, pero neta que parece de treinta y pico. Sus curvas son pecado: caderas anchas que se mueven como olas en la playa de Acapulco, chichis grandes y firmes que se marcan bajo las blusas ajustadas, y una piel morena que huele a vainilla y jazmín por las noches. Siempre me dice "Mijo, ¿ya comiste? Ven, te sirvo unos tacos", con esa voz ronca que me eriza la piel. Yo trato de no pensarlo mucho, pero en la noche, cuando me acuesto solo, vienen esos sueños de pasión con una suegra muy ardiente que me dejan la verga tiesa como poste.
Esta mañana, el sol entraba por la ventana de la cocina, pintando todo de dorado. Doña Rosa estaba de espaldas, removiendo el mole en la olla, su culo redondo apretado en unos jeans desteñidos que dejaban poco a la imaginación. El vapor subía con aroma picante, mezclándose con su perfume. Me acerqué por un vaso de agua y accidentalmente roce su nalga con mi cadera. Ella se giró despacio, con una sonrisa pícara.
¿Qué pasa, Juanito? ¿Ya te picó el bichito del deseo?
Me quedé tieso, sintiendo el calor subir por mi cuello. Neta, esta mujer me lee la mente, pensé. Le seguí la corriente, riendo nervioso.
Suegra, nomás venía por agua. Pero si hay mole, ya me conquistó.
Ella se acercó más, su aliento cálido rozando mi oreja. Si quieres algo más caliente que el mole, aquí estoy yo, mijo. Sus dedos rozaron mi brazo, enviando chispas por mi espina. El corazón me latía como tamborazo en fiesta. ¿Era en serio? ¿O solo su coqueteo de siempre? Me fui al taller con la cabeza hecha un desmadre, oliendo aún su esencia en mi camisa.
Acto seguido, el día se puso pesado. Llegué a casa sudado, con el olor a aceite y metal pegado a la piel. Doña Rosa me esperaba en el sillón de la sala, con una bata ligera que se entreabría mostrando el encaje negro de su brasier. La tele sonaba bajito con una novela, pero sus ojos estaban fijos en mí.
Ven, siéntate conmigo, Juan. Lupita no está, y yo me siento solita.
Me senté a su lado, el sofá hundiéndose bajo nuestro peso. Su muslo rozó el mío, suave como terciopelo. Empecé a contarle del taller, pero ella ponía la mano en mi rodilla, subiendo despacito. Suegra, ¿qué onda? Esto no está chido, pensé, pero mi cuerpo traicionero respondía con un pulso acelerado en la entrepierna.
¿Sabes, mijo? Desde que te vi por primera vez, me dan unos sueños... sueños de pasión con una suegra muy ardiente como yo, revolcándome contigo. Su voz era un susurro ronco, cargado de promesas. Me miró directo a los ojos, y ahí vi el fuego. No era juego. Mi mano temblorosa fue a su mejilla, sintiendo la calidez de su piel.
Doña Rosa, neta que usted me vuelve loco. Pero Lupita...
Ella tapó mi boca con un dedo. Shh, esto es entre nosotros. Solo esta noche. ¿Quieres o no?
El deseo me nubló el juicio. La besé, un beso hambriento, sus labios carnosos sabiendo a miel y tequila. Sus lenguas bailaron, húmedas y urgentes. La bata cayó al suelo, revelando su cuerpo desnudo: pezones oscuros endurecidos, vientre suave con estrías que contaban historias de vida, y entre sus piernas un monte de vello negro húmedo de anticipación.
La llevé a mi cuarto, el aire cargado del olor a sábanas limpias y su excitación almizclada. La tiré en la cama, besando su cuello, lamiendo el sudor salado de su clavícula. Ella gemía bajito, ¡Ay, Juanito, qué rico!, arqueando la espalda. Mis manos exploraban sus chichis pesados, pellizcando pezones que se ponían duros como piedras. Bajé por su panza, inhalando su aroma íntimo, ese olor terroso y dulce que me volvía pendejo.
Chúpame ahí, mijo, no te apures. Separé sus labios mayores, rosados y jugosos, y metí la lengua en su concha empapada. Sabía a mar y sal, su clítoris hinchado palpitando contra mi boca. Ella se retorcía, clavando uñas en mi cabeza, el colchón crujiendo con sus embestidas. ¡Sí, cabrón, así! ¡Me vas a hacer venir! Su jugo me corría por la barba, y explotó en un orgasmo que la hizo gritar, piernas temblando como hoja en tormenta.
Ahora ella me volteó, experta como torera. Me quitó la ropa con prisa, mi verga saltando libre, venosa y gruesa, goteando precum. Mira qué chulada de pito tienes, Juanito. Esto es mío esta noche. Lo tomó en su boca caliente, chupando con hambre, lengua girando en la cabeza sensible. El sonido húmedo de succión llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos. ¡Qué chingón, suegra! ¡No pares! Sentía las bolas apretadas, el placer subiendo como lava.
Pero no la dejé acabar ahí. La puse a cuatro patas, sus nalgas grandes separadas, la concha reluciente invitándome. Entré despacio, sintiendo su calor apretado envolviéndome centímetro a centímetro. ¡Ay, qué grande! ¡Llénamela toda! Empujé fuerte, el choque de piel contra piel resonando como palmadas en baile. Sudábamos, el cuarto oliendo a sexo puro: sudor, fluidos, pasión desatada. La agarré de las caderas, follando ritmado, profundo, sus gemidos convirtiéndose en aullidos.
Cambié posiciones, ella encima, cabalgándome como amazona. Sus chichis rebotaban hipnóticos, yo las amasaba mientras ella giraba las caderas, ordeñándome. ¡Te voy a sacar todo, mijo! ¡Dámelo! El clímax nos alcanzó juntos: yo explotando dentro de ella, chorros calientes llenándola, ella convulsionando, su concha ordeñando cada gota. Gritamos, colapsando en un enredo sudoroso.
Después, en la penumbra, su cabeza en mi pecho, el ritmo de su respiración calmándose. Acaricié su cabello húmedo, oliendo a sexo y vainilla.
Esto fue un sueño hecho realidad, Juanito. Pero guardémoslo en el corazón.
Asentí, besando su frente. Sí, suegra. Un secreto ardiente. Lupita regresaría pronto, pero esa noche había encendido un fuego que nunca se apagaría del todo. Me dormí con su calor pegado a mi piel, soñando ya con más.