Pasion Prohibida Pelicula 2001
La lluvia caía a cántaros esa noche en la colonia Roma, empapando las calles de la Ciudad de México con ese olor a tierra mojada que tanto me gustaba. Yo, Ana, estaba sola en mi depa, con mi marido de viaje otra vez por negocios en Monterrey. Neta, ya me tenía harta esa rutina de camas vacías y silencios eternos. Me serví un tequila reposado, el cristal frío contra mis labios, y revisé mi colección de DVDs viejos que encontré en una tiendita de segunda mano en la Merced. Ahí estaba: Pasion Prohibida Pelicula 2001. La portada mostraba a una pareja abrazada en la penumbra, con miradas que gritaban deseo contenido. Pensé que era perfecta para la noche.
De repente, toquí el timbre. Era Luis, mi vecino del depa de al lado, empapado hasta los huesos. Alto, moreno, con esa barba de tres días que le daba un aire de galán de telenovela. Su esposa estaba en Guadalajara visitando a la familia, y la luz se había ido en su casa. "Mija, ¿me prestas una vela o algo? Esta tormenta está de la chingada", dijo con esa sonrisa pícara que siempre me hacía cosquillas en el estómago.
Lo invité a pasar, obvio. Le di una toalla seca y una playera mía que le quedó chiquita, marcando sus pectorales duros. Nos sentamos en el sofá de piel, con el olor a tequila flotando en el aire. "Órale, pon esa peli que vi en tu mesa", sugirió él, señalando el DVD. "Pasion Prohibida Pelicula 2001, ¿la has visto? Es de esas que te prenden el ánimo". Reí, sintiendo un calor subir por mis muslos. Encendí la tele con el generador portátil, y la pantalla parpadeó con la historia de amantes imposibles, susurros prohibidos y toques robados.
Al principio, comentábamos la trama como carnales. "Mira nomás esa pasión, carnal. Se nota que se mueren por comerse uno al otro", dije, y él asintió, sus ojos clavados en la pantalla pero desviándose a mis piernas cruzadas, donde mi falda corta subía un poco. El sonido de la lluvia contra las ventanas era como un tambor lejano, y el tequila nos aflojó la lengua. Hablamos de nuestras vidas: él confesó que su matrimonio era puro trámite, sin chispa; yo admití que extrañaba sentirme deseada, viva.
¿Y si esto pasa de vecinos a algo más? No, Ana, no seas pendeja. Pero su mirada... ay, cabrón, me está quemando.
La película avanzaba, y la tensión en la pantalla se colaba en el aire entre nosotros. Sus rodillas rozaron las mías accidentalmente —o no tan accidental—. El roce fue eléctrico, como una chispa en la piel húmeda. Mi corazón latió fuerte, tan-tan-tan, y sentí mi panocha humedecerse solo con imaginar sus manos grandes explorándome.
En el segundo acto de nuestra noche, la cosa escaló. Pausamos la peli cuando la pareja en pantalla se besaba con hambre. Luis se giró hacia mí, su aliento cálido oliendo a tequila y menta. "Ana, neta que eres bien guapa. Siempre lo he pensado, pero nunca dije nada por respeto". Sus palabras me derritieron. Lo miré a los ojos, oscuros como el chocolate amargo que tanto me gustaba, y murmuré: "Y tú, Luis, me traes loca desde que te vi cargando esas cajas el día que te mudaste. Pero somos vecinos, casados... prohibido".
Nos reímos nerviosos, pero el deseo era palpable, espeso como la humedad del aire. Él tomó mi mano, sus dedos callosos rozando mi palma suave, enviando ondas de placer por mi espina. "¿Y si solo por esta noche fingimos ser ellos? Solo pasión prohibida, sin compromisos", propuso, su voz ronca. Asentí, empoderada, queriendo esto tanto como él. Me acerqué, mis labios rozaron los suyos: suaves al principio, luego fieros. Su lengua invadió mi boca con sabor a tequila dulce, y gemí bajito, el sonido ahogado por el trueno afuera.
Sus manos bajaron por mi espalda, apretando mi culo firme bajo la falda. Lo jalé hacia mí, sintiendo su verga dura presionando contra mi vientre, gruesa y caliente a través del pantalón. "Qué rico hueles, como a jazmín y mujer", susurró en mi oído, mordisqueando el lóbulo. Me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de piel expuesta: el cuello salado, los hombros tersos, hasta mis tetas que se erguían ansiosas. Sus labios chuparon un pezón, la lengua girando, y arqueé la espalda, el placer punzante bajando directo a mi entrepierna empapada.
Dios, qué chingón se siente. Mi clítoris palpita, quiere más. No pares, pendejo, dame todo.
Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Le bajé el pantalón, liberando su verga venosa, palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. La lamí despacio, saboreando su gusto salado y almizclado, mientras él gruñía: "¡Ay, morra, qué boca tan rica!". Lo chupé profundo, mi saliva resbalando, sus caderas embistiendo suave. Luego, me quité la tanga, oliendo mi propia excitación dulce y pegajosa. Me acomodé sobre él, su glande rozando mis labios hinchados. Bajé lento, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme, estirándome deliciosamente. "Estás bien apretada, Ana, qué chido", jadeó él, sus manos en mis caderas guiándome.
Cabalgamos así, el sofá crujiendo bajo nosotros, piel contra piel sudorosa. El slap-slap de nuestros cuerpos era música, mezclado con nuestros gemidos roncos. Sudor perló su pecho, y lo lamí, salado como el mar. Cambiamos: él encima, embistiendo profundo, su pubis frotando mi clítoris en cada thrust. Sentí el orgasmo crecer, una ola ardiente en mi vientre. "¡Más fuerte, Luis, hazme venir!", supliqué, uñas clavadas en su espalda. Él aceleró, gruñendo como animal, hasta que exploté: mi panocha contrayéndose alrededor de su verga, jugos calientes brotando, el placer cegador como un rayo.
No tardó en seguirme. Se corrió dentro, chorros calientes inundándome, su rostro contorsionado en éxtasis. Colapsamos, jadeantes, el olor a sexo impregnando el aire: sudor, semen, mi esencia. Sus labios besaron mi frente, tiernos ahora.
En el afterglow, con la lluvia amainando, volvimos a la peli. La terminamos abrazados, desnudos bajo una cobija. "Esto fue como nuestra propia Pasion Prohibida Pelicula 2001", bromeó él, y reí, sintiéndome plena por primera vez en meses. No prometimos nada eterno —éramos adultos, con vidas complicadas—, pero supimos que la puerta estaba abierta para más noches así. El deseo prohibido nos había liberado, y el sabor de su piel aún perduraba en mi lengua, prometiendo recuerdos ardientes.