Relatos
Inicio Erotismo Para Que Son Pasiones Si Al Cabo El Amor Se Acaba Para Que Son Pasiones Si Al Cabo El Amor Se Acaba

Para Que Son Pasiones Si Al Cabo El Amor Se Acaba

7044 palabras

Para Que Son Pasiones Si Al Cabo El Amor Se Acaba

La noche en Polanco olía a jazmín y a tequila reposado, ese aroma que se pega a la piel como una promesa rota. Yo, Valeria, caminaba por las calles empedradas con mi vestido negro ajustado que rozaba mis muslos cada vez que daba un paso. Hacía meses que no veía a Diego, mi ex que no era tan ex como debería. Él me había mandado un mensaje esa tarde: "¿Vienes al bar? Echo de menos tu risa." Y aquí estaba yo, pendeja como siempre, sintiendo que el corazón me latía en el pecho como tamborazo en una fiesta de pueblo.

Lo vi desde la entrada del bar, sentado en la barra con una cerveza en la mano, su camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver ese pecho moreno que tantas veces había lamido. Sus ojos negros me encontraron al instante, y sonrió con esa media luna que me derretía las rodillas. Para qué carajos son estas pasiones si al cabo el amor se acaba, pensé mientras me acercaba, pero mi cuerpo ya no escuchaba a la cabeza. Me senté a su lado, y su mano grande y cálida se posó en mi rodilla como si nunca se hubiera ido.

—Valeria, nena, estás más chula que nunca —me dijo con esa voz ronca que huele a humo de fogata.

Órale, Diego, no me vengas con chamaco. Sabes que esto no va a ningún lado —le contesté, pero mi mano ya estaba en su muslo, sintiendo el calor que subía por su pantalón.

Pedimos unos tequilas, y entre sorbo y sorbo hablamos de tonterías: el tráfico en Insurgentes, la nueva taquería en la Roma que está cañona. Pero el aire entre nosotros estaba cargado, como antes de la lluvia en temporada. Su dedo índice trazaba círculos en mi piel, subiendo despacito por el interior del muslo, y yo sentía el pulso acelerado en mi panocha, esa humedad traicionera que me delataba. No mames, Valeria, contrólate, me dije, pero sus labios rozaron mi oreja y susurró:

—Vamos a mi depa, mi reina. Solo esta noche.

Asentí, porque ¿para qué pelear contra el fuego si ya te está quemando?

El taxi nos dejó en su edificio en Lomas, ese lugar con vista al skyline que grita dinero fácil. Subimos en el elevador, y apenas se cerraron las puertas, su boca se estrelló contra la mía. Sabía a tequila y a menta, su lengua invadiendo mi boca con hambre de lobo. Mis manos se enredaron en su cabello negro revuelto, tirando suave mientras él me apretaba contra la pared fría del elevador. El ding del piso nos separó, jadeantes, con las mejillas ardiendo.

Adentro, el depa olía a su colonia, esa que siempre me recordaba a noches de sudor y gemidos. Me quitó el vestido de un jalón, dejando mis tetas al aire, los pezones duros como piedras bajo su mirada hambrienta. "Qué ricas estás, Valeria", murmuró mientras lamía mi cuello, bajando hasta morder suave un pezón. El placer me recorrió como corriente eléctrica, un ayyy escapando de mis labios. Sus manos expertas desabrocharon mi brasier y bajaron mi tanga, dedos gruesos explorando mi humedad, rozando el clítoris con círculos lentos que me hacían arquear la espalda.

¡Diego, cabrón, no pares! —gemí, mientras él se arrodillaba, su aliento caliente en mi monte de Venus. Su lengua se hundió en mí, lamiendo despacio al principio, saboreando mis jugos como si fueran el mejor mezcal. El sonido de su chupeteo mojado llenaba la habitación, mezclado con mis jadeos y el latido de mi corazón en los oídos. Olía a sexo puro, a mi excitación almizclada y su sudor fresco. Metió dos dedos dentro, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas, y yo me vine rápido, temblando, gritando su nombre mientras mis piernas flaqueaban.

Me cargó hasta la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frescas contra mi piel ardiente. Se quitó la ropa a toda velocidad, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la cabeza brillante de pre-semen. Qué chingona se ve, pensé, lamiéndome los labios. Me puse de rodillas, agarrándola con ambas manos, sintiendo su calor pulsante. La chupé despacio, saboreando la sal de su piel, la lengua girando alrededor del glande mientras él gruñía "¡Sí, nena, así!". Lo metí hasta la garganta, ahogándome un poco, pero excitada por su sabor, por el modo en que sus caderas se movían follándome la boca.

Pero no quería acabarlo así. Lo empujé a la cama y me subí encima, frotando mi panocha mojada contra su verga dura como fierro. Slow burn, me dije, rozando solo la punta, sintiendo cómo se hinchaba más. Bajé despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme, estirándome delicioso. ¡Ay, Diosito! El roce de su pubis contra mi clítoris era fuego puro. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena, cada pulso dentro de mí. Sus manos amasaban mis tetas, pellizcando pezones, y yo aceleré, el sonido de piel contra piel retumbando, sudor goteando entre nosotros.

Para que son pasiones si al cabo el amor se acaba, se me cruzó por la mente mientras lo miraba a los ojos, esos ojos que prometían eternidad pero sabíamos que mentían. Pero en ese momento, con su verga golpeando profundo, tocando mi alma, no importaba. Él se incorporó, chupando mi cuello, mordiendo el lóbulo de la oreja mientras yo rebotaba más fuerte, mis uñas clavándose en su espalda. Cambiamos de posición: yo de espaldas, él detrás, embistiéndome con fuerza animal. Sus bolas chocaban contra mi clítoris, el placer acumulándose como tormenta. "¡Más duro, pendejo!" le grité, y él obedeció, una mano en mi cadera, la otra frotando mi botón. El olor a sexo era espeso, nuestros jadeos sincronizados, el colchón crujiendo bajo nosotros.

Me volteó de nuevo, misionero puro, sus brazos a los lados, mirándome fijo mientras me penetraba lento y profundo. Sentía cada centímetro, el roce exquisito, su aliento en mi cara. "Te amo, Valeria", dijo, pero yo sabía que era la pasión hablando. Aceleró, follándome con ritmo perfecto, y el orgasmo me golpeó como ola gigante. Grité, contrayéndome alrededor de su verga, lecheándome toda mientras él seguía bombeando. "¡Me vengo, nena!" rugió, y sentí su leche caliente llenándome, chorro tras chorro, hasta que colapsamos, pegajosos y temblorosos.

Nos quedamos así, enredados, el sudor enfriándose en nuestra piel, el corazón latiendo al unísono. Su dedo trazaba patrones en mi espalda, y yo olía su cabello, ese aroma a hombre que me volvía loca. ¿Para qué son estas pasiones si al cabo el amor se acaba? pensé de nuevo, pero en el afterglow, con su brazo alrededor de mi cintura y la ciudad brillando afuera, decidí que valía la pena. Mañana sería otro pedo, pero esta noche éramos fuego puro, y eso bastaba.

Nos dormimos así, exhaustos, con el sabor de nosotros en la boca y la promesa de un amanecer que no cambiaría nada. O tal vez sí.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.