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Pasión de Gavilanes 2 Fuego en las Venas

7405 palabras

Pasión de Gavilanes 2 Fuego en las Venas

Gabriela se recargaba en la baranda del porche de la hacienda, el sol del atardecer en Sinaloa tiñendo el cielo de rojos y naranjas que se reflejaban en sus ojos cafés. El aire olía a tierra húmeda después de la lluvia vespertina, mezclado con el aroma dulce de las bugambilias que trepaban por las paredes de adobe. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel morena por el bochorno, y cada brisa juguetona le erizaba la piel de los brazos. ¿Por qué carajos no llega ya? pensó, mordiéndose el labio inferior mientras recordaba la noche anterior.

Juan era el capataz de la finca vecina, un tipo alto y fornido con manos callosas que sabían de caballos y de mujeres. Sus ojos verdes, herencia de algún abuelo gringo, la volvían loca cada vez que la miraban con esa intensidad de depredador. Habían empezado como un coqueteo inocente en la feria del pueblo, pero anoche, después de unas cheves bien frías y unas risas compartidas bajo las estrellas, todo había explotado. Pasión de Gavilanes 2, murmuró para sí, recordando el nombre de la telenovela que habían visto juntos en la tele del rancho. Esa segunda temporada ardía con venganzas y amores prohibidos, igual que lo que bullía en su pecho ahora.

El sonido de un motor rompiendo la quietud la sacó de sus pensamientos. La camioneta polvorienta de Juan se estacionó frente a la casa, y él bajó de un salto, quitándose el sombrero vaquero para saludarla con una sonrisa pícara. —Órale, Gabi, ¿ya me extrañabas, mamacita? —dijo con esa voz grave que le hacía cosquillas en el estómago.

Ella rio bajito, sintiendo el pulso acelerarse. —¡Pendejo! Claro que sí. Ven pa'cá. Lo jaló del brazo hacia adentro, cerrando la puerta de rejilla con un clic que sonó como promesa. El interior de la casa era fresco, con el olor a café recién molido flotando desde la cocina y el zumbido suave de un ventilador de techo.

Se sentaron en el sillón viejo de piel, tan cerca que sus muslos se rozaban. Juan le pasó un brazo por los hombros, su mano grande descansando en su nuca, masajeando con dedos firmes. Gabriela inhaló su olor: sudor limpio mezclado con tabaco y el cuero de su cinturón.

Esto es lo que necesitaba. Su calor, su fuerza. Nada de dramas como en esa Pasión de Gavilanes 2 que vimos, solo nosotros, puro fuego.
Le contó del día en el rancho, de los becerros nuevos y las lluvias que prometían buena cosecha, pero sus palabras eran solo excusa. Sus ojos se devoraban mutuamente, y pronto el silencio se cargó de electricidad.

La mano de Juan bajó por su espalda, trazando la curva de su espina dorsal hasta posarse en su cadera. Ella giró el rostro, y sus labios se encontraron en un beso lento, exploratorio. Saboreó la sal de su piel, el leve dulzor de la chicle que masticaba. Sus lenguas danzaron, y un gemido escapó de su garganta cuando él mordisqueó su labio inferior. Chingao, qué bien besa el cabrón, pensó, arqueándose contra él.

El beso se profundizó, volviéndose urgente. Las manos de Gabriela volaron a su camisa, desabotonándola con prisa, revelando un pecho ancho cubierto de vello oscuro y músculos tensos por el trabajo. Tocó su piel caliente, sintiendo el latido fuerte de su corazón bajo la palma. Juan gruñó, bajando los tirantes de su vestido hasta que los senos de ella quedaron expuestos al aire fresco. Sus pezones se endurecieron al instante, y él los miró con hambre antes de inclinarse a lamer uno, succionándolo con una presión perfecta que le arrancó un jadeo.

Te quiero tanto, Gabi. Desde la primera vez que te vi en la feria. —murmuró contra su piel, su aliento caliente enviando ondas de placer por todo su cuerpo.

Yo también, mi chulo. Pero anoche fue solo el principio. Hoy quiero más. —respondió ella, empujándolo suavemente para que se recostara. Se subió a horcajadas sobre él, sintiendo la dureza de su erección presionando contra su entrepierna a través de la tela. El roce era delicioso, y ella se mecó despacio, torturándolo mientras besaba su cuello, saboreando el sudor salado.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Juan levantó su vestido, sus dedos ásperos explorando la suavidad de sus muslos, subiendo hasta encontrar sus bragas húmedas. Las apartó con gentileza, y Gabriela ahogó un grito cuando un dedo grueso se deslizó dentro de ella, curvándose justo donde lo necesitaba. ¡Madre santa, sabe exactamente cómo tocarme! El sonido húmedo de sus movimientos llenaba la habitación, mezclado con sus respiraciones agitadas y el crujir del sillón.

Ella lo desabrochó, liberando su verga gruesa y venosa que saltó ansiosa. La envolvió con la mano, masturbándolo lento mientras él la penetraba con dos dedos ahora, el pulgar rozando su clítoris hinchado. Olía a sexo, a deseo crudo, ese aroma almizclado que la volvía loca. Sus caderas se movían al unísono, un ritmo primitivo que los llevaba al borde.

No aguanto más, carnal. Quiero sentirte dentro. —jadeó Juan, sus ojos brillando con necesidad.

Entonces chíngame ya, mi amor. —susurró ella, levantándose para posicionarlo. Se hundió despacio sobre él, centímetro a centímetro, gimiendo ante la plenitud que la llenaba. Era perfecto, grueso y caliente, estirándola deliciosamente. Empezaron a moverse, ella cabalgándolo con pasión, sus senos rebotando al ritmo de sus embestidas.

El sudor perlaba sus cuerpos, goteando entre ellos. Juan agarró sus nalgas, guiándola más fuerte, más profundo. Cada choque de piel contra piel resonaba como aplausos obscenos, y Gabriela sentía el orgasmo construyéndose, una espiral de fuego en su vientre.

Esto es mejor que cualquier telenovela. Pasión de Gavilanes 2 no se compara con esto, con nosotros ardiendo vivos.
Él la volteó sin salir de ella, poniéndola de rodillas en el sillón, y la penetró por detrás con fuerza contenida. Sus manos subieron a sus pechos, pellizcando los pezones mientras lamía su nuca.

¡Sí, así, más duro! —gritó ella, empujando hacia atrás. El placer era abrumador: el roce de su verga contra sus paredes internas, el slap-slap de sus cuerpos, el olor a sexo impregnando todo. Juan aceleró, gruñendo como animal, y ella sintió sus bolas apretarse contra ella.

El clímax la golpeó como rayo, ondas de éxtasis recorriendo cada nervio. Se convulsionó alrededor de él, gritando su nombre mientras el mundo se volvía blanco. Juan la siguió segundos después, derramándose dentro con un rugido gutural, su calor llenándola hasta rebosar.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, enredados en el sillón. El aire estaba pesado con su aroma compartido, y Gabriela sonrió contra su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse. Él le acarició el cabello húmedo, besándole la frente.

Eres lo mejor que me ha pasado, Gabi. —dijo él, voz ronca de satisfacción.

Y tú a mí, mi gavilán. Esto es nuestra Pasión de Gavilanes 2, pero sin venganzas, solo puro amor y fuego. —respondió ella, riendo suave.

Se quedaron así hasta que el sol se ocultó del todo, planeando la noche por venir. Afuera, las grillos cantaban, y en su interior, la llama ardía eterna, lista para más rondas de pasión desenfrenada.

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