Comedia del Color de la Pasión
En el bullicioso teatro de la colonia Roma, donde el aire huele a café de olla y a sudor fresco de actores ansiosos, ensayábamos Comedia El Color de la Pasión. Yo, Ana, la protagonista de curvas generosas y risa contagiosa, interpretaba a Rosalinda, una viuda ardiente que busca venganza con besos y caricias. Diego, mi coprotagonista, era el galán pendejo pero guapísimo, con ojos color chocolate y una sonrisa que derretía hasta el maquillaje más grueso.
—Órale, güey, ¿ya te aprendiste las líneas o sigues en la luna? —le dije esa tarde, mientras el director gritaba ¡acción! desde su silla desvencijada.
Diego se acercó, su aliento cálido rozando mi oreja, oliendo a chicle de tamarindo.
«Neta, este cuate me pone la piel chinita», pensé, mientras fingía resistirme en la escena del beso apasionado.Nuestros labios se rozaron primero como en un juego torpe, pero de pronto su lengua se coló juguetona, probando mi boca con sabor a menta y deseo reprimido. El público de extras soltó carcajadas por el diálogo cómico, pero yo sentía el pulso acelerado en mi pecho, el roce de su mano en mi cintura bajando apenas un centímetro de más.
El ensayo terminó con aplausos y palmadas en la espalda. Salimos al fresco de la noche capitalina, donde las luces neón pintaban las calles del color de la pasión que tanto repetíamos en el guion. Diego me miró con esa picardía mexicana que dice más que mil palabras.
—Vamos por unas chelas, Rosalinda. Para celebrar que no la cagamos hoy —propuso, guiñándome el ojo.
Acto uno completo: la chispa encendida.
En la taquería de la esquina, bajo el toldo rojo que chorreaba vapor de carne asada, nos sentamos pegaditos en una banca de plástico. El olor a cebolla caramelizada y cilantro fresco nos envolvía como un abrazo olfativo. Diego pedía tacos al pastor con doble piña, su voz ronca contando anécdotas de su infancia en Guadalajara.
—Imagínate, yo era un morrito flaco que soñaba con ser galán de telenovela. Y ahora aquí, besándote en Comedia El Color de la Pasión. ¿No mames, qué chido!
Yo reía, sintiendo el calor de su muslo contra el mío.
«Su piel huele a jabón de lavanda y algo más... hombre puro, listo para devorar»,me decía mi mente traicionera. Tomé un trago de mi chela helada, el líquido bajando fresco por mi garganta, contrastando con el fuego que subía desde mi vientre. Hablamos de todo: de cómo el teatro nos salvó de trabajos pendejos, de sueños compartidos bajo las estrellas del DF. Sus dedos rozaron mi mano al pasar la salsa, un toque eléctrico que me erizó los vellos de los brazos.
La plática fluyó como tequila suave: risas por los errores del ensayo, donde yo tropecé en tacones falsos y él me cachó como en película romántica. Pero debajo de la comedia, la tensión crecía. Lo veía morder su taco, labios jugosos, y fantaseaba con esos labios en mi cuello. ¿Y si lo invito a mi depa? Neta, el güey me trae loca.
Salimos tambaleantes de risa y alcohol ligero, caminando por Insurgentes. El viento nocturno lamía mis piernas desnudas bajo la falda de ensayar, y Diego me rodeó con su chamarra de mezclilla, su pecho firme contra mi espalda. Olía a él: sudor limpio, colonia barata y promesa de pasión.
—Ana, ¿sabes? En la obra, Rosalinda pinta su vida de rojo pasión. Yo quiero pintar la mía contigo —murmuró, su aliento caliente en mi nuca.
Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Lo miré, ojos brillantes bajo faroles anaranjados.
—Pues vente, galán. Vamos a mi casa y vemos qué color sale de esta comedia.
Mi departamentito en la Condesa era un nido acogedor: velas de vainilla encendidas, sábanas de algodón egipcio revueltas y un playlist de cumbia rebajada sonando bajito. Apenas cerramos la puerta, Diego me acorraló contra la pared, sus manos grandes explorando mi cintura con urgencia tierna.
—¿Estás segura, reina? —preguntó, voz grave, ojos buscando mi permiso.
—Sí, carnal. Te quiero ya. —respondí, jalándolo por la camisa.
Nuestros besos empezaron juguetones, como en el ensayo, pero pronto se volvieron voraces. Su lengua danzaba en mi boca, saboreando mi saliva dulce por la piña de los tacos. Le quité la playera, revelando un torso moreno, pectorales duros que olían a sal y deseo. Mis uñas arañaron suave su espalda, sintiendo músculos tensarse bajo mi tacto.
Caímos en la cama, riendo cuando su cinturón se atoró —pura comedia mexicana—.
«Qué pendejo tan sexy», pensé, mientras lo ayudaba, mi mano rozando el bulto enorme en sus jeans.Lo desvestí despacio, admirando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando al aire fresco. La tomé en mi mano, piel suave sobre hierro caliente, y él gimió ronco: ¡Ay, wey, qué rica!
Me recostó, besando mi cuello, lamiendo el hueco de mi clavícula donde sudaba perlas saladas. Bajó a mis tetas, pezones duros como piedras de obsidiana, chupándolos con labios húmedos que enviaban chispas directo a mi clítoris hinchado. Olía mi piel, musitando:
—Hueles a mujer en celo, a jazmín y coño mojado.
Separó mis muslos, su aliento caliente sobre mi concha depilada, labios mayores hinchados y brillantes de jugos. Lamio primero mis labios internos, lengua plana saboreando mi miel salada-dulce, luego el clítoris, círculos lentos que me arquearon la espalda. Gemí alto, manos enredadas en su pelo negro revuelto, el sonido de succión húmeda mezclándose con la cumbia sensual.
—¡Más, Diego, no pares, cabrón! —supliqué, caderas moviéndose solas.
Subió, colocándose entre mis piernas. Su verga rozó mi entrada, resbaladiza, y empujó despacio. Sentí cada centímetro estirándome, llenándome hasta el fondo, paredes vaginales apretándolo como guante. Empezó a bombear, ritmo primero lento, piel contra piel chapoteando jugos, luego feroz, cama crujiendo como en pleito de telenovela.
Sus manos amasaban mis nalgas, dedos hundiéndose en carne suave. Yo clavaba uñas en su culo firme, guiándolo más hondo. Sudábamos juntos, cuerpos pegajosos brillando bajo luz tenue, olores mezclados: sexo puro, sudor, vainilla quemada.
«Esto es el verdadero color de la pasión, no la comedia del teatro», pensé en éxtasis.
El clímax llegó como volcán: yo primero, contracciones ordeñando su verga, grito ahogado en su hombro. Él gruñó, embistiendo tres veces más, y eyaculó caliente dentro, leche cremosa llenándome, desbordando por mis muslos. Colapsamos, pulsos sincronizados latiendo fuerte, respiraciones jadeantes calmándose poco a poco.
En el afterglow, acurrucados bajo sábanas húmedas, reímos bajito.
—Neta, la mejor comedia de mi vida —dijo, besando mi frente.
—Y ni termina aquí, galán. Mañana ensayo... y después, más pasión.
El color de la pasión no era rojo ni rosa: era el tono cálido de dos cuerpos unidos en risa y fuego eterno.