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Cual Es El Fruto De La Pasion

6847 palabras

Cual Es El Fruto De La Pasion

El sol del atardecer teñía de naranja los viñedos de la hacienda en Valle de Guadalupe, donde el aire cargado de tierra fértil y flores silvestres te envolvía como un abrazo cálido. Tú, Ana, habías llegado esa tarde huyendo del ajetreo de la ciudad de México, buscando un respiro en casa de tu amiga Lupe. Pero lo que no esperabas era toparte con él, Diego, el capataz de la finca, un moreno alto con ojos negros como el café de olla y una sonrisa que prometía travesuras.

¡Órale, qué sorpresa, mamacita! —te dijo al verte bajando del coche, su voz grave resonando como un tambor en tu pecho—. ¿Vienes a probar los frutos de la tierra o qué?

Sentiste un cosquilleo en la piel, el calor subiendo por tus mejillas. Diego era de esos weyes que no pedían permiso para mirarte de arriba abajo, pero con un respeto que te hacía sentir reina. Lupe te había platicado de él: viudo, fuerte como toro, y con un don para cultivar pasiones... literales. La hacienda era famosa por sus maracuyás, esos frutos de la pasión que colgaban jugosos de las enredaderas, listos para ser mordidos.

La cena fue en el patio central, bajo guirnaldas de luces tenues. El aroma del mole poblano se mezclaba con el dulzor ácido de los maracuyás frescos que Diego exprimía en vasos de mezcal. Tus dedos rozaron los suyos al pasarle un plato, y ese toque eléctrico te recorrió la espina dorsal. ¿Qué carajos me pasa? pensaste, mientras tu mente divagaba en fantasías prohibidas. Él te contaba anécdotas de la siembra, su mano grande gesticulando, los músculos de sus antebrazos tensándose bajo la camisa de manta.

Cual es el fruto de la pasion —dijo de repente, partiéndose un maracuyá en dos y ofreciéndote la mitad—. ¿Lo sabes, Ana? No es solo esta fruta chingona que sabe a paraíso. Es lo que nace cuando dos almas se enredan como estas lianas.

Te quedaste mirándolo, el jugo chorreando por sus dedos morenos. Lo probaste, la pulpa explosando en tu lengua con un sabor dulce y tangy que te erizó la piel. El mezcal ayudaba, calentándote el vientre, aflojando nudos que ni sabías que tenías.

La noche avanzaba, Lupe se despidió temprano con un guiño cómplice. —Diviértete, carnala —te susurró al oído. Quedaste sola con Diego junto a la fogata, el crepitar de la leña mezclándose con el canto de los grillos. Él se acercó, su aliento oliendo a maracuyá y humo.

—Ven, te enseño el huerto —te propuso, su mano en tu cintura guiándote por el sendero empedrado.

Su toque quema como chile en la piel. ¿Y si me dejo llevar? Neta, hace tiempo que no siento esto. Deseo puro, sin complicaciones.

El huerto era un laberinto de enredaderas bajo la luna llena, las frutas colgando como joyas negras, maduras y listas. Diego te tomó de la mano, sus callos rozando tu palma suave, enviando ondas de placer hasta tus muslos. Te detuvo frente a una parra cargada.

—Toca —murmuró, presionando tu mano contra un maracuyá—. Siente cómo late, lleno de jugo. Como el corazón cuando te ve.

Tu pulso se aceleró, el calor entre tus piernas creciendo. Lo miraste, sus labios entreabiertos invitándote. Sin palabras, te besó. Fue lento al principio, sus labios carnosos probando los tuyos como si fueras el fruto más dulce. Su lengua exploró tu boca, saboreando el mezcal y el maracuyá residual, mientras sus manos subían por tu espalda, desatando el lazo de tu blusa huipil.

Eres más rica que cualquier fruta, Ana —gruñó contra tu cuello, mordisqueando la piel sensible—. Me tienes bien puesto, wey.

Reíste bajito, juguetona, tus uñas arañando su pecho a través de la camisa. —Entonces cómetelo, pendejo —le respondiste, la voz ronca de anticipación. Lo empujaste contra un tronco, desabotonando su pantalón con dedos temblorosos. Su verga saltó libre, dura y venosa, oliendo a hombre puro, sudor y tierra.

Te arrodillaste en la hierba húmeda, el rocío mojando tus rodillas, pero no importaba. La lamiste desde la base, saboreando la sal de su piel, el gemido que escapó de su garganta como música. Sabe a victoria, pensaste, mientras lo engullías centímetro a centímetro, tus labios estirándose alrededor de su grosor. Él enredó los dedos en tu cabello, guiándote sin forzar, sus caderas moviéndose al ritmo de tus succiones.

¡Qué chingón, Ana! No pares —jadeó, su voz quebrada.

Pero querías más. Te pusiste de pie, quitándote la falda con un movimiento fluido, quedando en tanga de encaje. Diego te levantó como si no pesaras, tus piernas envolviéndolo por la cintura. Te penetró de un solo empujón, llenándote hasta el fondo, el estiramiento delicioso haciendo que gritaras. El tronco rugoso contra tu espalda contrastaba con su piel suave, sus embestidas profundas y rítmicas, como olas del Pacífico.

El aire olía a tierra mojada, maracuyá maduro y sexo crudo. Sentías cada vena de su verga rozando tus paredes internas, tu clítoris frotándose contra su pubis con cada choque. Sudor perlando vuestros cuerpos, mezclándose, goteando. Tus pechos rebotaban libres, sus pezones duros rozando su pecho velludo.

Más fuerte, Diego, ¡dame todo! —suplicaste, mordiendo su hombro para no gritar demasiado.

Él obedeció, acelerando, sus bolas golpeando tu culo con palmadas húmedas. Tus uñas se clavaron en su espalda, dejando surcos rojos. El orgasmo te golpeó como tormenta, contracciones violentas ordeñando su polla, jugos chorreando por tus muslos. Él te siguió segundos después, gruñendo tu nombre, llenándote con chorros calientes que sentiste palpitar dentro.

Se deslizaron al suelo juntos, exhaustos, riendo entre jadeos. El huerto los acunaba, las frutas testigos mudas de su entrega. Diego te besó la frente, su mano acariciando tu vientre plano.

Ahora sí sé cuál es el fruto de la pasión —susurró, señalando tu sexo aún hinchado—. Tú, Ana. Tú eres el verdadero jugo.

Te acurrucaste contra él, el corazón latiendo en sintonía. La luna iluminaba sus rostros, prometiendo más noches así. No era solo sexo; era conexión, pasión floreciendo como las lianas a su alrededor. Regresaron a la hacienda de la mano, el cuerpo saciado pero el alma hambrienta de más.

Al día siguiente, mientras exprimían maracuyás para el desayuno, Lupe los pilló mirándose con ojos de enamorados. —Ya valió, ¿eh? ¿Cuál es el fruto de la pasión? —bromeó ella.

Diego te guiñó un ojo. —Ella, neta.

Y tú sonreíste, sabiendo que habías encontrado tu paraíso personal en esa tierra mexicana, donde el deseo madura como el fruto más dulce.

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