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Abismo de Pasión Capítulo 117

6827 palabras

Abismo de Pasión Capítulo 117

El calor de la noche mexicana se colaba por las ventanas entreabiertas de mi departamento en Polanco, trayendo consigo el aroma dulce de las jacarandas y el lejano bullicio de los carros en Reforma. Yo, Ana, llevaba toda la semana pensando en él, en Javier, mi carnal en este abismo de pasión capítulo 117 de nuestra historia loca. Habían pasado siete días eternos desde la última vez que nos vimos, él con su pinche viaje de negocios a Guadalajara, yo aquí, conteniendo las ganas como una tonta. Mi piel picaba de anticipación, el corazón me latía como tamborazo en fiesta, y entre las piernas sentía ese cosquilleo traicionero que no me dejaba en paz.

Me miré en el espejo del baño, ajustándome el vestido negro ajustado que me marcaba las curvas justito, sin bra, solo unas tanguitas de encaje que sabía que lo volverían loco. Qué chingón se veía mi escote, los pezones ya endurecidos rozando la tela. Olía a mi perfume de vainilla y jazmín, mezclado con el sudor ligero de la humedad nocturna. Sonó el interfón, y su voz ronca del otro lado me erizó la nuca: "Morrita, ábreme que ya me muero por ti". Presioné el botón con manos temblorosas, el pulso acelerado como si fuera la primera vez.

La puerta se abrió y ahí estaba, alto, moreno, con esa sonrisa pícara de güey que sabe lo que provoca. Javier entró de un brinco, cerrando con el pie mientras me jalaba contra su pecho. Su olor a hombre, a colonia fresca y a carretera, me invadió las fosas nasales. "¿Me extrañaste, reina?", murmuró contra mi cuello, su aliento caliente rozándome la piel. Asentí, muda, mientras sus manos grandes me recorrían la espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con esa fuerza que me hace gemir bajito.

¡Ay, cabrón, cómo te extrañé! Pensé en ti cada noche, tocándome sola imaginando tus manos, tu boca...

Lo empujé contra la pared del pasillo, besándolo con hambre, nuestras lenguas enredándose como serpientes en celo. Sabía a tequila reposado, ese toque ahumado que me enciende. Sus dedos se colaron bajo mi vestido, encontrando mis tangas empapadas. "Estás chorreando, pinche ninfómana", rio él, metiendo un dedo juguetón que me hizo arquear la espalda. Gemí contra su boca, el sonido reverberando en el pasillo estrecho, mis uñas clavándose en su camisa.

Lo arrastré a la recámara, la luz tenue de las velas parpadeando sobre las sábanas de satén rojo. Afuera, un mariachi lejano tocaba El Rey, como si el universo conspirara para esta noche. Javier me quitó el vestido de un tirón, exponiendo mi cuerpo desnudo salvo por las tangas. Sus ojos se oscurecieron de deseo, recorriéndome como si fuera un banquete. "Eres lo más chido que me ha pasado, Ana", dijo, voz grave, mientras se desabrochaba la camisa, revelando ese pecho moreno y musculoso que tanto me gusta lamer.

Me arrodillé frente a él, desabrochándole el cinturón con dientes, el metal frío contra mi lengua. Su verga saltó libre, dura como piedra, venosa, oliendo a macho puro. La tomé en la mano, sintiendo su pulso latiendo contra mi palma, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel. Javier gruñó, enredando sus dedos en mi pelo. "Así, morra, chúpamela rico". La metí en la boca, succionando con ganas, mi lengua girando alrededor del glande, mientras él jadeaba y empujaba suave, respetando mi ritmo. El sonido húmedo de mi boca llenaba la habitación, mezclado con sus "¡Qué rico, pendeja caliente!" juguetones.

Pero no quería que terminara tan pronto. Me levanté, empujándolo a la cama, montándome a horcajadas. Sus manos me amasaron los senos, pellizcando los pezones hasta que dolió rico, enviando chispas directo a mi clítoris. Me quité las tangas, frotándome contra su verga, lubricándola con mis jugos. "Te quiero adentro, Javier, ya", supliqué, voz ronca. Él sonrió malicioso, guiándome despacio. La cabeza entró, estirándome delicioso, y bajé de golpe, llenándome hasta el fondo. Aaah, el placer me nubló la vista, su grosor pulsando dentro de mí.

Esto es el abismo, capítulo 117 de nuestro fuego eterno. Cada embestida es una página más en esta novela nuestra.

Cabalgaba con furia, mis caderas girando, sintiendo cada vena rozando mis paredes. El sudor nos unía, resbaloso, su olor almizclado mezclándose con el mío. Javier se incorporó, chupándome un pezón mientras me clavaba desde abajo, fuerte, profundo. Los golpes de carne contra carne resonaban como aplausos obscenos, mis gemidos subiendo de tono: "¡Más, cabrón, rómpeme!". Él me volteó de repente, poniéndome a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo mis rodillas. Entró por atrás, una mano en mi clítoris frotando círculos, la otra jalándome el pelo suave.

El clímax se acercaba como tormenta, mi cuerpo temblando, el calor subiendo desde el estómago. Sentía su verga hincharse más, sus gruñidos animales contra mi oreja. "Vente conmigo, Ana, déjate ir". Exploto en oleadas, mi coño contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas. Él rugió, llenándome con su leche caliente, pulsos y pulsos que me prolongaban el orgasmo. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegada a piel, el corazón tronando al unísono.

Después, en el afterglow, nos quedamos abrazados, el ventilador zumbando suave sobre nosotros. Javier me besó la frente, trazando círculos perezosos en mi espalda. "Neta, contigo es otro nivel, mi amor". Yo sonreí, oliendo su cuello, saboreando la sal en mi lengua. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero aquí, en nuestra burbuja, el abismo de pasión nos había tragado de nuevo, prometiendo más capítulos en esta saga nuestra.

Me acurruqué contra él, sintiendo su calor envolviéndome, el peso de su brazo protector. En mi mente, repasaba cada sensación: el roce áspero de su barba en mi piel sensible, el sabor metálico de su sudor en mis labios, el eco de nuestros gemidos aún vibrando en el aire cargado de sexo. Esto no era solo cogida, era conexión pura, almas enredadas en un baile eterno de deseo y ternura. Javier murmuró algo sobre desayunar tamales en el mercado mañana, y reí bajito, imaginando nuestra vida así, llena de estos momentos intensos.

La noche se estiró, nuestros cuerpos entrelazados, explorando de nuevo con caricias lentas. Sus dedos bajaron a mi entrepierna aún hinchada, masajeando suave, reavivando chispas. "¿Otra ronda, traviesa?", preguntó con ojos brillantes. Asentí, abriendo las piernas, lista para sumergirnos más hondo en este abismo. El placer nos reclamaba otra vez, y yo me entregué, completamente, empoderada en su amor.

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