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Pasión por el Trabajo Ardiente

6710 palabras

Pasión por el Trabajo Ardiente

En la bulliciosa oficina de la agencia publicitaria en Polanco, donde el aroma a café recién molido se mezclaba con el zumbido constante de las computadoras y las risas ahogadas de los creativos, yo, Ana, siempre había sido la reina de la pasión por el trabajo. Me levantaba a las cinco de la mañana, con el corazón latiendo al ritmo de las ideas que no me dejaban dormir. Mi escritorio era mi trono, cubierto de post-its amarillos y bocetos garabateados a mano. Pero ese lunes, todo cambió cuando él entró por la puerta de vidrio esmerilado.

Se llamaba Rodrigo, el nuevo director creativo transferido de Guadalajara. Alto, con esa piel morena que brillaba bajo las luces LED, ojos cafés intensos como el mezcal añejo y una sonrisa que prometía travesuras. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus hombros anchos y un pantalón de vestir que no disimulaba del todo el bulto prometedor en su entrepierna. Órale, qué chingón, pensé mientras lo veía saludar a todos con un "¡Qué onda, carnales!" tan tapatío que me erizó la piel.

Desde el primer día, nuestras miradas se cruzaban como chispas en un taller mecánico. Él revisaba mis campañas con un ojo crítico pero juguetón, inclinándose sobre mi hombro para oler mi perfume de vainilla y jazmín. "Ana, esto está de poca madre, pero imagina si le metemos más fuego", me decía, su aliento cálido rozándome la oreja. Yo sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas, pero reprimía el impulso. Pasión por el trabajo, me recordaba, neta que no era momento de pendejadas.

Las semanas pasaron en un torbellino de deadlines y juntas eternas. Quedábamos hasta tarde, solos en la oficina vacía, con la ciudad de México rugiendo allá abajo como un volcán a punto de estallar. Una noche de tormenta, con la lluvia azotando las ventanas y truenos que hacían vibrar el piso, Rodrigo me llamó a su cubículo. "Ven, güey, necesito tu opinión en esta pieza". Entré, el aire cargado de electricidad estática y algo más... deseo puro.

¿Por qué carajos mi cuerpo reacciona así? Su colonia de sándalo me invade las fosas nasales, y juro que huelo mi propia humedad traicionera.

Me senté a su lado, nuestras rodillas rozándose accidentalmente. O no tan accidental. Hablamos de conceptos, de cómo hacer que una marca ardiera en la mente del consumidor, pero sus dedos rozaban los míos al pasar el mouse. El calor de su muslo contra el mío era insoportable, como una plancha caliente presionando mi falda plisada. "Tú tienes esa pasión por el trabajo que me enciende, Ana", murmuró, su voz ronca como grava bajo las llantas. Lo miré, el pulso acelerado en mi cuello, y respondí: "Simón, pero ¿y si esa pasión se desborda?"

Ahí empezó el escalamiento. Sus labios capturaron los míos en un beso feroz, tongues danzando como en una salsa candente. Sabía a menta y tequila de la botella que guardaba en su cajón. Mis manos exploraron su pecho firme, sintiendo los músculos contraerse bajo la camisa. Él gimió bajito, un sonido gutural que me vibró en el vientre. "Eres una chingona en todo, ¿verdad?", jadeó mientras desabotonaba mi blusa, exponiendo mis tetas enhiestas con pezones duros como piedras de obsidiana.

Lo empujé contra el escritorio, el olor a madera pulida y sudor fresco llenando el aire. Le quité la camisa de un jalón, lamiendo su piel salada desde el cuello hasta el ombligo. Su verga ya asomaba dura como fierro bajo el pantalón, palpitando contra mi palma cuando la apreté. Neta, qué vergón tan chulo, pensé, mientras él me levantaba la falda y metía la mano en mi tanga empapada. Sus dedos gruesos encontraron mi clítoris hinchado, frotándolo en círculos que me hicieron arquear la espalda y soltar un "¡Ay, cabrón!" ahogado.

Pero no era solo físico; había una conexión profunda. Mientras me penetraba con dos dedos, curvándolos justo ahí donde dolía de placer, me confesó: "Pasión por el trabajo como la tuya me hace querer devorarte entera". Yo, perdida en el vaivén de su mano, respondí entre gemidos: "Pues devórame, wey, hazme tuya en este pinche escritorio". La lluvia afuera arreciaba, un telón de fondo perfecto para nuestra sinfonía de jadeos y crujidos de muebles.

Me volteó de espaldas, mi culo en pompa contra su entrepierna. Sentí la punta de su verga rozar mi entrada, caliente y resbalosa por mis jugos. "Dime que sí, Ana", gruñó, su aliento en mi nuca erizándome el vello. "¡Sí, métemela toda, pendejo!", grité, y él obedeció de un solo empellón. Dios, qué llenura. Su grosor me estiraba deliciosamente, cada vena pulsando contra mis paredes internas. El slap-slap de piel contra piel resonaba como aplausos en un palenque, mezclado con mis chillidos y sus rugidos.

Esto es más que follar; es como si nuestras almas colisionaran en cada estocada profunda. Siento su sudor goteando en mi espalda, salado al lamerlo, y mi concha apretándolo como no quiero que pare nunca.

Cambiámos de posición: yo encima, cabalgándolo en su silla giratoria que crujía protestando. Mis tetas rebotaban frente a su cara, y él las chupaba con avidez, mordisqueando pezones hasta que vi estrellas. El olor a sexo crudo nos envolvía, almizcle y vainilla fusionados. Aceleré el ritmo, mis caderas moliendo contra su pubis, su verga golpeando ese punto que me hacía ver borroso. "¡Me vengo, Rodrigo! ¡No pares, hijo de tu...!", y exploté en un orgasmo que me sacudió como terremoto, jugos chorreando por sus bolas.

Él no se quedó atrás. Me levantó, prensándome contra la pared de vidrio, las luces de la Reforma reflejándose en nuestros cuerpos sudorosos. Estocadas brutales, salvajes, su gruñido final anunciando la liberación. Sentí su leche caliente inundarme, chorro tras chorro, mientras yo contraía alrededor de él, ordeñándolo hasta la última gota. Colapsamos en el piso alfombrado, jadeantes, el corazón tronando al unísono.

En el afterglow, acurrucados bajo su chamarra, el aroma a sexo persistía como un perfume embriagador. "Neta, Ana, tu pasión por el trabajo me conquistó desde el día uno", susurró, besándome la frente. Yo sonreí, trazando círculos en su pecho. "Y la tuya me hizo arder como nunca. Pero mañana, más campañas... y quién sabe qué más".

La oficina ya no era solo un espacio de ideas; era nuestro templo secreto de placer. Salimos de ahí con piernas temblorosas, la lluvia amainando como si el cielo aprobara nuestra unión. En el fondo, sabía que esto era el inicio de algo grande: trabajo y pasión entrelazados para siempre.

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