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Novela Pasion de Gavilanes Capitulo 1 El Fuego Prohibido

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Novela Pasion de Gavilanes Capitulo 1 El Fuego Prohibido

En la vasta hacienda de Los Gavilanes, rodeada de cafetales verdes y el aroma dulce de las flores de jazmín que flotaba en el aire cálido de la tarde, Gabriela Elizondo caminaba con pasos firmes pero el corazón latiéndole como tambor de fiesta. El sol de Sinaloa caía a plomo, haciendo que su blusa de algodón se pegara a su piel morena, delineando las curvas que tanto la enorgullecían. Tenía veintiocho años, soltera por elección propia, harta de los galanes de la ciudad que no sabían lo que era una mujer de verdad. ¿Y ahora este tal Juan Reyes, el capataz nuevo que mi hermano contrató? Wey, se ve como un diablo tentador, pensó mientras lo divisaba a lo lejos, reparando una cerca con esos brazos fuertes, tatuados por el sol y el trabajo.

La hacienda era su reino, heredada de su familia, un lugar de lujo rústico con caballos pura sangre y fiestas que duraban hasta el amanecer. Gabriela siempre había sido la rebelde de las tres hermanas: Norma la correcta, Jimena la soñadora, y ella, la que no se andaba con rodeos. Ese día, el aire traía olor a tierra húmeda después de la lluvia matutina, y un cosquilleo en el estómago le decía que algo grande estaba por pasar. Juan levantó la vista, sus ojos negros como el petróleo la atraparon. Sonrió con dientes blancos y perfectos, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. "Buenas tardes, mamacita. ¿En qué le ayudo?" dijo con voz grave, ronca por el esfuerzo, que le erizó la piel.

—Nada, carnal, solo pasaba a ver cómo va el trabajo —respondió ella, acercándose con caderas balanceantes, sintiendo el roce de sus jeans contra los muslos. El olor a hombre sudado, a cuero y a tierra la invadió, haciendo que su boca se secara. Él se enderezó, alto como un roble, con camisa abierta que dejaba ver el pecho velludo y brillante. Pinche hombre, pareces sacado de una novela de esas pasionales, se dijo Gabriela, recordando esa novela Pasion de Gavilanes Capitulo 1 que había visto de morrilla, con amores intensos y venganzas calientes.

La tensión creció como tormenta en el horizonte. Hablaron de tonterías: el clima, los caballos, la próxima fiesta en la hacienda. Pero sus miradas se cruzaban como chispas, y cada roce accidental —su mano en su brazo al mostrarle una herramienta, el aliento cálido en su oreja— hacía que el pulso de Gabriela se acelerara.

¿Qué me pasa con este pendejo? Me moja nomás de verlo. Órale, Gabriela, contrólate, pero no quiero.
Al atardecer, lo invitó a la casa principal con pretexto de un trago de agua fresca. La cocina olía a tortillas recién hechas y chile, pero el calor entre ellos era otro.

Entraron solos, el resto de la familia en la ciudad. Juan bebió de la jarra, el agua goteando por su barbilla hasta el cuello, y Gabriela no pudo evitar lamerse los labios. "¿Segura que no necesita algo más, jefa?" preguntó él, con doble sentido que la hizo reír. Se acercó, su cuerpo emanando calor, y ella sintió el bulto en sus pantalones rozar su cadera. Sí, lo necesito todo. Lo jaló de la camisa, besándolo con hambre de loba. Sus labios eran salados, ásperos por el trabajo, y su lengua invadió su boca como conquistador, saboreando a tequila y deseo puro.

Las manos de Juan subieron por su espalda, desabotonando la blusa con dedos expertas. Ella jadeó cuando el aire fresco besó sus pechos libres, los pezones endureciéndose como piedras preciosas. "Eres una diosa, Gabriela. Te comería entera", murmuró contra su piel, mordisqueando su cuello mientras sus palmas amasaban sus nalgas firmes. El sonido de sus respiraciones agitadas llenaba la cocina, mezclado con el crepitar lejano de la leña en la chimenea. Ella lo empujó contra la mesa de madera, desabrochando su cinturón con urgencia, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. Madre santa, qué chulada. Más grande que en mis sueños más calientes.

Se arrodilló, el piso fresco contra sus rodillas, y lo tomó en la boca, saboreando la sal de su piel, el sabor almizclado que la volvía loca. Juan gruñó, enredando dedos en su cabello negro largo, guiándola con gentileza pero firmeza. "Así, ricura, chúpamela como reina". El olor a sexo empezaba a impregnar el aire, dulce y animal. Ella succionaba, lamiendo la punta, sintiendo cómo se hinchaba más en su garganta. Sus propios jugos corrían por sus muslos, empapando las panties de encaje.

La levantó como pluma, sentándola en la mesa. Le arrancó los jeans, exponiendo su panocha depilada, hinchada de necesidad. "Mírate, toda mojada por mí. ¿Quieres que te coma?" Asintió, abriendo las piernas, y su lengua fue fuego líquido entre sus labios vaginales. Lamía despacio, saboreando su miel dulce y salada, chupando el clítoris hasta que ella gritó, arqueando la espalda. El sonido de su lengua chapoteando, sus gemidos roncos —"¡Ay, Juan, no pares, cabrón!"— era sinfonía erótica. Dedos gruesos entraron en ella, curvándose para tocar ese punto que la hacía ver estrellas, mientras el aroma de su excitación lo embriagaba.

La tensión era insoportable, un volcán a punto de erupción. Esto es mejor que cualquier novela, mi Pasion de Gavilanes cap 1 personal, pensó ella entre jadeos. Lo jaló arriba, guiando su verga a su entrada. Entró de un empujón lento, llenándola por completo, estirándola deliciosamente. "¡Qué chingón te sientes, tan apretadita!" Embestía con ritmo creciente, la mesa crujiendo bajo ellos, piel contra piel chapoteando sudor. Ella clavaba uñas en su espalda, oliendo su axila masculina, probando el sudor de su pecho. Cada thrust tocaba lo más profundo, ondas de placer subiendo por su espina.

El clímax se acercaba como ola gigante. Gabriela sintió el orgasmo nacer en su vientre, explotando en temblores que la sacudían entera, gritando su nombre mientras él la follaba sin piedad. ¡Sí, fóllame, amor, dame todo!. Juan rugió, sus bolas apretándose, y se corrió dentro de ella, chorros calientes inundándola, su semilla mezclándose con sus jugos. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos.

En el afterglow, yacían en el suelo de la cocina, cubiertos solo por una manta tejida. El aire olía a sexo satisfecho, jazmín nocturno colándose por la ventana. Juan la besó suave, trazando círculos en su vientre. "Esto apenas empieza, mi reina. Como en esas novelas de pasión". Ella sonrió, acariciando su rostro barbado. Mi propia novela Pasion de Gavilanes cap 1, pero con final feliz y más capítulos por venir. El corazón de Gabriela latía tranquilo ahora, lleno de promesas. Afuera, las estrellas brillaban sobre la hacienda, testigos de su fuego encendido.

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