La Pasión de Cristo Español Latino
La noche en la colonia Condesa estaba tibia como un abrazo prohibido, con ese aire de CDMX que huele a jazmín mezclado con el humo lejano de unos taquitos asados. Ana se recargó en el sillón de su depa chido, el control remoto en la mano, y dio play a ese DVD pirata que le prestó su compa del trabajo: La Pasión de Cristo español latino. Neta, no sabía por qué lo eligió esa noche, pero algo en el título le hacía cosquillas en el estómago, como si prometiera más que espinas y clavos.
La pantalla se iluminó con Jim Caviezel sudando sangre, el audio en ese español latino neutro que sonaba tan crudo, tan pasional. Ana sintió un escalofrío.
¿Por qué me prende tanto esto? Es sufrimiento, wey, pero esa entrega total... ay, Diosito.Se mordió el labio, las piernas cruzadas sobre el ottomán, el short de pijama subiéndose un poco por sus muslos morenos. El sonido de los latigazos resonaba en el cuarto, y ella imaginaba el ardor en su propia piel.
De repente, un golpe en la puerta. ¡Órale! ¿Quién vergas a las once de la noche? Ana pausó la película y se asomó por la mirilla. Era él, Cristo, el vecino del depa de al lado. Alto, moreno, con esa barba recortada y ojos negros que te miraban como si ya te hubieran desnudado. Hablaba con acento chilango puro, pero su nombre... Cristo. Neta, desde que se mudó hace un mes, cada saludo en el elevador era una chispa. "Buenas noches, reina", le decía siempre, con sonrisa pícara.
—Pásale, Cristo —dijo ella abriendo la puerta, el corazón latiéndole como tambor de banda—. ¿Qué onda? ¿Se te fue la luz o qué?
Él entró con una botella de mezcal en la mano, oliendo a colonia cara y a hombre recién duchado. —Nah, mamacita, oí el audio de la peli y pensé que estabas sola. La Pasión de Cristo español latino, ¿verdad? Esa me encanta, es bien intensa. ¿Me dejas ver contigo? Traje de esto pa' acompañar.
Ana se rio, nerviosa, sintiendo el calor subirle por el cuello.
¿Coincidencia o qué? Ese título en sus labios suena... sucio.Se sentaron pegaditos en el sillón, el mezcal quemando la garganta como fuego lento. La película siguió, los gemidos de dolor de Cristo en la cruz llenando el aire. Ella lo miró de reojo: sus brazos fuertes cruzados, el pecho subiendo y bajando. Olía a él, a piel salada y deseo contenido.
—Mira cómo sufre por amor —murmuró él, su voz ronca rozándole la oreja—. Esa pasión total, entregarse sin chistar. ¿Tú crees en eso, Ana?
Ella tragó saliva, el mezcal haciendo su magia. —Sí... pero neta, me pone intensa. Ese sudor, esa entrega. —Sus rodillas se tocaron, y no se apartaron. El aire se espesó, cargado de electricidad.
La tensión creció como tormenta en el Popo. En la pantalla, los romanos azotaban al Cristo bíblico, y Ana sintió un tirón entre las piernas. Cristo —el de al lado— puso su mano en su muslo, suave al principio, como preguntando permiso. Ella no se movió.
¡No mames, esto está pasando! Su palma quema, áspera pero tierna.Él giró la cara, ojos clavados en los suyos. —Ana, desde que te vi, siento esta pasión. Como si fueras mi cruz, mi todo.
Se besaron entonces, lento al inicio, labios probándose como frutas maduras. Sabían a mezcal y a antojo reprimido. Las lenguas danzaron, húmedas y urgentes, mientras sus manos exploraban. Él le acarició la nuca, enredando dedos en su cabello negro largo; ella le arañó el pecho por encima de la playera, sintiendo los músculos duros bajo la tela. El sonido de la película seguía de fondo, gemidos mezclándose con sus respiraciones jadeantes.
Se levantaron sin decir palabra, tropezando hacia la recámara. El cuarto olía a su perfume y al calor de sus cuerpos. Cristo la tumbó en la cama king size, suave como nubes, y se quitó la playera de un jalón. ¡Chingón! Su torso era un mapa de pecados: tatuajes tribales bajando por los abs marcados, sudor brillando bajo la luz tenue de la lámpara. Ana lo jaló hacia ella, besándole el cuello, saboreando la sal de su piel. —Cristo, me traes loca —susurró, voz temblorosa de pura neta.
Él sonrió, juguetón. —Llámame así, reina. Hoy soy tu pasión. —Le bajó el short despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus labios eran fuego en los muslos internos, el aliento caliente rozando su panocha ya empapada. Ana arqueó la espalda, gimiendo bajito.
¡Ay, wey, su lengua va a matarme! Siento el pulso ahí, latiendo como loco.Él la lamió suave, círculos en el clítoris hinchado, chupando con hambre contenida. Ella se retorcía, uñas clavadas en las sábanas frescas, el olor almizclado de su arousal llenando el cuarto.
La intensidad subió. Cristo se quitó el pantalón, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando de ganas. Ana la tomó en la mano, piel aterciopelada sobre acero, y la masturbó lento, viendo cómo él cerraba los ojos y gruñía. —Qué rica la traes, pendejita —dijo él, voz grave como trueno—. Pero quiero sentirte adentro.
Se puso condón rápido, siempre responsable, y ella lo guió. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. ¡Órale, qué llena me siento! El roce era eléctrico, piel contra piel resbalosa de jugos. Empezaron a moverse, ritmo lento al principio, caderas chocando con palmadas suaves. Sus pechos rebotaban libres, él los mamaba, succionando pezones duros como piedras, mordisqueando lo justo para que doliera rico.
El sudor les chorreaba, mezclando olores: a sexo crudo, a mezcal en la piel, a pasión desatada. Ana le clavaba las uñas en la espalda, dejando surcos rojos como latigazos.
Esto es mi cruz, mi cielo. Lo amo, lo quiero todo de él.Aceleraron, la cama crujiendo como barco en tormenta, gemidos altos ahora, sin vergüenza. Él la volteó a cuatro patas, agarrándole las nalgas firmes, embistiéndola profundo. El slap-slap de carne contra carne era música obscena, su verga golpeando el fondo, rozando ese punto que la hacía ver estrellas.
—¡Más fuerte, Cristo! ¡Dame tu pasión! —gritó ella, perdida en el vértigo.
Él obedeció, una mano en su clítoris frotando furioso, la otra jalándole el pelo suave. El orgasmo la alcanzó como avalancha: ondas de placer explotando desde el vientre, piernas temblando, un grito ronco saliendo de su garganta. Él la siguió segundos después, gruñendo su nombre, cuerpo convulsionando mientras se vaciaba dentro del látex.
Cayeron exhaustos, enredados en sábanas húmedas, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco. Cristo la besó la frente, tierno ahora. —Eres increíble, Ana. Esa pasión tuya... ni la peli se compara.
Ella rio bajito, acurrucándose en su pecho, oyendo el latido fuerte de su corazón.
Neta, esto fue más que sexo. Fue entrega, como en la película, pero nuestro, puro y chingón.Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero en ese depa, el mundo era solo ellos, con el eco de La Pasión de Cristo español latino todavía flotando en el aire como promesa de más noches así.
Se durmieron pegados, pieles pegajosas enfriándose, soñando con cruces de placer infinito.