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Carmen Aub Pasion Prohibida

7251 palabras

Carmen Aub Pasion Prohibida

La noche en Polanco vibra con el bullicio de la élite mexicana, luces neón reflejándose en los ventanales de cristal del hotel más chido de la ciudad. Tú, Marco, un empresario de treinta y tantos, con el traje Armani ajustado a tu cuerpo atlético, tomas un trago de tequila reposado mientras escaneas la sala. El aroma a cigarros cubanos y perfumes caros flota en el aire, mezclado con el ritmo suave de un mariachi moderno que toca en vivo. Entonces la ves: Carmen Aub, la diosa del cine mexicano, con un vestido rojo ceñido que abraza sus curvas como una promesa pecaminosa. Sus ojos oscuros te atrapan desde el otro lado de la barra, y sientes un cosquilleo en la nuca, como si el destino acabara de guiñarte el ojo.

Te acercas, el corazón latiéndote fuerte bajo la camisa de seda. "Qué onda, Carmen", dices con esa sonrisa pícara que siempre te saca de apuros. Ella gira, su melena negra cayendo en ondas perfectas, y te regala una mirada que quema. "Órale, Marco, no te había visto por aquí. ¿Vienes a cazar trofeos o qué?" Su voz es ronca, con ese acento chilango que hace que cada palabra suene como una caricia. Charlan de todo y nada: de su última peli, de los pendejos de la farándula, del marido que la tiene de adorno en eventos como este. Él está allá, platicando negocios con unos cuates, ajeno a la electricidad que chispea entre ustedes. Sientes su perfume, jazmín y vainilla, invadiendo tus sentidos, y cuando roza tu brazo al reír, tu piel arde.

Esta mujer es fuego puro, wey. Su marido es intocable, pero neta, esa pasión prohibida que veo en sus ojos me está volviendo loco. ¿Me atrevo?

El deseo crece como una ola en el Pacífico. Bailan un lento, sus caderas pegadas al ritmo de la música, el calor de su cuerpo filtrándose a través de la tela fina. Sientes sus pechos rozando tu torso, su aliento cálido en tu cuello. "Marco, esto es una locura", murmura ella, pero no se aparta. Al contrario, su mano baja por tu espalda, deteniéndose juguetona en tu cintura. El marido pasa cerca, y ella se tensa un segundo, pero luego te aprieta más fuerte, como desafiando al mundo. "Ven conmigo al balcón", susurra, y tú la sigues, el pulso acelerado, el sabor salado del sudor en tus labios.

Afuera, la brisa nocturna de la Ciudad de México acaricia sus rostros, trayendo olores a tacos de la calle y escape de autos lujosos. Se besan por primera vez, un beso hambriento, sus lenguas danzando con urgencia. Sabes a tequila en su boca, dulce y ardiente, mientras sus uñas se clavan suavemente en tu nuca. "He soñado con esto desde que te vi en esa entrevista", confiesas, y ella ríe bajito. "Carmen Aub y su pasión prohibida, ¿eh? Como en esa novela que leí de chava". Sus palabras encienden algo primal en ti. Las manos exploran: las tuyas en sus muslos firmes bajo el vestido, las de ella desabotonando tu camisa, rozando tu pecho velludo.

El conflicto interno te azota mientras bajan al estacionamiento en el elevador privado. Es casada, carnal. Pero ella quiere esto tanto como tú. Neta, se siente tan bien. Ella te empuja contra la pared del elevador, mordisqueando tu labio inferior, su mano bajando audaz hasta tu entrepierna. Sientes tu verga endureciéndose al instante bajo su palma experta. "Estás listo para mí, ¿verdad?", dice con ojos brillantes de lujuria. Llegan a tu auto, un BMW negro reluciente, y arrancan hacia tu penthouse en Lomas. El camino es tortura deliciosa: ella con la mano en tu muslo, masajeando cada vez más arriba, mientras la ciudad pasa en un borrón de luces.

En el penthouse, las vistas panorámicas de la urbe iluminada son el fondo perfecto. Cierran la puerta y se devoran. Le quitas el vestido de un tirón, revelando lencería negra que acentúa sus tetas perfectas, pezones duros como piedritas. El olor de su excitación llena el aire, almizclado y embriagador. La cargas hasta la cama king size, sus piernas envolviéndote la cintura. "Chúpame, Marco", ordena, empoderada, guiando tu cabeza entre sus senos. Saboreas su piel salada, suave como terciopelo, lamiendo un pezón mientras ella gime, un sonido gutural que vibra en tu alma. Tus dedos bajan, encontrando su panocha húmeda, resbaladiza de jugos. La tocas despacio al principio, círculos en su clítoris hinchado, sintiendo cómo se contrae bajo tu roce.

Sus gemidos son música, wey. Cada roce me hace querer más, pero voy despacio, construyendo esto como se debe. Ella es dueña de su placer, y yo solo su cómplice perfecto.

La tensión sube como el volcán Popo en erupción. Ella te voltea, ahora encima, desabrochando tu pantalón con dientes. Tu verga salta libre, gruesa y venosa, palpitando por ella. "Qué chingona está", dice admirándola, antes de metérsela a la boca. El calor húmedo de sus labios te envuelve, su lengua girando alrededor del glande, chupando con maestría. Sientes el succionar rítmico, el roce de sus dientes juguetones, y tienes que agarrar las sábanas de satén para no explotar ya. "Para, mamacita, o me vengo", gruñes, y ella levanta la vista, ojos traviesos. "Aún no, pendejo. Quiero sentirte dentro".

Se posiciona a horcajadas, frotando su concha empapada contra tu polla dura. Baja despacio, centímetro a centímetro, gimiendo mientras te llena. El calor apretado de sus paredes vaginales te aprieta como un guante de terciopelo mojado. Empiezan a moverse, ella cabalgándote con furia, tetas rebotando hipnóticas. El slap-slap de piel contra piel resuena en la habitación, mezclado con sus jadeos y tus gruñidos. Sudor perla sus cuerpos, el olor a sexo crudo impregnando todo. Cambian posiciones: tú encima ahora, embistiéndola profundo, sus uñas arañando tu espalda, dejando marcas rojas de pasión.

"Más fuerte, cabrón, dame todo", suplica ella, piernas abiertas en la cama deshecha. Sientes su clítoris frotándose contra tu pubis con cada estocada, sus jugos chorreando por tus bolas. El clímax se acerca, imparable. Ella se arquea primero, gritando "¡Me vengo, Marco, órale!", su coño contrayéndose en espasmos que ordeñan tu verga. Eso te lleva al borde: te corres dentro, chorros calientes llenándola, el placer cegador explotando en olas que te dejan temblando.

Caen exhaustos, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. El afterglow es dulce: besos suaves, caricias perezosas en su cabello húmedo. Huele a ellos, a semen y sudor mezclado con su perfume desvanecido. "Esto fue nuestra pasión prohibida, ¿no?", dice ella riendo bajito, trazando círculos en tu pecho. Tú asientes, besando su frente. "Pero valió cada riesgo, Carmen Aub. Eres fuego que no se apaga".

Se quedan así hasta el amanecer, la ciudad despertando abajo. Ella se viste con lentitud, robándote un último beso ardiente. "No es adiós, wey. Esto apenas empieza". Sale, dejando un vacío cálido en la cama. Tú te recuestas, sonriendo, saboreando el recuerdo de su piel, sus gemidos, esa conexión que trasciende lo prohibido. La pasión de Carmen Aub te ha marcado para siempre, un secreto ardiente en tu alma mexicana.

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