Novela de Pasión Prohibida Final
El aire de la suite en Polanco olía a sábanas frescas y a ese perfume amaderado que siempre usaba él, Marco, el carnal de mi esposo. Me recargué en la ventana del piso veinte, viendo las luces de la Ciudad de México parpadear como estrellas chuecas. Neta, esto es el colmo, pensé, mientras el pulso me retumbaba en las sienes. Llevábamos meses en esta novela de pasión prohibida, robándonos momentos entre juntas de la oficina y escapadas al DF. Pero esta noche era diferente. El final. Él se iba a Guadalajara por un año, trabajo nuevo, y yo... yo por fin iba a plantarle la cara a Carlos y decirle que se acabaron las mentiras.
La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba Marco, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía las rodillas. Llevaba una camisa negra ajustada que marcaba sus pectorales, y unos jeans que dejaban poco a la imaginación.
¿Por qué carajos tenías que ser el hermano de mi marido, wey?se me cruzó por la mente mientras él cerraba la puerta y se acercaba despacio, como pantera en la selva.
—Ana, mi reina —murmuró, su voz ronca rozándome la piel antes de que me tocara—. ¿Estás lista para despedirnos como se debe?
Asentí, sin palabras, porque el deseo ya me tenía la garganta seca. Me giró con delicadeza, sus manos grandes en mi cintura, y me besó. No un beso cualquiera, no. Fue uno de esos que saben a tequila reposado y promesas rotas, con lengua explorando cada rincón de mi boca, lento al principio, como saboreando un tamal recién hecho. Sentí su aliento cálido, su barba incipiente raspándome la barbilla, y el olor de su sudor fresco mezclándose con mi perfume de jazmín. Mis manos subieron a su nuca, enredándose en su cabello negro ondulado, tirando un poquito para que gimiera en mi boca.
Nos separamos jadeando, ojos clavados. —Esto es como el final de una novela pasión prohibida —le dije, riendo bajito, nerviosa—. Pero con más calor, ¿verdad?
Él soltó una carcajada profunda, vibrando en su pecho. —Mucho más, chula. Vamos a hacer que valga la pena.
Me cargó como si no pesara nada, piernas alrededor de su cintura, y me tiró en la cama king size. Las sábanas de algodón egipcio se arrugaron bajo nosotros, frescas contra mi espalda ardiente. Se quitó la camisa de un jalón, revelando ese torso tatuado con un águila mexicana en el hombro, músculos que olían a jabón y hombre. Yo me incorporé, desabotonando mi blusa de seda roja, dejando que mis chichis saltaran libres, pezones ya duros como piedras de obsidiana.
Marco se arrodilló entre mis piernas, besándome el cuello, lamiendo el hueco de la clavícula. Cada roce de sus labios era fuego líquido, enviando chispas directo a mi entrepierna. Órale, este pendejo sabe cómo hacerme volar, pensé, arqueándome cuando su boca bajó a mis senos. Chupó un pezón con hambre, girando la lengua alrededor, mordisqueando suave hasta que gemí alto, el sonido rebotando en las paredes insonorizadas. Su mano libre se coló bajo mi falda, dedos ásperos subiendo por mis muslos, rozando la tanga ya empapada.
—Estás chorreando, mi amor —gruñó contra mi piel, el aliento caliente haciendo que mi clítoris palpitara—. ¿Todo por mí?
—Sí, cabrón, todo por ti —jadeé, empujando sus hombros para voltearlo.
Ahora yo mandaba. Le bajé el zipper con dientes, liberando su verga gruesa, venosa, ya tiesa como poste de luz. Olía a macho puro, ese aroma almizclado que me volvía loca. La tomé en la mano, piel suave sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su pre-semen. Marco gruñó, puños en las sábanas, caderas subiendo instintivo.
Mierda, qué rico sabe este wey, me dije, chupando más profundo, garganta relajada, saliva resbalando por mis labios.
Pero no lo dejé acabar. Quería más. Me quité la falda y la tanga de un tirón, quedando desnuda, piel morena brillando bajo la luz tenue. Él me miró como si fuera diosa azteca, ojos oscuros devorándome. Me trepé encima, frotando mi panocha mojada contra su verga, lubricándola. El roce era eléctrico, mi humedad mezclándose con la suya, sonidos chapoteantes llenando la habitación. Gemí su nombre, Marco, mientras bajaba despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo estirarme, llenarme hasta el fondo.
¡Ay, Dios! La plenitud era brutal, placer punzante irradiando desde mi centro. Empecé a moverme, cabalgándolo lento al principio, sintiendo cada vena rozar mis paredes internas. Sus manos en mis caderas, guiándome, pulgares presionando la piel suave. El sudor nos unía, resbaloso, olor a sexo crudo invadiendo el aire. Aceleré, chichis rebotando, jadeos sincronizados con el slap-slap de carne contra carne.
—Más rápido, Ana, ¡órale! —rugió, sentándose para mamarme un pezón mientras yo lo montaba como jinete en palenque.
La tensión crecía, espiral apretada en mi vientre. Sus dedos bajaron, frotando mi clítoris en círculos perfectos, resbalosos. Vi estrellas, el skyline de la ciudad borroso por lágrimas de placer. No aguanto, wey, me vengo. Grité, cuerpo convulsionando, paredes apretándolo como puño, jugos chorreando por sus bolas. Él no paró, embistiéndome desde abajo, gruñendo como fiera.
Me volteó sin salir, ahora él encima, piernas mías en sus hombros. Entró profundo, golpeando ese punto que me deshacía. El colchón crujía, cabezas golpeando la cabecera rítmicamente. Sudor goteaba de su frente a mi pecho, salado en mi lengua cuando lo lamí. Sus ojos en los míos, conexión más allá de lo físico, almas enredadas en esta pasión prohibida.
—Te amo, Ana. Aunque sea el final —confesó entre embestidas, voz quebrada.
—Yo más, mi chulo. Siempre —respondí, uñas clavándose en su espalda, dejando surcos rojos.
El clímax nos golpeó juntos. Él se hinchó dentro, caliente, disparando chorros que me llenaron, rebosando. Yo exploté de nuevo, visión blanca, cuerpo temblando incontrolable. Gemidos se fundieron en un grito primal, eco en la noche mexicana.
Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su peso sobre mí era consuelo, verga ablandándose aún dentro, pulso latiendo en sintonía. Besos suaves ahora, lenguas perezosas, piel pegajosa enfriándose. El aroma de nuestro amor llenaba la habitación, mezcla de semen, sudor y esencia floral.
Nos quedamos así un rato, acariciándonos. —Esto no es el fin de todo —murmuró, trazando círculos en mi vientre—. Guadalajara no está tan lejos. Y cuando arregles lo de Carlos...
Sonreí, besándolo la frente.
Sí, esta novela tiene secuela, pero este capítulo fue épico. Salimos de la cama eventualmente, ducha juntos bajo agua caliente que lavó el sudor pero no el recuerdo. Risitas, jabón resbalando por curvas, dedos juguetones. Secos, vestidos, un último beso en la puerta.
—Cuídate, mi pasión prohibida —dijo, guiñando.
—Tú también, Marco. Hasta pronto.
Bajé al lobby, piernas flojas, sonrisa tonta. La ciudad bullía afuera, taxis pitando, vendedores de elotes. Caminé a mi auto, sintiendo su esencia en mí, promesa de más. Esta novela pasión prohibida final no era adiós, era libertad. Y qué chido se sentía.