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Diario de una Pasión en el Lago

6689 palabras

Diario de una Pasión en el Lago

Querido diario, hoy llegué al lago de Pátzcuaro, ese pedazo de paraíso michoacano donde el agua brilla como espejo bajo el sol de la tarde. El aire huele a pino fresco y a tierra mojada, y el sonido de las olas chiquitas lamiendo la orilla me tiene ya con el corazón latiendo fuerte. Vine sola, huyendo del ruido de la ciudad, pero neta, no esperaba encontrarme con él. Se llama Rodrigo, un morro alto, moreno, con ojos que parecen pozos de chocolate y una sonrisa que te derrite las rodillas. Lo vi pescando desde la playa, con su camiseta pegada al pecho por el sudor, y su piel brillando como si el sol lo hubiera besado mil veces.

Me acerqué con una chela en la mano, pretextando que me había sobrado una. "Órale, carnal, ¿me regalas un traguito de tu sombra?", le dije, riéndome para disimular el cosquilleo en el estómago. Él volteó, me miró de arriba abajo con esa cara de pillo, y contestó: "Claro, güey, siéntate aquí conmigo. Pero la sombra es gratis, lo demás... ya veremos". Nos pusimos a platicar de la vida, de cómo el lago este nos llama como un imán, de pasiones que se encienden de la nada. Su voz grave, ronca, me erizaba la piel, y cada vez que se reía, sentía un calor subiendo por mis muslos.

Diario de una pasión lago: así lo titularé esta entrada. Porque aquí, en este rincón del mundo, algo se está armando que no puedo ignorar.

La tarde se estiró como chicle. Caminamos por la orilla, descalzos, el lodo fresco entre los dedos de los pies, el agua salpicando nuestras piernas. Él me tomó la mano para ayudarme a subir una roca, y su palma áspera, callosa de tanto trabajar, me mandó chispas directas al centro del cuerpo. "Eres una chula, ¿sabes? Con esa mirada que promete pecados", murmuró cerca de mi oído, su aliento caliente oliendo a cerveza y a hombre. Yo solo atiné a morderme el labio, sintiendo cómo mis pezones se ponían duros bajo la blusa ligera.

Nos sentamos en una cabaña abandonada al borde del lago, con vista al agua que ahora reflejaba el cielo anaranjado. El sol se ponía, tiñendo todo de fuego, y el aire se llenó de ese olor a jazmín silvestre que crece por aquí. Rodrigo se acercó más, su muslo rozando el mío, y puse mi mano en su rodilla, subiendo despacito. "¿Quieres que pare?", preguntó con la voz temblorosa. "Ni madres, sigue", le contesté, y lo jalé hacia mí para besarlo. Sus labios eran suaves pero firmes, con sabor a sal del lago y a deseo puro. Nuestras lenguas se enredaron, explorando, mientras sus manos me recorrían la espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con fuerza que me sacó un gemido.

Me quitó la blusa con urgencia, pero sin prisa, besando cada centímetro de piel que dejaba al aire. El viento fresco del lago me erizó los brazos, contrastando con el calor de su boca en mi cuello, chupando suave hasta dejarme una marca que mañana me recordará esto. "Estás riquísima, como tamal recién hecho", dijo riendo bajito, y yo le arañé la espalda, sintiendo sus músculos tensos bajo mis uñas. Le bajé los shorts, y su verga saltó libre, dura como piedra, palpitando en mi mano. La piel suave, venosa, caliente, y el olor almizclado de su excitación me mareó. La acaricié despacio, oyendo sus jadeos roncos mezclados con el chapoteo del agua cercana.

En este diario de una pasión lago, confieso que nunca sentí tanto fuego. Su toque me quema, me hace suya sin palabras.

Se recostó en la arena tibia, tirando de mí para que me sentara a horcajadas. El sol ya se había escondido, dejando la luna como testigo plateado sobre el lago. Le monté despacio, sintiendo cómo la punta de su verga rozaba mi entrada húmeda, resbalosa de ganas. Bajé centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme, estirándome deliciosamente. "Así, mami, muévete para mí", gruñó, agarrándome las caderas con fuerza, guiándome en un ritmo que empezó lento, como olas suaves. El sonido de nuestros cuerpos chocando, piel contra piel, húmeda y rítmica, se mezclaba con los grillos y el viento en los árboles.

Aceleramos. Yo rebotaba más fuerte, mis tetas saltando, y él se incorporó para mamarme un pezón, lamiéndolo con la lengua áspera, mordisqueando justo lo que necesitaba para arquear la espalda. El olor a sexo flotaba pesado, sudor nuestro mezclándose con el aroma terroso del lago. Sentía su verga golpeando profundo, rozando ese punto que me hace ver estrellas, y mis paredes se contraían alrededor de él, ordeñándolo. "Me vengo, Rodrigo, no pares", grité, y el orgasmo me golpeó como ola gigante, temblores desde el clítoris hasta la nuca, jugos chorreando por sus bolas.

Él no se vino aún. Me volteó boca abajo, con la arena pegándose a mis rodillas, y entró de nuevo por atrás, más duro, más salvaje. Sus manos en mi pelo, jalando suave para arquearme, y palmadas en mis nalgas que resonaban como truenos chiquitos. "Eres mi puta del lago, tan chingona", jadeó, y yo empujé hacia atrás, queriendo más, sintiendo cada vena de su verga frotando adentro. El lago parecía susurrar con nosotros, el agua lamiendo la orilla al ritmo de sus embestidas. Finalmente, rugió mi nombre, hundiéndose hasta el fondo mientras se vaciaba, chorros calientes inundándome, su cuerpo temblando contra el mío.

Caímos exhaustos, jadeando, con el sudor enfriándose al aire de la noche. Me abrazó fuerte, besándome la frente, y el lago nos mecía con su calma. Olía a nosotros, a sexo satisfecho, a promesas. "Vuelve mañana, ¿va?", murmuró. "Ni lo dudes, pendejo", le contesté riendo, sintiendo su semen escapando lento por mis muslos.

Diario de una pasión lago: esta noche cambió todo. El agua guarda nuestros secretos, y mi piel aún vibra con su toque. Mañana, más.

Ahora estoy de vuelta en mi cuarto, con el cuerpo adolorido pero feliz, el sabor de él todavía en la boca. El lago me llama de nuevo, como si supiera que esta pasión apenas empieza. Mañana iré, y dejaré que el agua nos bañe mientras nos perdemos otra vez. Porque aquí, en este rincón de Michoacán, encontré no solo un hombre, sino un fuego que no se apaga. El viento trae ecos de sus gemidos, y mi corazón late al ritmo de las olas. Neta, diario, esto es lo que necesitaba: pasión pura, sin cadenas, solo cuerpos y almas enredadas bajo la luna.

Me duermo oliendo a él, soñando con el lago que nos vio nacer esta locura. Hasta la próxima entrada, donde contaré cómo el sol nos pilló de nuevo, sudorosos y sin vergüenza.

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