Abismo de Pasion Capitulo 39 La Caida en el Extasis
El calor de la noche mexicana envolvía la terraza de mi penthouse en Polanco como un manto ardiente. Las luces de la ciudad parpadeaban allá abajo, un mar de estrellas artificiales que no competían con el fuego que ardía en mi pecho. Yo, Elisa, había esperado demasiado tiempo por este momento. Después de semanas de mensajes robados y llamadas a medianoche, Damian por fin venía. Mi piel cosquilleaba con anticipación, el aroma de mi perfume de jazmín mezclado con el sudor sutil de la excitación que ya me humedecía entre las piernas.
¿Cuánto más puedo aguantar sin tocarlo? pensé, mientras me pasaba las manos por los senos, sintiendo los pezones endurecerse bajo la seda del camisón negro que había elegido para él. Era abismo de pasion capitulo 39 en nuestra historia, el capítulo donde ya no había vuelta atrás. Las telenovelas de mi infancia me habían preparado para dramas así, pero esto era real, carnal, nuestro.
La puerta se abrió con un clic suave, y ahí estaba él. Damian, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que me derretía. Vestía una camisa blanca desabotonada hasta el pecho, revelando el vello oscuro que tanto me gustaba lamer. "Mi reina", murmuró con esa voz ronca que vibraba en mis huesos. "Te extrañé tanto, carajo". Sus ojos, negros como el obsidiana, me devoraban mientras se acercaba.
Me lancé a sus brazos, mis labios chocando contra los suyos en un beso hambriento. Sabía a tequila y a él, ese sabor salado y masculino que me volvía loca. Sus manos grandes me apretaron la cintura, bajando hasta mis nalgas, amasándolas con fuerza. "Estás mojada ya, ¿verdad, mi amor?" susurró contra mi boca, y yo gemí, asintiendo. El roce de su barba incipiente en mi cuello enviaba chispas por mi espina dorsal.
Lo arrastré adentro, cerrando la puerta con el pie. La ciudad rugía lejana, pero aquí solo existíamos nosotros. Nos besamos caminando hacia el sofá de cuero, donde caímos enredados. Sus dedos se colaron bajo mi camisón, rozando mis muslos internos, y yo arqueé la espalda, sintiendo el calor de su palma contra mi piel febril. "Despacio, Damian, déjame saborearte", le pedí, mi voz entrecortada.
"Esto es nuestro abismo, Elisa. Capítulo treinta y nueve, y cada vez caemos más hondo", dijo él, riendo bajito mientras me quitaba el camisón.
Sus palabras me encendieron más. Desnuda ante él, mi cuerpo expuesto al aire fresco de la noche, sentí su mirada como una caricia. Mis pechos subían y bajaban con cada respiración agitada, los pezones duros pidiendo atención. Él se arrodilló, besando mi ombligo, bajando despacio, su aliento caliente en mi monte de Venus. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que lo enloquecía.
Acto primero de nuestra noche: la tentación. Lo empujé contra el sofá, desabotonando su camisa con dedos temblorosos. Su pecho era firme, musculoso de tanto gym en el club. Lamí sus pezones, mordisqueándolos suave, oyendo sus gruñidos guturales. "¡Qué chingona eres, Elisa!" exclamó, y yo sonreí contra su piel, bajando la cremallera de sus jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. La tomé en mi mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo mi palma.
"Te la mamo hasta que ruegues", le dije juguetona, usando ese slang mexicano que nos ponía calientes. Mi lengua trazó la vena principal, saboreando el precum salado. Él enredó sus dedos en mi cabello, guiándome sin forzar, gimiendo mi nombre. El sonido de su placer, ronco y animal, me hacía apretar los muslos. Chupé más profundo, mi boca llena de él, la saliva resbalando, el olor a sexo impregnando el aire.
Pero no quería que terminara tan pronto. Me subí a horcajadas sobre él, frotando mi concha húmeda contra su verga dura. "Siente lo que me haces, cabrón", jadeé, moviéndome lento, torturándonos a los dos. Sus manos en mis caderas, guiando el ritmo, el cuero del sofá crujiendo bajo nosotros. Nuestros ojos se clavaron, y ahí vi el amor, el deseo puro, el abismo al que nos lanzábamos voluntariamente.
La tensión crecía como una tormenta en el desierto sonorense. Lo besé de nuevo, saboreando sus labios hinchados, mientras sus dedos encontraban mi clítoris, frotándolo en círculos perfectos. Gemí alto, el placer eléctrico subiendo por mis piernas. "¡Ay, Dios, sí! No pares, mi rey". Él sonrió, ese pendejo encantador, y metió dos dedos dentro de mí, curvándolos justo en ese punto que me volvía loca. El sonido húmedo de mis jugos, chapoteando, era obsceno y delicioso.
Acto segundo: la escalada. Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a la cama king size con sábanas de algodón egipcio. El colchón nos recibió suave, y él se cernió sobre mí, besando cada centímetro de mi cuerpo. Sus labios en mis senos, succionando fuerte, dejando marcas rojas que mañana me recordarían esta noche. Bajó más, separando mis piernas con ternura. "Qué rica estás, toda abierta para mí", murmuró antes de lamer mi clítoris.
Su lengua era mágica, plana y luego puntiaguda, chupando, mordisqueando suave. Yo me retorcía, las uñas clavadas en su espalda, oliendo su sudor mezclado con mi esencia. Esto es el paraíso, no el abismo, pensé, pero sabía que era ambos: placer y adicción. Mis caderas se alzaban solas, follándole la cara, y él lo tomaba todo, bebiendo mis jugos como néctar.
"Te quiero dentro, ya", supliqué, mi voz ronca de necesidad. Se posicionó, la punta de su verga rozando mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome por completo. "¡Carajo, qué apretadita!" gruñó él, quedándose quieto para que me acostumbrara. Yo envolví mis piernas alrededor de su cintura, clavándole los talones.
Empezamos a movernos, lento al principio, sintiendo la fricción ardiente. El slap-slap de piel contra piel, nuestros gemidos mezclándose con el zumbido del aire acondicionado. Aceleramos, él embistiendo profundo, yo respondiendo con empujones salvajes. Sudor resbalaba por su espalda, y yo lo lamí, salado y adictivo. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona, mis tetas rebotando, sus manos apretándolas. "¡Muévete así, mi vida! ¡Qué rico!"
La intensidad psicológica nos golpeaba. "Te amo, Elisa. Eres mi todo", confesó entre jadeos, y yo respondí con lágrimas de emoción mezcladas con placer. Habíamos pasado por celos, distancias, pero esto nos unía más. El clímax se acercaba, mi vientre contrayéndose, el orgasmo construyéndose como una ola gigante.
Acto tercero: la liberación. Lo volteé a cuatro patas, él detrás, follándome duro, una mano en mi clítoris, la otra jalándome el pelo suave. "¡Ven, córrete conmigo!" rugió. El mundo explotó. Mi concha se apretó alrededor de su verga, oleadas de placer sacudiéndome, gritando su nombre mientras venia una y otra vez. Él se hundió profundo, gruñendo, llenándome con su leche caliente, pulsos interminables.
Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su semen goteaba de mí, cálido y pegajoso, mezclándose con mis jugos en las sábanas. Lo besé suave, oliendo nuestro sexo en el aire, sintiendo su corazón latiendo contra el mío. "Capítulo 39 completado, amor. ¿Listo para el 40?" bromeé, y él rio, abrazándome fuerte.
En el afterglow, reflexioné. Este abismo de pasión no era destrucción, sino vida. Nos había llevado a lo más profundo de nosotros mismos, empoderándonos en el deseo mutuo. Mañana el mundo seguiría, con sus dramas y rutinas, pero esta noche éramos invencibles, unidos en el éxtasis eterno.