Diario de una Pasión Ana y Javier
Querido diario, hoy empiezo este diario de una pasión nombre de los personajes principal: Ana, esa morra de veintiocho tacos que soy yo, con mi curvas prietas y mi pelo negro azabache que me cae hasta la cintura, y Javier, el pendejo guapo de treinta que me tiene loca. Vivo en un depa chido en la Condesa, con vista al parque, y él justo enfrente. Todo empezó en el gym del edificio, hace dos semanas. Lo vi levantando pesas, sudado, con esa camiseta pegada al pecho marcado, oliendo a hombre de verdad, a sudor fresco mezclado con su colonia terrosa. Órale, pensé, neta que está bien bueno. Me miró con esos ojos cafés intensos y una sonrisa que me erizó la piel. ¿Coincidencia o destino? Le guiñé el ojo y seguí con mis sentadillas, sintiendo cómo mis nalgas se tensaban bajo los leggings ajustados.
Al día siguiente, en el elevador, nos topamos. El aire se cargó de electricidad, como antes de una tormenta en el DF. "Hola, vecina", dijo con voz grave, ronca, que me vibró hasta el ombligo. "Ana", respondí, mordiéndome el labio sin querer. Sus manos rozaron las mías al entrar, un toque fugaz pero ardiente, como fuego en las yemas. Olía a café recién molido y a esa esencia masculina que me moja las panties. Hablamos pendejadas del gym, pero sus ojos bajaban a mis chichis, que se marcaban bajo la blusa holgada. Sentí un cosquilleo en el estómago, un calor subiendo por mis muslos. Esa noche, en mi cama king size con sábanas de algodón egipcio, me toqué pensando en él. Mis dedos resbalaban en mi humedad, imaginando su verga dura empujando dentro de mí. ¡Qué rico sería!
Entrada del 15 de mayo: Javier me invitó a un café en la terraza del edificio. Neta, el sol pegaba fuerte, pero su mirada era más caliente. Llevaba shorts que dejaban ver sus piernas fuertes, velludas justo lo necesario. Tomamos lattes con canela, platicando de la vida: él diseña apps, yo soy mercadóloga freelance. Reíamos de los chilangos y sus prisas. Su rodilla rozó la mía bajo la mesa, y no la quité. El roce era eléctrico, enviando chispas a mi clítoris. "Eres preciosa, Ana", murmuró, su aliento cálido en mi oreja. Me sonrojé, pero le respondí con un "Tú tampoco estás tan pendejo". Terminamos besándonos ahí mismo, sus labios carnosos devorando los míos, lengua danzando con sabor a café y deseo. Sus manos en mi cintura, apretando suave, prometiendo más.
El beso fue el detonante. Esa misma tarde, en su depa, la tensión explotó. Entramos riendo, nerviosos, pero cachondos hasta la madre. La puerta se cerró con un clic que sonó como liberación. Me empujó contra la pared, besándome con hambre, su barba raspando mi piel suave como lija deliciosa. Olía a su jabón de sándalo, mezclado con el aroma de su excitación, ese musk animal que me enloquece. "Te quiero, Ana", gruñó, mientras sus manos subían por mi blusa, acariciando mis tetas por encima del brasier. Gemí, arqueándome contra él. Sentí su verga tiesa presionando mi vientre, gruesa, palpitante. ¡Madre mía, qué pedazo de pito!
Lo jalé al sofá de piel negra, suave bajo mis nalgas desnudas cuando me quité los shorts. Él se arrodilló, besando mi cuello, bajando a mis pezones rosados que endurecían al aire fresco del AC. Los chupó con succión perfecta, lengua girando, dientes mordisqueando suave. Un jadeo se me escapó, alto, ronco. "¡Sí, Javier, así!" Mis manos enredadas en su pelo corto, oscuro, oliendo a shampoo de hierbas. Bajó más, lamiendo mi ombligo, hasta llegar a mi panocha depilada, húmeda, hinchada de ganas. Su aliento caliente me erizó los vellos púbicos que quedaron. "Estás chingona mojada", dijo con voz juguetona, metiendo un dedo grueso dentro de mí. Deslicé como mantequilla, mis jugos cubriéndolo. Gemí fuerte, el sonido rebotando en las paredes minimalistas de su sala.
Me comió como experto: lengua plana lamiendo mi clítoris, chupando con labios suaves, dos dedos curvándose adentro tocando ese punto que me hace ver estrellas. El sabor salado-dulce de mi excitación en su boca, lo oí gemir de placer. Mis caderas se movían solas, follándome su cara, el sudor perlando mi frente, goteando entre mis chichis. "¡No pares, cabrón!", grité, agarrando sus orejas. El orgasmo vino como avalancha: temblores en piernas, pulso acelerado en mi yoni, chorros de placer salpicando su barbilla. Él lamió todo, sonriendo pillo. Empoderada y satisfecha, pero queriendo más.
Entrada del 16 de mayo: Anoche no dormí pensando en su verga. Hoy, en su cama, lo vi desnudo por primera vez. Pito moreno, venoso, cabeza roja brillante de precum. Lo tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo como corazón salvaje. Olía a hombre puro, a testosterona. Me lo metí a la boca despacio, saboreando el precum salado, lengua girando en la uretra. Él jadeaba, "¡Qué mamada tan rica, Ana!", caderas empujando suave. Lo tragué hasta la garganta, babeando, mis tetas rebotando. Luego, me monté encima, guiando su verga a mi entrada resbalosa. Entró de un jalón, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Dolor-placer puro.
Cabalgaba como reina, mis nalgas chocando contra sus muslos peludos, clap-clap-clap resonando como tambores aztecas. Sus manos amasaban mis chichis, pellizcando pezones. Sudor nos unía, piel resbalosa, olor a sexo inconfundible: almizcle, jugos, sudor. "¡Fóllame más duro!", pedí, y él obedeció, embistiéndome desde abajo, verga golpeando mi cervix con precisión. Sentía cada vena rozando mis paredes internas, mi clítoris frotándose en su pubis. El build-up fue gradual: jadeos sincronizados, besos salivosos, miradas clavadas. Mi segundo orgasmo explotó, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo. "¡Me vengo, Javier!" Él gruñó, "¡Yo también, nena!", y se corrió dentro, chorros calientes bañando mis entrañas, semen espeso goteando por mis muslos.
Colapsamos, entrelazados, piel pegajosa enfriándose al viento del ventilador. Su corazón latía contra mi oreja, rápido al inicio, calmándose. Besos tiernos en la frente, caricias perezosas en la espalda. "Eres increíble, Ana", susurró, voz ronca post-sexo. Yo sonreí, oliendo nuestro amor en las sábanas revueltas. Esto es pasión de verdad, no pendejadas de una noche. Hablamos horas, de sueños, miedos: él quiere viajar a Oaxaca, yo expandir mi negocio. Nos sentimos conectados, no solo carnalmente.
Ahora, en mi depa, escribo esto con el cuerpo aún zumbando. Javier duerme a mi lado, ronquidos suaves como arrullo. Mañana más, prometió. Esta pasión con Javier me ha despertado, me hace sentir viva, poderosa. Mi piel huele a él, a nosotros. El sabor de su semen aún en mi lengua, fantasma delicioso. ¿Será amor? Neta, no sé, pero qué chido es este fuego. Seguiré escribiendo este diario, capturando cada roce, cada gemido, cada mirada que quema.
Fin de la primera semana: Lo que empezó en el gym es un huracán. Javier y yo, nombres grabados en esta pasión que no para. Gracias, diario, por ser testigo.
Y así, con el sol saliendo sobre la ciudad, me acurruco contra su pecho ancho, lista para más rondas. La vida en la Condesa nunca fue tan caliente.