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Pasión Por Mi Trabajo

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Pasión Por Mi Trabajo

La cocina del restaurante El Sazón de la Noche en Polanco siempre ha sido mi reino. El aroma del chile guajillo tostándose, el chisporroteo de la carne en el comal y el vapor subiendo de las ollas como suspiros calientes, todo eso me enciende el alma. Neta, mi pasión por mi trabajo es lo que me mantiene vivo. Soy Marco, chef ejecutivo desde hace diez años, y cada platillo que armo es como una caricia que le doy al paladar de quien lo prueba. Pero últimamente, hay algo más que me tiene con el pulso acelerado: Ana, la nueva mesera que llegó hace un mes.

Ana es de Guadalajara, con esa piel morena que brilla bajo las luces tenues del salón, ojos negros como mole poblano y un cuerpo que se mueve con la gracia de una danzarina de mariachi. La primera vez que la vi, estaba probando un taco de carnitas que le pasé por la ventanilla de la cocina. Sus labios rojos se cerraron alrededor del borde, y cuando mordió, un hilito de salsa se le escapó por la comisura. Se lo limpió con la lengua, mirándome fijo. Órale, wey, esta morra me va a matar, pensé, mientras sentía un calor subiendo desde mis huevos hasta el pecho.

—Está chido de sabor, chef —dijo con esa voz ronca tapatía, lamiéndose los dedos—. Tu pasión por tu trabajo se nota en cada bocado.

Yo solo atiné a sonreír, limpiándome las manos en el mandil, porque el trapo no alcanzaba para el sudor que ya me perlaba la frente. Desde ese día, las noches se volvieron un juego de miradas. Ella se asomaba a la cocina pidiendo órdenes, rozándome el brazo "sin querer", y yo le pasaba platillos con los dedos demorándose en los suyos. El ruido de los platos chocando, las risas del salón, el humo picante en el aire... todo se mezclaba con esa tensión que crecía como levadura en masa.

Una noche de viernes, el jale fue pesado. El restaurante lleno hasta reventar, con gringos pidiendo margaritas y locales armando carnita asada en las mesas. Cerramos a la una de la mañana, exhaustos pero contentos. Todos se fueron, menos Ana y yo. Ella se quedó "ayudando a limpiar", pero neta, los dos sabíamos que era pretexto.

¿Será que esta noche pasa algo? Mi pasión por mi trabajo siempre me ha traído lo mejor... ¿y si ahora me trae a ella?

Entré a la cocina para apagar las estufas, y ahí estaba ella, de espaldas, fregando una charola. Su uniforme ajustado marcaba las curvas de su culo redondo, y el delantal atado flojo dejaba ver un pedacito de piel en la cintura. El olor a limón del detergente se mezclaba con su perfume dulzón, como jazmín mezclado con sudor fresco. Me acerqué por detrás, mi pecho casi tocando su espalda.

—Déjame ayudarte, Ana —murmuré, mi aliento rozándole el cuello.

Ella se giró despacio, con los ojos brillando y las mejillas sonrojadas. Nuestras caras quedaron a centímetros. Sentí su respiración caliente en mi piel, oliendo a tequila de la última ronda que sirvió.

—Chef... Marco... ¿sabes? Desde que probé tu comida, no dejo de pensar en cómo cocinas. Esa pasión por tu trabajo... me prende.

Sus palabras fueron como aceite en la sartén. La tomé de la cintura, atrayéndola contra mí. Sus tetas se aplastaron en mi pecho, firmes y suaves a la vez. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas enredándose como chiles en un molcajete. Sabía a sal y a margarita, con un toque picante que me hizo gemir bajito. Mis manos bajaron a su culo, apretándolo fuerte, sintiendo la carne ceder bajo mis dedos.

La cargué hasta la mesa de trabajo, donde horas antes preparaba ceviches. La senté ahí, abriéndole las piernas con las rodillas. El sonido de la tela rasgándose un poco al jalar su blusa fue música para mis oídos. Sus pezones oscuros se erizaron al aire, duros como botones de chile. Me incliné y los chupé, uno por uno, lamiendo el sudor salado de su piel. Ana arqueó la espalda, gimiendo mi nombre.

¡Ay, Marco, qué rico! No pares, wey...

Sus uñas se clavaron en mi nuca, jalándome más cerca. Bajé por su vientre, besando cada centímetro, hasta llegar a su entrepierna. El calor que salía de su calzón ya estaba húmedo, oliendo a mujer en celo, ese aroma almizclado que me volvía loco. Se lo quité de un tirón, y ahí estaba su concha rosada, brillando de jugos. La abrí con los dedos, soplando suave, y ella tembló.

Su sabor... Dios, es mejor que cualquier salsa que haya inventado. Dulce, salada, con ese toque ácido que explota en la lengua.

Metí la lengua adentro, lamiendo despacio al principio, saboreando cada pliegue. Ana se retorcía, sus muslos apretándome la cabeza, gimiendo cada vez más fuerte. El eco de sus jadeos rebotaba en las paredes de acero inoxidable, mezclándose con el goteo del fregadero. Chupé su clítoris, hinchado y sensible, rodeándolo con la lengua mientras metía dos dedos dentro, curvándolos para tocar ese punto que la hizo gritar.

¡Sí, ahí, pendejo! ¡No te atrevas a parar! —gritó, jugándome la cara con sus caderas.

La sentí tensarse, su concha contrayéndose alrededor de mis dedos, y explotó en un orgasmo que la dejó temblando, mojadísima. Me paré, quitándome la ropa a la velocidad de la luz. Mi verga ya estaba dura como plancha, palpitando, con la cabeza morada de ganas. Ana la miró con hambre, extendiendo la mano para acariciarla. Sus dedos frescos en mi piel caliente fueron eléctricos, subiendo y bajando, untándome el líquido preseminal.

—Ven, métemela ya —suplicó, abriendo más las piernas.

Me coloqué en su entrada, frotando la punta en sus labios húmedos. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me apretaba, caliente y resbalosa. Qué chingón, pensé, mientras empujaba hasta el fondo. Empecé a bombear, lento al principio, sintiendo cada roce, el slap-slap de nuestros cuerpos chocando, el sudor chorreando por mi espalda. Ella clavó las uñas en mis hombros, mordiéndome el cuello, dejando marcas que arderían mañana.

Aceleré, follándola fuerte contra la mesa, que crujía bajo nuestro peso. El olor a sexo crudo llenaba la cocina, mezclado con restos de ajo y comino. Sus tetas rebotaban con cada embestida, y yo las amasaba, pellizcando los pezones. Ana gemía sin control, palabras sueltas en tapatío: ¡Cabrón, qué rico! ¡Dame más!

Cambié de posición, volteándola para tomarla por atrás. Su culo perfecto frente a mí, abierto y listo. Entré de nuevo, agarrándola de las caderas, dándole nalgadas suaves que sonaban como palmadas en masa. Ella empujaba hacia atrás, cabalgándome el ritmo, hasta que sentí mis bolas tensarse.

—Me vengo, Ana... —gruñí.

—Adentro, lléname —jadeó ella.

Exploté, chorros calientes llenándola, mientras ella se corría otra vez, ordeñándome hasta la última gota. Nos quedamos pegados, jadeando, el corazón latiéndonos como tambores de banda. Saqué despacio, viendo cómo mi leche se escurría por sus muslos, mezclada con sus jugos.

Nos vestimos entre risas y besos suaves. Limpiamos la mesa, pero con manos que no dejaban de tocarse. Afuera, la noche de la CDMX nos esperaba con sus luces neón y el tráfico lejano.

—Mi pasión por mi trabajo acaba de subir de nivel —le dije, abrazándola en la puerta trasera.

Ella sonrió, picándome el pecho.

—Y la mía por el chef más chingón de Polanco.

Caminamos juntos hacia el metro, con el cuerpo aún zumbando de placer, sabiendo que esto era solo el principio. La cocina me dio más que un sueldo: me dio fuego vivo.

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