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Entrada al Abismo de Pasion

6751 palabras

Entrada al Abismo de Pasion

La noche en la Riviera Maya era un paraíso chingón, con el mar Caribe susurrando secretos al ritmo de las olas que lamían la arena blanca. Tú, con ese vestido ligero que se pegaba a tu piel por la brisa salada, caminabas por la fiesta en la villa privada de un amigo. Luces de colores bailaban sobre cuerpos sudorosos, reggaetón retumbando en el aire cargado de ron y perfume caro. Hacía calor, un calor que te hacía sentir viva, como si tu cuerpo pidiera a gritos algo más que una cerveza fría.

Ahí lo viste. Diego, con su camisa blanca desabotonada dejando ver el pecho moreno y tatuado, ojos negros que te clavaron como dardos. ¿Qué pedo con este vato? pensaste, mientras tu pulso se aceleraba. Él se acercó, sonrisa pícara, oliendo a colonia fresca mezclada con el salitre del mar. "Qué chida fiesta, ¿no? Pero tú eres lo más padre que he visto esta noche", te dijo con esa voz grave que vibraba en tu pecho. Su mano rozó tu brazo al pasarte un trago, un toque eléctrico que te erizó la piel. Conversaron de tonterías: el pinche tráfico de Cancún, lo cabrón que estaba el sol de día, pero sus miradas decían otra cosa. Deseo puro, crudo, como un hambre que no se sacia con palabras.

Este wey me va a volver loca, neta. Siento su calor tan cerca que ya imagino sus manos en mí.

La tensión crecía con cada risa compartida, cada roce accidental. Él te invitó a caminar por la playa, alejados del ruido. La arena tibia bajo tus pies descalzos, el sonido de las olas rompiendo como un latido acelerado. El aire olía a yodo y a él, ese aroma masculino que te hacía mojar las bragas sin remedio. Se detuvieron en una caleta privada, donde una escalera de piedra bajaba a un cenote oculto, un abismo natural de agua turquesa rodeado de rocas musgosas. "Ven, te enseño algo especial", murmuró, tomándote de la mano. Su palma áspera contra la tuya era fuego puro.

Acto dos: la escalada. Bajaron juntos, el eco de sus pasos rebotando en las paredes húmedas. El cenote era un mundo aparte, oscuridad sensual iluminada por la luna que se filtraba desde arriba. El agua brillaba como piel aceitada, vapor subiendo en espirales que olían a tierra mojada y flores silvestres. Diego se quitó la camisa, revelando músculos tensos por el gimnasio y el surf. Tú sentiste el nudo en el estómago deshacerse en líquido caliente. "Este lugar es la entrada al abismo de pasión", susurró él, acercándose tanto que su aliento cálido te rozó el cuello. Sus labios capturaron los tuyos en un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a tequila y sal. Manos explorando: las suyas en tu cintura, subiendo para desatar el vestido que cayó como una promesa rota.

Tu piel desnuda contra la brisa fresca del cenote, pezones endureciéndose al instante. Él te devoraba con los ojos, bajando la boca a tu clavícula, lamiendo el sudor salado que perlaba tu pecho. Qué rico se siente su lengua, áspera y caliente. Tus dedos se enredaron en su pelo oscuro, tirando suave mientras gemías bajito. "Muñeca, estás mojada para mí, ¿verdad?", ronroneó, mano deslizándose entre tus muslos. Sus dedos encontraron tu clítoris hinchado, rozándolo en círculos lentos que te hicieron arquear la espalda. El sonido de tu respiración jadeante mezclándose con el goteo del agua en las rocas. Olía a sexo inminente, a tu excitación dulce y almizclada.

Neta, no aguanto más. Quiero su verga dentro de mí, llenándome hasta el fondo.

Lo empujaste contra la roca lisa, besando su torso, saboreando la sal de su piel. Tus uñas arañaron suave su abdomen mientras bajabas sus shorts. Su polla saltó libre, dura como piedra, venosa y palpitante. La tomaste en la mano, sintiendo el calor irradiar a tu palma, el pulso acelerado bajo tu tacto. La lamiste desde la base hasta la punta, sabor salado y ligeramente amargo que te volvió loca. Él gruñó, "¡Chingao, qué boca tan rica tienes!". Te chupó los pechos mientras tú lo mamabas, succionando fuerte hasta que mordiste su hombro para no gritar. El agua del cenote chapoteaba a sus pies, testigo de la tensión que subía como una ola gigante.

La intensidad crecía. Te levantó en brazos, piernas envolviéndolo, y te penetró despacio, centímetro a centímetro. ¡Ay, cabrón! Sentiste cada vena rozando tus paredes internas, estirándote deliciosamente. El agua fría salpicaba vuestros cuerpos calientes, contraste que te hacía temblar. Empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, el slap-slap de piel contra piel resonando en el abismo. Tus uñas en su espalda, dejando marcas rojas; su boca en tu oreja, susurrando guarradas: "Te voy a follar hasta que grites mi nombre, mamacita". Olías su sudor mezclado con el tuyo, un perfume primal que te embriagaba. Tus caderas se movían al unísono, persiguiendo el placer que se acumulaba en tu vientre como una tormenta.

Inner struggle: por un segundo dudaste, ¿y si es solo una noche? Pero su mirada te atrapó, vulnerable y feroz. "Esto es real, tú y yo aquí", jadeó él, acelerando. El clímax se acercaba, tus músculos contrayéndose alrededor de su verga, ordeñándolo. Gritos ahogados, el eco multiplicándolos en el cenote. Él te llenó con un rugido gutural, semen caliente inundándote mientras tú explotabas en oleadas de éxtasis, visión borrosa, cuerpo convulsionando.

Acto tres: el afterglow. Cayeron juntos al agua tibia del cenote, flotando abrazados. Su semen goteaba de ti, mezclándose con el agua cristalina. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el aftermath salado. El corazón latiéndote fuerte contra su pecho, respiraciones sincronizadas. "Eso fue la entrada al abismo de pasión más chingona de mi vida", murmuró él, riendo bajito. Tú sonreíste, piel erizada por el fresco, pero cálida por dentro. La luna los bañaba en plata, el mar lejano cantando una nana.

Quién iba a decir que un cenote escondido me daría esto. Diego, este pendejo guapo, me tiene enganchada.

Salieron del agua, secándose con toallas suaves de la villa. Caminaron de regreso tomados de la mano, arena pegándose a pies húmedos. La fiesta seguía, pero ahora todo era distinto: colores más vivos, música más sensual. Se despidieron con un beso profundo en la puerta, promesa implícita de más. Tú te fuiste a tu habitación, cuerpo dolorido pero satisfecho, piel marcada por sus besos. Acostada en las sábanas frescas, olías aún a él, a sexo y mar. El abismo de pasión te había tragado, pero qué chido viaje. Cerraste los ojos, sonriendo, sabiendo que la entrada solo era el principio.

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