Elementos Sensuales de la Pasion de Cristo
La noche de Jueves Santo en mi pueblo de Jalisco olía a incienso y a sudor mezclado con el aroma terroso de las calles empedradas. Las procesiones avanzaban lentas, con el tamborileo grave de los chirimías y el lamento de las saetas que rasgaban el aire húmedo. Yo, María, con mi huipil negro bordado de perlas falsas, caminaba entre la multitud, sintiendo el roce áspero de la tela contra mis pechos que se endurecían con cada paso. Neta, qué calor de la chingada, pensé, mientras el viento caliente me lamía las piernas desnudas bajo la falda larga.
Allí lo vi por primera vez. Él, un moreno alto con ojos como carbones encendidos, cargando una cruz de madera astillada sobre el hombro desnudo. Sudor perlaba su piel morena, goteando por el pecho velludo hasta perderse en la cintura del pantalón raído. Era uno de los costaleros, esos weyes que se la rifan en la pasión. Su mirada se clavó en la mía cuando pasé cerca, y sentí un cosquilleo en el bajo vientre, como si un látigo invisible me azotara la concha.
¿Quién es este pendejo que me pone así de mojada en medio de tanta santurronería?me dije, mordiéndome el labio.
La procesión terminó en la plaza, con el Cristo yacentes tendido bajo luces tenues. La gente rezaba, pero yo solo lo buscaba a él. Se llamaba Javier, lo supe después, cuando nos topamos en una callejuela oscura. "Órale, güerita, ¿vienes a flagelarte conmigo?", me dijo con voz ronca, oliendo a hombre puro, a tierra mojada y a algo prohibido. Su aliento cálido me rozó la oreja, y mis pezones se pararon como soldados en formación. Le sonreí, juguetona: "Si tus elementos de la pasión de Cristo me flagelan bien, carnal". Ahí empezó todo, con el eco de las campanas lejanas y el pulso acelerado de mi corazón latiendo en la garganta.
Nos escabullimos a su casa, una vieja casona con patio de buganvilias que chorreaban pétalos rojos como sangre. El aire estaba cargado de jazmín y de ese olor almizclado que ya emanaba de entre mis muslos. Javier me jaló adentro, sus manos callosas rozando mis brazos, enviando chispas por mi espina dorsal. "Te vi en la procesión, mamacita. Parecías una virgen cabrona lista para pecar", murmuró, mientras me quitaba el huipil con dedos temblorosos de deseo. Mis tetas saltaron libres, pesadas y ansiosas, y él las miró como si fueran reliquias sagradas.
Me llevó al cuarto, iluminado solo por velas que parpadeaban sombras danzantes en las paredes encaladas. Sobre la cama yacía una corona de espinas falsas, hecha de alambre suave y rosas marchitas, un látigo de tiras de seda roja que él mismo había tejido, y clavos de cera que se derretían al tacto. "Elementos de la pasión de Cristo, pero para gozar, no para sufrir", explicó con una sonrisa lobuna. Mi coño palpitaba, empapando mis calzones de algodón. Consiente todo esto, María, es tu noche de resurrección, me dije, mientras asentía y me arrodillaba frente a él.
Sus manos me guiaron, y yo desabroché su pantalón. Su verga saltó dura como la cruz que cargaba, venosa y gruesa, con un glande brillante de precum que olía a sal y a macho en celo. La lamí despacio, saboreando la piel salada, el pulso latiendo contra mi lengua. "¡Ay, wey, qué chingona chupas!", gimió él, enredando sus dedos en mi pelo negro. El sonido de su voz grave me erizaba la piel, y yo succionaba más hondo, sintiendo cómo se hinchaba en mi boca, rozando mi garganta. Mis jugos corrían por mis piernas, el aire espeso con el aroma de mi excitación y el suyo.
Pero no era solo carnalidad; había algo más profundo. Mientras lo mamaba, pensaba en las saetas de la procesión, en cómo el dolor se mezcla con el éxtasis. Javier me levantó, me tendió en la cama y me ató las muñecas con el látigo de seda, suave pero firme, como una promesa de entrega mutua. "Dime si quieres parar, mi reina", susurró, besando mi cuello, su barba raspándome deliciosamente. "Sigue, cabrón, hazme tuya con tus elementos", rogué, arqueando la espalda. Él trazó la corona de espinas por mi piel, las puntas romas arañando apenas mis pechos, enviando ondas de placer doloroso directo a mi clítoris hinchado.
La tensión crecía como la procesión subiendo el cerro. Sus labios devoraban mis chichis, mordisqueando los pezones hasta que dolían de placer, mientras sus dedos exploraban mi concha empapada. "Estás chorreando, pinche diosa", gruñó, metiendo dos dedos gruesos que me abrían como pétalos de nochebuena. Gemí alto, el sonido rebotando en las vigas de madera, mis caderas moviéndose solas contra su mano. Olía a sexo puro, a sudor mezclado con el incienso que aún traía pegado en la piel. Internamente luchaba:
Esto es pecado, pero qué rico pecado, neta que Dios debe entender esta pasión.
Él se posicionó entre mis piernas, su verga rozando mi entrada resbalosa. "Mírame, María. Esto es nuestro vía crucis del gozo". Empujó lento, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. Sentí cada vena pulsando dentro, estirándome, poseiéndome. Grité de puro deleite, mis uñas clavándose en su espalda ancha. Empezamos a follar con ritmo de tambores de la procesión, lento al principio, sus embestidas profundas que me tocaban el alma. El colchón crujía bajo nosotros, sudor goteando de su frente a mis labios, salado y adictivo.
La intensidad subió. Javier desató el látigo y me azotó las nalgas suavemente, cada golpe un estallido de fuego que me hacía contraerme alrededor de su pinga. "¡Más, Javier, dame tus elementos de la pasión!", supliqué, perdida en el torbellino. Él aceleró, sus bolas golpeando mi culo con palmadas húmedas, el sonido obsceno llenando el cuarto. Mi clítoris latía contra su pubis peludo, y el orgasmo se acercaba como la virgen de la Soledad en procesión. Lo monté entonces, cabalgándolo con furia, mis tetas rebotando, su mirada devorándome entera.
El clímax nos golpeó como un trueno. Sentí las contracciones en mi concha ordeñando su verga, chorros de placer saliendo de mí mientras gritaba su nombre. Él se vino adentro con un rugido animal, caliente y espeso, llenándome hasta rebosar. Colapsamos jadeantes, piel contra piel pegajosa de sudor, el corazón tronando en unísono. El aire olía a semen, a mujer satisfecha y a rosas pisoteadas.
Después, en la quietud, Javier me desató y me acunó. "Eres mi resurrección, güerita". Yo sonreí, trazando su pecho con uñas aún temblorosas. Los elementos de la pasión de Cristo no eran de muerte, sino de esta vida ardiente, reflexioné, mientras el alba teñía el cielo de rosa. Afuera, el pueblo despertaba a Viernes Santo, pero nosotros ya habíamos encontrado nuestra salvación en los brazos del otro, con promesas de más noches pecaminosas por venir.