Abismo de Pasion Cap 50
Ana sintió el calor pegajoso del atardecer en Puerto Vallarta envolviéndola como un abrazo ardiente mientras bajaba del taxi frente a la villa de Marco. El mar Caribe susurraba promesas lejanas, y el aroma salado se mezclaba con el dulzor de las buganvillas que trepaban por las paredes blancas. Hacía semanas que no se veían, desde esa noche loca en la Ciudad de México donde todo había explotado entre ellos. Abismo de pasión cap 50, pensó ella con una sonrisa pícara, como si su vida fuera una novela erótica interminable. Marco la esperaba en la terraza, con su camisa guayabera abierta dejando ver ese pecho moreno y musculoso que tanto la volvía loca.
—¡Órale, nena! —gritó él, abriendo los brazos—. ¿Ya extrañaste a tu chulo?
Ana corrió hacia él, sus sandalias chapoteando en el piso de mármol. Se fundieron en un abrazo que olía a colonia fresca y sudor masculino, sus cuerpos pegándose como imanes. Ella inhaló profundo, sintiendo el latido acelerado de su corazón contra el suyo.
Qué rico huele, como a aventura y a sexo pendiente, se dijo Ana mientras sus labios rozaban el cuello de Marco. Él la levantó en vilo, girándola como si fuera una pluma, y la besó con hambre contenida. Sus lenguas danzaron, saboreando el salado de la piel y el leve toque de tequila en su aliento.
Entraron a la villa, la luz dorada del sol filtrándose por las cortinas de lino. Marco la depositó en el sofá de cuero suave, que crujió bajo su peso. Ana lo miró con ojos brillantes, el deseo ya ardiendo en su vientre como un fuego lento.
—Te tengo una sorpresa —murmuró él, su voz ronca como el rugido del oleaje—. Pero primero, cuéntame todo. ¿Qué has hecho sin mí, mamacita?
Ella rio bajito, acomodándose para que su falda corta subiera un poco, revelando la curva de sus muslos bronceados. Hablaron de nimiedades: el tráfico infernal de la capital, las fiestas con amigos, pero entre líneas flotaba la tensión. Ana sentía su piel erizándose cada vez que la mano de Marco rozaba su rodilla, subiendo apenas un centímetro. Está cañón el calor que genera este pendejo, pensó ella, mordiéndose el labio.
La noche cayó como un manto estrellado, y Marco la llevó a la piscina infinita que se fundía con el horizonte marino. El agua estaba tibia, invitadora. Se desvistieron mutuamente con lentitud tortuosa, risas ahogadas entre besos. La piel de Ana temblaba bajo los dedos callosos de él, que trazaban senderos de fuego desde sus hombros hasta la curva de sus senos. Olía a cloro limpio y a su propia excitación, ese musk dulce que la mareaba.
—Entra conmigo —susurró Marco, su verga ya dura presionando contra el vientre de ella.
Se sumergieron juntos, el agua envolviéndolos como una caricia líquida. Nadaron pegados, cuerpos deslizándose, pechos rozando espaldas. Ana jadeaba, el agua salpicando sus rostros mientras él la acorralaba contra el borde. Sus manos exploraban: los dedos de Marco se hundían en la carne suave de sus nalgas, amasándolas con posesión juguetona.
Esto es el abismo, puro vértigo de pasión, reflexionaba Ana mientras lo besaba con furia. El conflicto interno la pinchaba: ¿era solo sexo o algo más profundo? Habían jugado a ser amantes casuales, pero cada encuentro los hundía más. Él la volteó, presionando su erección contra su concha desde atrás. Ella arqueó la espalda, gimiendo cuando un dedo suyo encontró su clítoris hinchado, frotándolo en círculos lentos.
—¡Ay, cabrón, no pares! —suplicó ella, el agua chapoteando con sus movimientos.
Marco la penetró allí mismo, de pie en la piscina, su verga gruesa abriéndose paso en su interior húmedo y apretado. Ana gritó de placer, el sonido rebotando en la noche quieta. Cada embestida era un choque de caderas, piel mojada contra piel mojada, el agua salpicando como lluvia erótica. Él mordisqueaba su oreja, susurrando guarradas en ese español mexicano tan suyo:
—Estás tan chingona, morra, me tienes bien puesto el pito todo el día pensando en ti.
Ella se giró, envolviendo las piernas alrededor de su cintura, cabalgándolo con furia animal. Sus senos rebotaban, pezones duros rozando el pecho velludo de él. El olor a sexo flotaba en el aire húmedo, mezclado con jazmín del jardín cercano. Ana sentía cada vena de su verga pulsando dentro, estirándola, llenándola hasta el fondo. El clímax se acercaba como una ola gigante, pero lo contuvieron, saliendo de la piscina para escalar la intensidad.
En la habitación king size, con sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo ellos, el juego se volvió más íntimo. Marco la tendió boca abajo, besando cada vértebra de su espalda mientras untaba aceite de coco en sus nalgas. El aroma tropical invadía todo, dulce y resbaloso. Sus dedos se colaron entre sus labios vaginales, lubricados, hundiéndose profundo mientras su pulgar jugaba con su ano. Ana gemía en la almohada, el sonido amortiguado pero salvaje.
Qué rico se siente esto, como caer en un pozo sin fondo de placer, pensaba ella, luchando contra la vergüenza residual de sus deseos más oscuros. Habían hablado de fantasías antes: él quería explorarla toda, y ella, empoderada, lo guiaba.
—Métemela por atrás, mi rey —pidió Ana, voz temblorosa de anticipación.
Él obedeció con cuidado, lubricando bien, entrando centímetro a centímetro. El estiramiento ardía delicioso, un dolor que se convertía en éxtasis puro. Ana empujaba hacia atrás, controlando el ritmo, sus paredes internas apretándolo como un guante vivo. Marco gruñía, sudando, sus bolas golpeando suave contra su clítoris. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgando su polla en reversa, sintiendo cada roce en su punto G. El espejo frente a la cama reflejaba su unión obscena, cuerpos brillantes de sudor y aceite, curvas y músculos en movimiento hipnótico.
La tensión psicológica explotó cuando confesaron entre jadeos:
—No quiero que esto termine, Ana. Eres mi todo.
—Yo tampoco, carnal. Esto es nuestro abismo, y me encanta caer contigo.
El orgasmo los alcanzó como un terremoto. Ana se convulsionó primero, su concha contrayéndose en espasmos que ordeñaban la verga de Marco. Gritó su nombre, uñas clavándose en sus hombros, el sabor salado de sus lágrimas de placer en los labios. Él la siguió segundos después, eyaculando profundo dentro de ella con rugidos guturales, chorros calientes llenándola hasta rebosar. Colapsaron juntos, pulsos latiendo al unísono, pieles pegajosas fusionadas.
En el afterglow, yacían enredados bajo las sábanas revueltas, el ventilador zumbando suave sobre ellos. El aroma a sexo y coco persistía, un perfume de intimidad compartida. Ana trazaba círculos en el pecho de Marco, escuchando su respiración calmarse.
Abismo de pasión cap 50, pero esto apenas empieza, musitó en su mente, sonriendo. Habían cruzado un umbral: no más juegos, solo ellos dos contra el mundo. El mar cantaba afuera, testigo de su unión, mientras el sueño los envolvía en paz sensual.