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Pasión Desenfrenada en las Locaciones del Color de la Pasión

6674 palabras

Pasión Desenfrenada en las Locaciones del Color de la Pasión

El sol de Cholula te pega como una caricia ardiente mientras subes los escalones de la pirámide. Qué chido estar aquí, en las locaciones de El Color de la Pasión, esa telenovela que te tuvo pegada a la tele noches enteras, soñando con romances imposibles y cuerpos entrelazados en pasiones prohibidas. El aire huele a elotes asados y a tierra húmeda después de la lluvia matutina. Tus sandalias crujen contra la piedra antigua, y sientes el pulso acelerado, no solo por la subida, sino por esa emoción que te recorre la espina dorsal.

Arriba, en la cima, el viento juguetón te revuelve el cabello. Miras alrededor: la iglesia de Nuestra Señora de los Remedios coronando la pirámide como una joya barroca, los colores vibrantes de las casas coloniales abajo, y de repente, lo ves. Un tipo alto, moreno, con camisa ajustada que marca sus pectorales y jeans que abrazan sus muslos fuertes. Está sacando fotos, murmurando algo sobre las escenas clave de la novela.

¿Será fan como yo? Neta, se ve que sabe de esto.
Te acercas, fingiendo casualidad.

—Órale, carnal, ¿vienes por las locaciones de El Color de la Pasión? —le dices, con esa voz juguetona que usas cuando algo te prende.

Él se gira, ojos cafés intensos que te recorren de arriba abajo. Sonríe, dientes blancos relucientes. —¡Simón! Soy Marco. Esta pirámide fue testigo de tantas miradas ardientes en la novela. ¿Y tú?

—Lucía. Y neta, me muero por verlas todas. ¿Me enseñas las tuyas? —Le guiñas, sintiendo ya el cosquilleo en el vientre.

Así empieza todo. Bajan juntos, charlando de los personajes, de cómo la pasión en la pantalla te hace mojar las sábanas. Él huele a colonia fresca con un toque de sudor masculino, delicioso. Tocan el primer punto: la iglesia. Adentro, el incienso te envuelve, las velas parpadean, y en un rincón oscuro, sus manos rozan las tuyas al señalar un vitral. Chispas. Tu piel eriza, pezones endureciéndose bajo la blusa ligera.

La tensión crece mientras caminan por las calles empedradas. Pasan por el mercado, donde el olor a mole poblano y chiles tostados se mezcla con el aroma de su piel. —Aquí filmaron la escena del beso robado —dice él, deteniéndose frente a una fuente. Sus dedos rozan tu brazo, enviando ondas de calor directo a tu entrepierna.

Quiero que me bese ya, pendejo, no me hagas esperar.

Se sientan en una banca bajo un ahuehuete centenario. Hablan de deseos reprimidos, de cómo la novela despertó fantasías. —¿Sabes? Esa pasión roja, intensa, como el color de la sangre hirviendo —murmura, su aliento cálido en tu oreja. Te giras, labios a centímetros. El primer beso es suave, exploratorio: sus labios carnosos saben a café dulce y menta. Luego, se profundiza. Lenguas danzando, manos en la nuca, el mundo desaparece. Sientes su erección presionando contra tu muslo, dura, prometedora.

—Vamos a la hacienda —propone, voz ronca. —Allá filmaron las noches de amor.

Acto dos: la escalada. La hacienda está a las afueras, un caserón colonial con jardines exuberantes y patios sombreados. El taxi los deja, y pagan juntos, risas cómplices. Adentro, las paredes encaladas guardan ecos de pasiones pasadas. Recorren los salones, tocándose más: su mano en tu cintura, bajando a la curva de tu culo. Me moja tanto, piensas, mientras el olor a jazmín del jardín te invade.

En un cuarto vacío, con muebles antiguos y cortinas pesadas, se detienen. —Lucía, me traes loco desde la pirámide —susurra, presionándote contra la pared. Sus besos bajan por tu cuello, mordisqueando, chupando. Gimes bajito, el sonido reverberando en el espacio hueco. Le quitas la camisa: piel bronceada, músculos tensos bajo tus uñas. Él desabrocha tu blusa, exponiendo tus senos. Libres, pezones rosados erectos. Los toma en su boca, lengua girando, succionando. Sientes el calor líquido entre tus piernas, empapando las panties.

—Qué chingones están —gruñe, mientras sus manos bajan tu falda. Te sientas en una mesa antigua, piernas abiertas. Él se arrodilla, besando tu ombligo, bajando. El roce de su barba en tus muslos internos te hace arquear.

¡Ya, cabrón, no me tortures!
Quita la tela húmeda, y su lengua encuentra tu clítoris. Lamidas lentas, circulares, saboreando tu néctar salado-dulce. Gritas, dedos enredados en su pelo negro. Olas de placer suben, pero él para, sonriendo pícaro.

—Aún no, mi reina. Quiero sentirte completa.

Lo jalas arriba, desabrochando sus jeans. Su verga salta libre: gruesa, venosa, palpitante. La agarras, piel aterciopelada sobre acero. La acaricias, sintiendo su pulso acelerado. Él gime, caderas empujando. Te acuestas en la mesa, él entre tus piernas. La punta roza tu entrada húmeda, lubricada. —¿Sí? —pregunta, ojos en los tuyos.

—¡Sí, Marco, chingame ya!

Entra despacio, centímetro a centímetro, estirándote deliciosamente. Llenándote. Empieza el ritmo: lento, profundo. Sus embestidas sacan sonidos obscenos, piel contra piel. Sudor perla sus abdominales, goteando en tu vientre. Tú clavas uñas en su espalda, arqueándote. El aire huele a sexo crudo, a feromonas, a jazmín mezclado con almizcle. Acelera, bolas golpeando tu culo. Tu clítoris roza su pubis, fricción eléctrica.

Cambian: tú arriba, cabalgando. Sus manos en tus caderas, guiando. Senos rebotando, él los aprieta, pellizca pezones. Es mío, piensas, mientras lo montas fuerte, pelo cayendo en cascada. Él se incorpora, besos hambrientos, lenguas batallando. Sientes el orgasmo venir: tensión en el bajo vientre, pulsos en el coño apretándolo.

—¡Me vengo! —gritas, explotando. Oleadas, contracciones ordeñándolo. Él ruge, hundiéndose profundo, llenándote con chorros calientes. Colapsan juntos, jadeos entremezclados, cuerpos pegajosos de sudor.

Acto tres: el afterglow. Yacen en el piso alfombrado de pétalos caídos, abrazados. El sol del atardecer tiñe las paredes de rojo pasión, como en la novela. Su dedo traza círculos en tu espalda. —Neta, Lucía, esto fue mejor que cualquier locación de El Color de la Pasión.

Ríes, besándolo suave.

Qué chido, un amor nacido en los escenarios de la pasión.
Se visten lento, promesas de más. Salen tomados de la mano, el mundo renovado. Las locaciones ya no son solo sets; son testigos de su fuego personal, eterno.

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