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Pasión de Gavilanes Capítulo 35 Fuego en la Carne

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Pasión de Gavilanes Capítulo 35 Fuego en la Carne

Sofía se recostaba en el amplio sillón de la sala principal de la hacienda, con el aire cargado del aroma a jazmín que trepaba por las paredes de adobe. La televisión parpadeaba con las imágenes de Pasión de Gavilanes capítulo 35, esa escena donde los hermanos Reyes se enfrentaban al destino con una pasión que hacía hervir la sangre. El sonido de las guitarras rancheras se mezclaba con los suspiros ahogados de los personajes, y Sofía sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas. Qué chingón capítulo, neta, pensó, mientras su mano rozaba distraídamente el borde de su blusa de algodón blanco, pegada a la piel por el calor de la noche veraniega.

La hacienda estaba en silencio, salvo por el zumbido lejano de los grillos y el eco distante de un caballo relinchando en los corrales. Miguel, su amante, había salido al pueblo por provisiones, dejándola sola con sus antojos. En la pantalla, la pasión estallaba: besos furiosos, manos que exploraban curvas prohibidas. Sofía cerró los ojos un momento, imaginando que era ella la que jadeaba bajo el peso de un hombre como esos gavilanes. Su respiración se aceleró, y un calor húmedo se extendió por su vientre.

¿Por qué carajos no está aquí este wey? Me tiene ya con las hormonas alborotadas
, se dijo, mordiéndose el labio inferior, sabor salado en la lengua.

De pronto, la puerta de roble crujió al abrirse. Miguel entró, alto y moreno, con la camisa desabotonada revelando el pecho velludo brillando de sudor. Traía una botella de tequila en la mano y una sonrisa pícara que iluminaba sus ojos cafés. Órale, Sofía, dijo con voz ronca, dejando la botella en la mesa de madera tallada. ¿Qué pasa, mi reina? Te veo toda encendida viendo esa novela.

Sofía se incorporó, el corazón latiéndole como tambor en el pecho. El olor a tierra y hombre fuerte la invadió, mezclado con el tequila. Miguel, carnal, justo en el momento clave de Pasión de Gavilanes capítulo 35. Mira nomás, esa pasión que tienen... me dan ganas de... No terminó la frase; él se acercó, arrodillándose frente a ella, sus manos grandes posándose en sus muslos desnudos bajo la falda ligera.

El toque fue eléctrico, piel contra piel, áspera por el trabajo en el rancho pero tierna en la intención. Sofía sintió el pulso acelerado en su cuello, el roce de sus callos enviando ondas de placer hasta su centro. No mames, este pendejo sabe cómo hacerme vibrar, pensó, mientras él subía las manos lentamente, arrugando la tela. Sus labios rozaron su rodilla, un beso húmedo que dejó rastro de saliva fresca. El aire se llenó del aroma almizclado de su excitación mutua, dulce y salado como el sudor de un baile prolongado.

¿Te gusta lo que ves en la tele, amor? murmuró Miguel, su aliento caliente contra la cara interna del muslo. Sofía asintió, enredando los dedos en su cabello negro y revuelto. Sí, wey, pero contigo es mejor. Ven, hazme tuya como esos gavilanes. Él rio bajito, un sonido gutural que vibró en su pecho, y la besó más arriba, lengua trazando caminos de fuego. Ella gimió, el sonido escapando como un susurro ronco, mientras la televisión seguía con su drama, ahora olvidado.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Miguel la levantó en brazos con facilidad, sus músculos tensos bajo la camisa, y la llevó al sofá amplio cubierto de cojines bordados. La depositó con cuidado, pero sus ojos ardían con hambre. Sofía tiró de su camisa, arrancando los botones restantes, exponiendo el torso esculpido por años de cabalgar y trabajar la tierra. Tocó su piel, caliente y suave, oliendo a sol y esfuerzo. Eres un chulo, Miguel. Qué rico te sientes, susurró, lamiendo el hueco de su clavícula, sabor salobre que la enloqueció.

Quiero devorarlo entero, neta. Esta noche no hay freno

Él respondió despojándola de la blusa, pechos libres saltando al aire fresco de la noche. Sus pezones se endurecieron al instante, rosados y sensibles. Miguel los tomó en su boca, succionando con devoción, lengua girando en círculos que hicieron arquear la espalda de Sofía. ¡Ay, cabrón! Así, no pares, jadeó ella, uñas clavándose en sus hombros. El sonido de chupeteos húmedos llenó la sala, mezclado con sus respiraciones entrecortadas. Sus manos bajaron a la falda, quitándola de un tirón, dejando su panocha expuesta, ya empapada, brillando bajo la luz tenue de la lámpara de aceite.

Miguel se desabrochó el pantalón, su verga saltando libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Sofía la tomó en mano, piel aterciopelada sobre acero, caliente como brasa. La acarició despacio, sintiendo el pulso acelerado, el líquido preseminal untando sus dedos, viscoso y resbaloso. Qué pinga tan chingona tienes, amor. Ven, métemela ya, rogó, pero él negó con la cabeza, juguetón.

No tan rápido, mi vida. Quiero saborearte primero. Se hundió entre sus piernas, nariz rozando el monte de Venus, inhalando su aroma femenino, almizcle dulce que lo volvía loco. Su lengua la lamió de abajo arriba, abriendo los labios húmedos, saboreando el néctar salado-dulce. Sofía gritó de placer, caderas alzándose, manos apretando las sábanas. ¡Madre mía, este wey es un maestro! Me va a hacer venir así nomás. Él chupaba su clítoris hinchado, dedo entrando y saliendo, curvado para tocar ese punto que la hacía temblar. Los sonidos eran obscenos: lamidas, succiones, gemidos ahogados.

La intensidad subía, como el clímax de una ranchera apasionada. Sofía sentía el orgasmo construyéndose, una ola ardiente en el vientre. Miguel, ya... ¡órale, no pares! Él aceleró, dos dedos ahora, bombeando rítmicamente. Ella explotó, cuerpo convulsionando, jugos brotando en su boca, grito largo y gutural que espantó a los grillos afuera. El placer la dejó temblorosa, piel erizada, sudor perlando su frente.

Pero no era el fin. Miguel se posicionó sobre ella, verga rozando su entrada resbaladiza. ¿Lista para mí, reina? Ella asintió, piernas envolviéndolo. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. ¡Qué rico! Lléname toda, pendejo, rio ella, juguetona. Él empujó hasta el fondo, gemido compartido, piel chocando piel. El ritmo empezó lento, profundo, cada embestida enviando chispas de éxtasis. Sofía sentía cada vena, cada pulso, el roce en sus paredes internas.

Acceleraron, hacienda testigo de su frenesí. Sudor goteaba, mezclándose, olor a sexo puro impregnando el aire. Él la volteó, de rodillas, entrando por atrás, manos en sus caderas. ¡Sí, así, chíngame duro! gritó ella, pechos balanceándose, placer intensificándose. Miguel gruñía, animalesco, Eres mía, Sofía, toda mía. Tocó su clítoris mientras follaba, doble estimulación que la llevó al borde otra vez.

El clímax los golpeó juntos. Sofía se corrió primero, vagina contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo. ¡Me vengo, wey! ¡Ay! Miguel la siguió, verga hinchándose, chorros calientes llenándola, gruñido ronco en su oído. Colapsaron, entrelazados, respiraciones jadeantes calmándose gradualmente.

En el afterglow, Miguel la besó suave, lengua lamiendo el sudor de su cuello. Mejor que cualquier capítulo de Pasión de Gavilanes, ¿verdad? Sofía rio, acurrucándose en su pecho, corazón latiendo al unísono. Neta, amor. Esto es nuestra propia pasión de gavilanes. La televisión seguía murmurando, pero ellos ya estaban en su mundo, piel pegada a piel, aromas entretejidos, promesas de más noches así colgando en el aire tibio. El deseo se aquietaba, pero la llama perduraba, lista para encenderse de nuevo.

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