Relatos
Inicio Erotismo Pasión Muerte y Resurrección Pasión Muerte y Resurrección

Pasión Muerte y Resurrección

6614 palabras

Pasión Muerte y Resurrección

La noche en Polanco ardía con ese calor pegajoso de mayo, el tipo que te hace sudar bajo los luces neón de los antros y te despierta el hambre de algo más que tacos al pastor. Yo, Ana, acababa de salir de una ruptura culera con mi ex, ese pendejo que nunca entendió lo que era verdadera pasión. Caminaba por la Avenida Masaryk, con mi vestido negro ceñido que me hacía sentir como una diosa azteca moderna, cuando lo vi. Diego. Alto, moreno, con esa mirada que te atraviesa como un tequila reposado directo al hígado. Estaba afuera de un bar, fumando un puro, y sus ojos se clavaron en mí como si ya supiera mi secreto.

¿Qué carajos, Ana? ¿Vas a dejar que este carnal te reviva o qué?
Me dije a mí misma, mientras mi pulso se aceleraba. Él sonrió, esa sonrisa pícara que grita trouble delicioso, y me invitó una chela. "Órale, güeyita, no mames, siéntate", dijo con ese acento chilango puro, ronco como el rugido de un volcán. Hablamos de la vida, de cómo la ciudad te come viva si no le pones sabor. Él era artista, pintaba murales inspirados en Frida y Diego Rivera, pero con un twist erótico que me dejó mojadita solo de imaginarlo.

La tensión crecía con cada sorbo. Su mano rozó la mía al pasarme el vaso, y sentí un chispazo eléctrico que me subió por el brazo hasta los pezones, endureciéndolos bajo la tela fina. Olía a tabaco, a loción con notas de sándalo y a hombre que sabe lo que quiere. "Sabes, Ana, la vida es como un cuadro: pasión, muerte y resurrección. Hay que morir un poco para renacer", murmuró, y sus palabras se me colaron por la piel como un susurro caliente en la oreja.

No sé cómo terminamos en su depa, un penthouse con vista al skyline de la CDMX, luces titilando como estrellas caídas. La puerta se cerró con un clic que sonó a promesa. Él me acorraló contra la pared, suave pero firme, sus labios a centímetros de los míos. "¿Quieres esto, mi reina?", preguntó, su aliento cálido con sabor a mezcal. "Sí, carajo, muévete", respondí, y lo jalé por la camisa, desabotonándola con dedos temblorosos de anticipación.

Sus besos eran fuego puro. Me devoraba la boca, lengua explorando cada rincón como si quisiera grabarse en mi alma. Bajó por mi cuello, mordisqueando suave, dejando rastros húmedos que se enfriaban al aire y me erizaban la piel. Manos grandes, callosas del trabajo con brocha, me amasaron los senos por encima del vestido, pellizcando los pezones hasta que gemí bajito, un sonido ronco que ni yo reconocía.

Esto es lo que necesitaba, neta. No más pendejadas, solo puro placer.

Me quitó el vestido de un tirón lento, sensual, revelando mi lencería roja que compré pensando en noches como esta. "Estás de hijole, Ana", gruñó, ojos oscuros brillando de deseo. Lo empujé al sofá de piel, me subí a horcajadas, sintiendo su verga dura presionando contra mi concha a través de los pantalones. La froté despacio, circular, oyendo su respiración agitada, jadeos que se mezclaban con la música de fondo, un son jarocho remixado que latía como nuestro pulso.

Le desabroché el cinturón, liberando esa polla gruesa, venosa, que saltó ansiosa. La tomé en la mano, piel suave sobre acero, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el gusto salado de su pre-semen. Él se arqueó, manos enredadas en mi pelo: "¡Qué rico, chula! No pares". Chupé más hondo, garganta relajada, oliendo su aroma almizclado de macho en celo. Pero él no me dejó dominar mucho; me levantó como si no pesara nada, me llevó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca.

Ahí empezó el verdadero juego. Me abrió las piernas, besando el interior de mis muslos, lengua trazando caminos ardientes que me hacían retorcer. Cuando llegó a mi centro, inhaló profundo: "Hueles a miel y pecado, mi amor". Lamidas lentas, primero externas, lamiendo labios hinchados, luego el clítoris, chupándolo suave, alternando con succiones que me tenían al borde. Metió dos dedos, curvados, tocando ese punto G que me hace ver estrellas, mientras su boca no paraba. Gemía contra mí, vibraciones que me volvían loca.

La pasión me está matando, pero qué muerte tan chingona.
El orgasmo vino como un tsunami, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer escapando, mojando sus labios y la sábana. Grité su nombre, uñas clavadas en su espalda, el mundo explotando en colores.

Pero no paró. Esa fue la muerte, mi pequeña muerte en éxtasis. Ahora venía la resurrección. Me volteó boca abajo, nalga en alto, y entró en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo. "¡Ay, Diego, qué grande estás!", jadeé, sintiendo cada centímetro estirándome delicioso. Embestidas lentas al principio, profundas, su vientre chocando contra mis nalgas con palmadas húmedas. El sonido era obsceno, chapoteos de piel con piel, sudor goteando, mezclándose con mis jugos.

Aceleró, manos en mis caderas, jalándome contra él. Yo empujaba hacia atrás, queriendo más, siempre más. "Dame duro, carnal, hazme tuya", le rogaba, voz ahogada en la almohada que olía a su colonia. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como una amazona, senos rebotando, sus manos amasándolos. Lo montaba rápido, clítoris rozando su pubis, building another wave. Él se incorporó, mamando mis tetas, mordiendo pezones mientras yo giraba las caderas.

La habitación apestaba a sexo: sudor salado, fluidos dulces, mezcal residual. Corazones tronando al unísono, respiraciones entrecortadas como tambores aztecas. Sentí su verga hincharse más, palpitando dentro de mí. "Me vengo, Ana, ¡joder!", rugió, y explotó, chorros calientes bañando mis paredes internas. Eso me llevó al borde otra vez; apreté alrededor de él, ordeñándolo, y caí en un segundo orgasmo, más profundo, resucitándome del primero.

Colapsamos, enredados, pieles pegajosas relucientes bajo la luz tenue de la luna colándose por las cortinas. Él me besó la frente, suave, tierno. "Eso fue pasión, muerte y resurrección, ¿verdad?", susurró, riendo bajito. Yo asentí, exhausta pero viva como nunca.

Neta, renací esta noche. Adiós al pasado culero, hola a lo que sea que venga con este vato.

Nos quedamos así, platicando en susurros hasta el amanecer, cuerpos entrelazados, el skyline despertando con el sol. Sabía que esto no era solo un polvo; era un renacer. La pasión nos había matado dulcemente, y juntos resucitábamos, listos para más noches de fuego en esta jungla de concreto llamada México.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.