Pasión de Gavilanes Capítulo 143 Fuego en la Sangre
Lucía se recostó en la amplia cama de su habitación en la hacienda, el aire cargado con el aroma dulce de las gardenias que adornaban la mesita de noche. La luz tenue de las velas parpadeaba sobre las paredes de adobe pintado de blanco, proyectando sombras danzantes que parecían acariciar su piel morena. Afuera, el viento susurraba entre los nogales del jardín, trayendo el eco lejano de un mariachi en la fiesta de la familia. Pero ella no pensaba en eso. Sus ojos estaban fijos en la pantalla del televisor, donde Pasión de Gavilanes capítulo 143 desplegaba una escena de pasión desbordada entre los amantes prohibidos.
El corazón de Lucía latía con fuerza mientras veía cómo los cuerpos se entrelazaban, los gemidos ahogados llenando el cuarto.
¿Por qué me pone tan caliente esta novela, wey?pensó, sintiendo un calor húmedo entre sus muslos. Su mano descendió instintivamente por su blusa de satén, rozando el pezón endurecido bajo la tela fina. El roce envió chispas por su espina dorsal, y un suspiro escapó de sus labios carnosos. Llevaba puesto solo un baby doll rojo que apenas cubría sus curvas generosas, las caderas anchas y los senos plenos que Javier tanto adoraba.
La puerta crujió al abrirse, y allí estaba él, Javier, su carnal secreto, con el torso desnudo brillando bajo la luz de la luna que se colaba por la ventana. Alto, musculoso, con esa barba incipiente que raspaba deliciosamente su piel. Llevaba jeans ajustados que marcaban su verga ya semierecta, como si supiera lo que ella necesitaba. Órale, justo lo que me faltaba, pensó Lucía, mordiéndose el labio inferior.
—Mamacita, ¿qué traes ahí? —dijo Javier con voz ronca, su acento norteño cargado de picardía mexicana—. ¿Otra vez con esa novela que te prende como mecha?
Lucía sonrió pícara, apagando el tele con el control remoto. —Es Pasión de Gavilanes capítulo 143, mi amor. Esa escena... neta, me dejó mojadita. Ven, siéntate conmigo.
Javier se acercó, el olor a su colonia mezclada con sudor fresco invadiendo sus sentidos. Se sentó a su lado, su mano grande posándose en su muslo desnudo, trazando círculos lentos con el pulgar. El toque era eléctrico, como fuego líquido extendiéndose por su piel. Ella giró el rostro, sus labios rozando los de él en un beso tentativo, saboreando el tequila dulce en su lengua.
El beso se profundizó, sus lenguas danzando con urgencia. Javier la empujó suavemente contra las almohadas, su peso delicioso oprimiéndola.
Esto es mejor que cualquier telenovela, musitó Lucía en su mente mientras sus dedos se enredaban en el cabello negro y revuelto de él. Sus manos exploraron el pecho ancho, sintiendo los músculos tensos bajo la piel caliente, el latido acelerado de su corazón contra su palma.
—Te ves chingona con ese baby doll, corazón —murmuró Javier contra su cuello, mordisqueando la piel sensible justo debajo de la oreja. El aliento cálido la erizó, y un gemido bajo brotó de su garganta. Él deslizó la tela hacia arriba, exponiendo sus senos al aire fresco de la noche. Sus pezones se irguieron como botones duros, y Javier no perdió tiempo: los lamió con la lengua plana, succionando uno mientras pellizcaba el otro con dedos ásperos.
Lucía arqueó la espalda, el placer punzante irradiando hasta su clítoris hinchado. —Ay, Javier, no pares, pendejo —jadeó, riendo entre dientes con ese tono juguetón que solo usaban en la intimidad. Sus uñas arañaron ligeramente su espalda, dejando rastros rojos que él adoraba. El aroma de su excitación flotaba en el aire, almizclado y embriagador, mezclándose con el de las velas de vainilla.
Javier bajó más, besando su vientre suave, deteniéndose en el ombligo para meter la lengua en un remolino juguetón. Lucía rió, pero pronto se convirtió en un gemido cuando él separó sus piernas con gentileza. El roce de sus callos contra el interior de sus muslos era áspero, perfecto. —Mírate, toda mojada por mí —dijo, inhalando profundo su esencia—. Hueles a miel y pecado, nena.
Ella lo miró con ojos entrecerrados, el deseo nublándolos.
Quiero que me coma entera. Javier obedeció, su boca cubriendo su panocha depilada, la lengua hundiéndose en los pliegues resbaladizos. El primer lametón fue lento, saboreándola como si fuera el mejor tequila añejo. Lucía gritó suavemente, sus caderas elevándose para presionar contra su rostro barbado. La fricción de la barba contra su clítoris era una tortura exquisita, ondas de placer recorriéndola como relámpagos.
Él succionó su botón hinchado, metiendo dos dedos gruesos dentro de ella, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. El sonido húmedo de sus movimientos llenaba la habitación, mezclado con sus jadeos y los chupetazos obscenos. —¡Sí, así, cabrón! Más fuerte —suplicó Lucía, tirando de su cabello. El orgasmo se acercaba, tensando cada músculo, pero Javier se detuvo justo antes, sonriendo malicioso.
—Aún no, mi reina. Quiero sentirte apretándome la verga primero.
Lucía lo volteó con un movimiento ágil, montándolo como amazona. Desabrochó sus jeans con impaciencia, liberando su polla dura y venosa, palpitante en su mano. La piel era aterciopelada sobre acero, el glande brillando con precum. Se la acercó a la boca, lamiendo desde la base hasta la punta, saboreando la sal de su piel. Javier gruñó, sus caderas embistiéndola ligeramente. Ella lo tragó profundo, relajando la garganta, el olor masculino embriagándola mientras sus bolas peludas rozaban su barbilla.
—Chíngame la boca, Lucía —gimió él, y ella lo hizo, chupando con avidez, sus mejillas hundidas. Las venas latían contra su lengua, y pronto Javier la apartó, jadeante. —Ya, no aguanto más.
Se posicionó sobre él, guiando su verga a su entrada empapada. Bajó despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo la estiraba, la llenaba hasta el fondo. ¡Qué chido se siente! pensó, mientras sus paredes internas lo abrazaban. Empezó a moverse, lento al principio, rodando las caderas en círculos que frotaban su clítoris contra el vello púbico de él. El slap slap de piel contra piel resonaba, sudor perlando sus cuerpos.
Javier agarró sus nalgas, amasándolas, metiendo un dedo en su ano apretado para añadir presión. —Eres mi puta favorita, ¿sabes? —dijo con voz gutural, y ella rió, acelerando el ritmo. Cabalgó como poseída, senos rebotando, el placer acumulándose en espiral. Él se incorporó, succionando un pezón mientras embestía hacia arriba, golpeando profundo.
El clímax la golpeó como tormenta: un grito desgarrado, su panocha contrayéndose en espasmos alrededor de su verga, jugos calientes empapándolo. Javier la siguió segundos después, rugiendo su nombre mientras se vaciaba dentro de ella, chorros calientes pintando sus paredes. Colapsaron juntos, cuerpos temblorosos, piel pegajosa de sudor.
En el afterglow, Javier la abrazó por detrás, su verga aún semidura dentro de ella. Besó su hombro, inhalando su cabello perfumado con jazmín. —Neta, mejor que Pasión de Gavilanes capítulo 143, ¿verdad?
Lucía giró la cabeza, besándolo perezosa.
Esto es nuestra propia pasión de gavilanes, pensó, mientras el sueño los envolvía en la calidez de la noche mexicana. El viento afuera cantaba su aprobación, y en sus corazones, el fuego ardía eterno.