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Ver Pasión de Gavilanes en Carne Viva

7396 palabras

Ver Pasión de Gavilanes en Carne Viva

Era una noche de esas que el calor de Guadalajara te pega como una cachetada húmeda, pero adentro del depa todo estaba fresco con el aire acondicionado zumbando bajito. Yo, Ana, me recargué en el sofá de piel sintética que cruje un poquito cada vez que me muevo, con las piernas cruzadas y el control remoto en la mano. Diego, mi carnal en todo sentido, acababa de llegar del trabajo, todavía con el olor a asfalto caliente y sudor fresco pegado a la camisa. "Órale, mija", me dijo con esa sonrisa pícara que me deshace, "¿qué vamos a ver hoy? ¿Otra vez esa novela que te pone como leona?"

Le guiñé el ojo mientras encendía la tele. "Ver Pasión de Gavilanes, carnal. Esa donde los hermanos Reyes le entran con todo a las Elizondo. Neta, cada vez que la veo me acuerdo de nosotros". La pantalla se iluminó con los acordes de esa ranchera que te eriza la piel, y ahí estaban ellos, galanes morenos con camisas abiertas mostrando pechos duros como rocas, y ellas, curvilíneas, con ojos que prometían fuego. Diego se dejó caer a mi lado, su muslo grueso rozando el mío, y el calor de su cuerpo se coló por mi shortcito de algodón. Sentí ese cosquilleo inicial, como electricidad estática en el aire antes de la tormenta.

La novela avanzaba, y el primer beso en pantalla fue como un detonador. Juan Darío agarraba a Rosalba con fuerza, sus labios chocando con hambre, y yo no pude evitar morder mi labio inferior.

¡Pinche novela!, pensé. ¿Por qué carajos me prende tanto ver esa pasión de gavilanes? Es como si me estuvieran susurrando al oído lo que Diego y yo hacemos en la penumbra.
Su mano grande, callosa de tanto laburar en la construcción, se posó en mi rodilla, subiendo despacito por el interior del muslo. El roce era áspero, delicioso, y olía a su loción barata mezclada con macho puro. "¿Te gusta, Ana?", murmuró en mi oído, su aliento caliente oliendo a chicle de menta y cerveza light de la tarde.

En la tele, los gemidos empezaban a filtrarse, y Diego me jaló hacia él. Nuestros labios se encontraron primero suaves, explorando, saboreando el salado de su piel contra mi gloss de fresa. Su lengua se coló juguetona, danzando con la mía, y un gemido se me escapó, ahogado por el ruido de la novela. Sus dedos subieron más, rozando el borde de mis panties, donde ya sentía la humedad traicionera empapando la tela. ¡Qué rico!, pensé. Este pendejo sabe exactamente cómo hacerme arder. Lo empujé un poquito, juguetona, para que no fuera tan rápido. "Espera, güey, déjame ver cómo se calientan ellos primero".

Pero él no se quedó quieto. Me quitó la blusa con un movimiento fluido, dejando mis tetas libres, los pezones ya duros como piedritas bajo el aire frío. Los tomó en sus palmas, masajeándolos con pulgares expertos, y yo arqueé la espalda, sintiendo el sofá pegajoso contra mi espinazo sudado. En pantalla, las hermanas Elizondo se rendían a los Reyes, cuerpos entrelazados en un rancho polvoriento, y el sonido de sus respiraciones agitadas se mezclaba con la nuestra. Diego bajó la cabeza, chupando un pezón con hambre, su barba incipiente raspando mi piel sensible. Olía a tierra mojada de sus besos húmedos, y yo metí las manos en su pelo revuelto, jalándolo más cerca. "¡Ay, cabrón!", jadeé, mientras su mano se colaba por fin dentro de mis panties, dedos gruesos abriéndose paso entre mis labios hinchados.

El calor entre mis piernas era insoportable, como lava burbujeando. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos lentos que me hacían ver estrellas.

Ver Pasión de Gavilanes con él es como vivirla, pero mejor. Sus ojos negros clavados en mí mientras me toca, como si yo fuera la reina de ese rancho imaginario.
Me retorcí, las caderas moviéndose solas contra su mano, el sonido chido de mi humedad contra su piel. "Más, Diego, no pares", le rogué, y él sonrió contra mi pecho, mordisqueando suave. Se desabrochó el pantalón con la otra mano, sacando su verga gruesa, venosa, ya parada como asta de bandera. La tomé en mi puño, sintiendo el pulso latiendo fuerte, la piel aterciopelada caliente como hierro forjado. La apreté, masturbándolo despacio, y él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi vientre.

La novela llegó al clímax de ese capítulo, los amantes gimiendo alto, y nosotros no nos quedamos atrás. Diego me volteó boca abajo en el sofá, quitándome el short y las panties de un jalón. Su boca se hundió entre mis nalgas, lengua lamiendo desde atrás hasta adelante, saboreando mi flujo dulce y salado. ¡Madre santa, qué lengua tan chingona! Gemí fuerte, el olor a sexo llenando la habitación, mezclado con el aroma a palomitas rancias del otro día. Sus dedos entraron en mí, dos primero, luego tres, estirándome con maestría mientras su lengua jugaba con mi ano, círculos húmedos que me volvían loca. Me vine ahí mismo, un orgasmo que me sacudió como terremoto, jugos chorreando por sus dedos, mi grito ahogando el final de la novela.

Pero no paró. Me puso de rodillas en el piso alfombrado, él de pie frente a mí, verga apuntando a mi boca. La tomé ansiosa, saboreando el pre-semen salado en la punta, chupando profundo hasta que toqué sus bolas pesadas con la nariz. Él jadeaba, manos en mi cabeza guiándome, "¡Así, mi reina, trágatela toda!". El sabor era adictivo, macho puro, y yo lo mamaba con ganas, saliva goteando por mi barbilla. Luego me levantó como pluma, piernas alrededor de su cintura, y me empaló de un solo empujón. ¡Dios! Esa llenura, su verga abriéndome en dos, rozando ese punto adentro que me hace explotar. Caminó conmigo clavada, hasta la mesa del comedor, donde me recargó y empezó a bombear duro, piel contra piel chocando con palmadas sonoras.

Sus embestidas eran feroces, como los gavilanes cazando, cada una mandándome ondas de placer que me nublaban la vista. Olía a sudor nuestro, a sexo crudo, y el sabor de su cuello salado en mi lengua. "¡Te amo, Ana, eres mía!", rugía él, y yo respondía clavándole las uñas en la espalda.

Esta pasión de gavilanes es nuestra, más real que cualquier novela. Siento su corazón latiendo contra el mío, desbocado.
Cambiamos posiciones, yo encima ahora, cabalgándolo en el sofá, tetas rebotando, caderas girando para frotar mi clítoris contra su pubis. Él me pellizcaba las nalgas, azotando suave, y yo aceleré, sintiendo el orgasmo construyéndose otra vez, un nudo apretado en el bajo vientre.

Exploto en un grito, paredes de mi panocha apretándolo como tenazas, y él se vino conmigo, chorros calientes inundándome adentro, su semen espeso mezclándose con mis jugos. Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos pegajosos y temblorosos. La tele seguía con comerciales, pero ya no importaba. Diego me besó la frente, suave ahora, su mano acariciando mi pelo enredado. "La mejor forma de ver Pasión de Gavilanes, ¿verdad, mija?"

Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón calmarse, el olor a nosotros impregnado en la piel. Neta, esto es vida. Pasión real, de la buena, sin dramas de novela. Afuera, la ciudad zumbaba indiferente, pero adentro, en nuestro nido, el fuego aún ardía bajito, prometiendo más noches así. Cerré los ojos, satisfecha, con una sonrisa pendeja en los labios.

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