La Pasión Ardiente de Mr Darcy
Ana ajustó el escote de su vestido rojo fuego mientras entraba al salón de la hacienda en las afueras de Cuernavaca. El aire estaba cargado del aroma dulce de las bugambilias y el humo ligero de las parrillas donde asaban carnitas. La música de mariachi flotaba suave, mezclándose con risas y copas tintineando. Era la boda de su prima Lupita, y todo México parecía haber llegado: tíos con sombreros charros, tías con rebozos bordados y un montón de güeyes bien trajeados de la CDMX.
Se sirvió un tequila reposado en un caballito, el líquido ámbar quemándole la garganta con ese calor familiar que le subía por el pecho. Qué chido estar aquí, lejos del pinche tráfico y las juntas eternas, pensó, mientras escaneaba la multitud. Entonces lo vio. Alto, moreno, con una mandíbula que parecía tallada en obsidiana y ojos oscuros que perforaban como dagas. Vestía un traje negro impecable, camisa blanca abierta un botón de más, revelando un atisbo de piel bronceada. Estaba platicando con el novio, pero su postura era de puro orgullo, como si el mundo le debiera pleitesía.
Mr Darcy, murmuró para sí, recordando su libro favorito, La Pasión de Mr Darcy, esa versión erótica que devoraba en las noches solitarias. El protagonista, un lord arrogante que se rendía ante la pasión de una mujer común. Neta, este tipo era su viva imagen. Se llamaba Ricardo, le enteró después por una amiga. Dueño de viñedos en Valle de Guadalupe, millonario hecho a pulso, pero con esa fama de pendejo engreído que espantaba a las morras.
Él la miró entonces, directo a los ojos. Ana sintió un cosquilleo en la nuca, como si su piel se erizara bajo la mirada. Caminó hacia ella, copa en mano, con esa sonrisa torcida que gritaba soy intocable.
—No bailas, ¿verdad? —dijo él, voz grave como trueno lejano—. Las fiestas como esta no son para todos.
—Y tú pareces el rey del baile, ¿no, Mr Darcy? —replicó ella, burlona, alzando la ceja. El apodo le salió natural, inspirado en su lectura—. Todo orgullo y cero gracia.
Ricardo se rio, un sonido ronco que vibró en el pecho de Ana. Chin, qué voz. Se acercó más, su colonia cítrica invadiendo su espacio, mezclándose con el sudor ligero de la noche cálida.
—Si soy Mr Darcy, tú eres mi Elizabeth. La que me pone en mi lugar.
La tensión creció esa noche. Bailaron, cuerpos rozándose apenas, sus caderas sincronizándose al ritmo de un son jarocho. Cada toque era electricidad: su mano en la curva de su espalda, el calor de su aliento en su oreja. Ana sentía el pulso acelerado, el corazón martilleando como tambor.
¿Por qué este güey me prende tanto? Es un creído de la verga, pero neta, quiero que me bese ya, pensó, mientras él la guiaba por la pista.
Al día siguiente, en la hacienda aún vibrante de resaca, Ana salió a caminar por los jardines. El sol picaba, pero el aire traía olor a tierra mojada de la lluvia matutina. Ricardo apareció de la nada, con camisa de lino arremangada, mostrando antebrazos fuertes.
—No pude dormir pensando en ti —confesó, voz baja, ojos fijos en los suyos—. Eres como esa historia que mencionaste anoche. La Pasión de Mr Darcy. Me la acabo de bajar al celular. La leí de un jalón.
Ana se sonrojó, pero no retrocedió. ¿En serio? ¿Y qué te pareció?
—Que mi versión sería mejor —dijo él, acortando la distancia—. Sin páginas. Solo nosotros.
El beso llegó como tormenta. Sus labios carnosos capturaron los de ella, lengua explorando con hambre contenida. Ana gimió suave, manos enredándose en su cabello negro azabache. Sabía a tequila y menta, su barba raspando delicioso contra su piel suave. La presionó contra un muro de adobe, el calor de su cuerpo grande envolviéndola. Sus pechos se aplastaron contra el torso duro, pezones endureciéndose al roce.
—Ven conmigo —susurró él, tomándola de la mano hacia una cabaña apartada, rodeada de nopales y bugambilias trepadoras.
Dentro, el aire era fresco, olor a madera y sábanas limpias. Ricardo la besó de nuevo, lento esta vez, saboreando. Sus manos bajaron por su espalda, desabrochando el vestido con dedos hábiles. El tela cayó al suelo con un susurro, dejando a Ana en lencería negra, piel erizada por el aire y la anticipación.
Qué morra tan rica, pensó él, ojos devorándola. Ella lo desnudó a su vez, tirando de la camisa, revelando un pecho definido, vello oscuro bajando hacia el abdomen marcado. Su verga ya dura presionaba los pantalones, y Ana la rozó con la palma, sintiendo el calor palpitante.
—Orale, güey —jadeó ella, voz ronca—. No seas menso, fóllame ya.
La llevó a la cama king size, colchón hundéndose bajo su peso. Se tumbaron, cuerpos entrelazados, piel contra piel resbaladiza de sudor. Él besó su cuello, lamiendo la sal, bajando a los senos. Chupó un pezón rosado, tirando suave con los dientes, mientras su mano se colaba entre sus muslos. Ana arqueó la espalda, un gemido gutural escapando. Su dedo en mi clítoris, girando justo ahí, neta que sabe. Estaba mojada, lista, el aroma almizclado de su excitación llenando la habitación.
—Estás chorreando, mi Elizabeth —gruñó él, metiendo dos dedos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía ver estrellas. Ella cabalgó su mano, caderas moviéndose frenéticas, uñas clavándose en sus hombros.
La tensión escalaba, como en las novelas que amaba. Ricardo la volteó, poniéndola a cuatro patas, su verga gruesa rozando la entrada de su panocha. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. Ana gritó de placer, el sonido ecoando en la cabaña. Pinche verga enorme, me parte en dos y lo amo. Él embestía rítmico, bolas golpeando su clítoris, manos agarrando sus caderas con fuerza.
Cambiaron posiciones, ella encima ahora, montándolo como amazona. Sus tetas rebotaban, él las amasaba, pellizcando pezones. El sudor les chorreaba, mezclándose, pieles chocando con palmadas húmedas. Ana sentía el orgasmo construyéndose, un nudo apretado en el vientre, pulsos acelerados en oídos como tambores de guerra.
—Córrete conmigo, Mr Darcy —suplicó ella, voz quebrada.
Él aceleró, gruñendo como animal, y explotaron juntos. Ana convulsionó, paredes internas apretando su verga, chorros de placer mojando las sábanas. Ricardo se vació dentro, caliente y profundo, rugiendo su nombre.
Se derrumbaron, jadeantes, cuerpos temblando en afterglow. El sol entraba por la ventana, dorando sus pieles entrelazadas. Él la besó la frente, suave ahora, ternura reemplazando la furia.
—No eres como el libro —murmuró Ana, trazando círculos en su pecho—. Eres mejor. Mi Mr Darcy real.
—Y tú mi pasión eterna —respondió él, abrazándola fuerte.
Afuera, el mariachi lejano cantaba de amores imposibles, pero para ellos, todo era posible. La hacienda guardaba su secreto, el aroma de sexo y jazmín flotando en el aire, promesa de más noches ardientes.