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Los Ocho Instrumentos de la Pasión de Cristo

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Los Ocho Instrumentos de la Pasión de Cristo

En el corazón del Centro Histórico de la Ciudad de México, donde las calles empedradas susurran secretos coloniales, entré a esa tiendita de antigüedades que siempre me llamaba la atención. Olía a madera vieja y incienso quemado, como si los santos aún rondaran por ahí. Yo, Ana, una chilanga de veintiocho años que trabaja en una galería de arte, no pude resistir cuando vi esa caja de ébano tallada con cruces y espinas. Los ocho instrumentos de la pasión de Cristo, decía la inscripción en letras doradas desgastadas. La compré sin pensarlo dos veces, neta que me picó la curiosidad.

Esa noche, en mi depa de la Condesa, con las luces tenues y el aroma del café de olla que acababa de preparar, llamé a Marco. Mi carnal, mi amor de años, el wey que me hace vibrar con solo una mirada. Llegó con su sonrisa pícara, oliendo a colonia barata y deseo fresco. Le mostré la caja sobre la mesa de centro, y sus ojos se iluminaron como si hubiera encontrado el santo grial.

¿Qué chingados es esto, Ana? ¿Reliquias o qué? me dijo, mientras abría la tapa con cuidado. Adentro, no había huesos santos ni biblias raídas. Eran ocho objetos extraños, cada uno envuelto en terciopelo rojo: una bolsa de monedas de plata falsas, una linterna de cristal, un látigo de seda trenzada, una corona de rosas espinosas pero suaves al tacto, un manto púrpura de satén, una caña hueca de bambú, tres clavos de jade pulido y una lanza de marfil curvada. Un librito adjunto explicaba, en un español antiguo pero clarito, que los ocho instrumentos de la pasión de Cristo no eran solo para sufrir, sino para alcanzar la pasión divina, el éxtasis del cuerpo y el alma. Era como un manual erótico disfrazado de devoción, de esos que las monjas reprimidas soñarían en secreto.

Nos miramos, y el aire se cargó de electricidad.

Órale, mi reina, ¿y si los probamos? Consensuado, paso a paso, como siempre
, murmuró Marco, su voz ronca rozándome la piel. Asentí, el corazón latiéndome como tambor en fiesta. Empezamos despacio, con el primer instrumento: las monedas de plata. Las esparcimos por el suelo de mi sala, brillando bajo la luz de las velas. Jugamos a apostar besos; cada moneda que caía, un roce más íntimo. Sentí sus dedos fríos del metal deslizándose por mi cuello, bajando hasta mis pechos, que ya se endurecían bajo la blusa ligera. El tintineo era hipnótico, como lluvia de plata sobre mi piel ardiente.

El segundo, la linterna de cristal. La encendió y proyectó sombras danzantes en las paredes, iluminando mi silueta desnuda mientras me quitaba la ropa. Soy tu luz en la traición, pero tú me guías al placer, susurró, y me besó el ombligo, su aliento cálido contrastando con el vidrio fresco que rozaba mis muslos. El calor subía, mi pulso acelerado en las sienes, oliendo a su sudor limpio mezclado con mi excitación dulce.

La tensión crecía con el tercero: el látigo de seda. No dolía, carajo, era como caricias furiosas. Marco lo pasó por mi espalda, suave al principio, luego con más fuerza, dejando rastros rosados que ardían delicioso. ¡Ay, wey, no pares! gemí, arqueándome contra él. Mis uñas se clavaron en sus hombros musculosos, sintiendo los tendones tensos bajo la piel morena. El sonido del seda cortando el aire era música prohibida, y el olor a nuestra piel electrizada llenaba la habitación.

En el medio de la noche, con el cuarto hecho un desmadre de velas y telas revueltas, llegamos al cuarto instrumento: la corona de rosas espinosas. La colocó en mi cabeza como reina pecadora, las púas suaves pinchando lo justo para erizarme.

Corónate de placer, mi Cristo mujer
, dijo, y me lamió los labios mientras sus manos exploraban mis caderas anchas, mexicanas, listas para el sacrificio gozoso. Mi mente daba vueltas: Esto es pecado, pero qué chingón pecado. El sabor salado de su boca, el pinchazo leve en el cuero cabelludo, todo me llevaba al borde.

El quinto, el manto púrpura, nos envolvió como amantes romanos. Lo extendió en la cama king size, y me recostó sobre él, la seda fría besando mi culo desnudo. Marco se arrodilló, su lengua trazando caminos húmedos desde mis tobillos hasta el centro de mi fuego. Sentí cada vena de su lengua, el roce áspero de su barba incipiente en mis muslos internos, oliendo a jazmín de mi loción y a su virilidad cruda. Neta, Marco, me vas a matar de gusto, pensé, mientras mis caderas se movían solas, buscando más.

La escalada fue brutal con el sexto: la caña de bambú. La usó para golpear suave mis nalgas, un spanking que vibraba hasta mi clítoris hinchado. Cada ¡zas! era un latido compartido, el sonido seco rebotando en las paredes. Sudábamos, pegajosos, el olor almizclado de nuestros sexos mezclándose con el incienso residual. Lo jalé hacia mí, montándolo como amazona, sintiendo su verga dura llenándome centímetro a centímetro, el roce interno como fuego líquido.

Los clavos de jade vinieron después, fríos y lisos. Tres de ellos: los frotó por mi piel, trazando cruces sobre mis tetas, mi vientre, mi monte de Venus. El frío me erizó los vellos, contrastando con el calor de su cuerpo encima. Clávame en tu pasión, le rogué, y él obedeció, presionando uno contra mi entrada mientras me penetraba lento, profundo. El jade se calentó con mis jugos, resbaloso, y gemí su nombre como oración: ¡Marco, cabrón, más! Nuestros cuerpos chocaban, piel contra piel, sudor goteando, pulsos desbocados sincronizados.

El clímax, el octavo instrumento: la lanza de marfil curvada. La tomó él primero, yo guiándola hacia su pecho, rozando sus pezones oscuros hasta que suplicó. Luego, la invertí, él la deslizó en mí con maestría, curvándose justo donde dolía de placer.

Esta es la lanza que abre el costado al éxtasis
, jadeó, y nos fusionamos en un vaivén frenético. Sentí cada nervio explotar: el olor a sexo puro, el sabor de su cuello salado en mi boca, el sonido de carne húmeda aplastándose, el tacto de sus bolas contra mi culo. Vine primero, un tsunami que me dejó temblando, gritando en mexicano puro: ¡Chingado, sí, mi rey! Él me siguió, derramándose dentro con un rugido animal, su semen caliente marcándome como suya.

Después, en el afterglow, envueltos en el manto púrpura, con los ocho instrumentos de la pasión de Cristo esparcidos como trofeos, nos reímos bajito. El cuarto olía a nosotros, a victoria carnal. Marco me besó la frente, su mano en mi vientre aún palpitante. Eres mi santa patrona del placer, murmuró. Yo sonreí, sabiendo que esta caja había despertado algo eterno en nosotros. No era solo sexo; era devoción, pasión redentora. Y mientras el amanecer pintaba de oro las cortinas, supe que volveríamos a ellos, una y otra vez.

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