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La Pasion de Cristo Cosas Extranas

8106 palabras

La Pasion de Cristo Cosas Extranas

Las calles empedradas de Taxco brillaban bajo la luz de las velas esa noche de Viernes Santo. Tú, Ana, habías viajado desde el DF solo para ver el viacrucis viviente, esa recreación épica de La Pasion de Cristo cosas extranas que todos murmuraban por el pueblo. El aire estaba cargado de incienso dulce, mezclado con el olor terroso de la lluvia reciente y el sudor de la multitud apiñada. Tus sandalias rozaban las piedras cálidas, y cada paso enviaba un cosquilleo por tus piernas desnudas bajo el vestido ligero de algodón blanco, que se pegaba un poco a tu piel por la humedad.

Te abrías paso entre la gente, el bullicio de oraciones murmuradas y llantos fingidos te envolvía como una niebla sonora. De repente, lo viste: el actor que interpretaba a Jesús. Alto, moreno, con músculos definidos que tensaban la túnica raída. Sus ojos oscuros, enmarcados por una corona de espinas falsas, te atraparon desde la tarima. Cuando cargó la cruz pesada, sus bíceps se hincharon, el sudor perlaba su pecho expuesto, goteando lento por el valle de sus pectorales.

Órale, qué hombre, pensé. Neta que este Cristo hace que me den ganas de pecar de verdad.
Tu pulso se aceleró, un calor traicionero se encendió entre tus muslos, haciendo que apretaras las piernas instintivamente.

El espectáculo avanzó: flagelaciones simuladas con latigazos que restallaban en el aire, llenando tus oídos con ecos secos y dolorosos. Él gemía bajo la carga, voz grave y ronca que vibraba directo en tu vientre. Cosas extranas empezaron a pasar en tu mente: imaginabas tus manos en esa piel salada, lamiendo el sudor de su cuello mientras él te cargaba a ti, no una cruz fría, sino tu cuerpo ardiente. Mordiste tu labio, el sabor metálico de tu propia sangre te despertó un poco, pero el deseo crecía como la procesión misma, imparable.

Al final, cuando lo bajaron de la cruz en la plaza principal, la multitud aplaudió. Tú te quedaste atrás, fingiendo ajustar tu rebozo. Él se quitó la corona, sacudiendo la melena negra húmeda, y sus ojos te encontraron de nuevo. Sonrió, un gesto pícaro que no pegaba con el santo. ¿Quieres una foto con el Cristo resucitado? dijo, voz juguetona, con ese acento guerrerense que te erizó la piel. ¿Por qué no? Claro que sí, carnal, respondiste, voz ronca sin querer. Te acercaste, su mano grande tocó tu cintura para posar, y el contacto fue eléctrico: piel caliente contra tela fina, olor a hombre mezclado con mirra del disfraz.

Se llamaba Javier. Después de la foto, charlaron en un rincón sombreado. Esta vaina de La Pasion de Cristo cosas extranas siempre me deja exhausto, pero chido, confesó, pasándose la mano por el pecho aún jadeante. Tú reíste, Extranas nomás porque tú le pones ese fuego que no es de iglesia. Sus ojos se oscurecieron, y el aire entre ustedes se cargó de tensión. Caminaron juntos hacia su casa en las afueras, una casita colonial con patio de bugambilias. El camino olía a jazmín nocturno, grillos cantaban su sinfonía constante, y cada roce accidental de hombros enviaba chispas por tu espina.

En el patio, bajo la luz plateada de la luna llena, Javier te ofreció un tequila reposado. El líquido ámbar quemó tu garganta, sabor ahumado que se extendió por tu pecho como lava. Ana, desde la tarima te vi. Tus ojos... me quemaban más que las luces, murmuró, acercándose. Tu corazón latía desbocado, audible en el silencio.

Esto es loco, wey. Pero neta quiero que me folle como si fuera mi salvación personal.
Lo besaste primero, labios suaves pero urgentes contra los tuyos, barba incipiente raspando delicioso tu barbilla. Sus manos grandes subieron por tu espalda, desatando el vestido con dedos hábiles, dejando tu piel expuesta al aire fresco. Temblaste, pezones endureciéndose al instante bajo su mirada hambrienta.

Te llevó adentro, a la recámara con velas encendidas que parpadeaban sombras danzantes en las paredes de adobe. El colchón king lo recibieron de rodillas, él quitándose la camisa con lentitud tortuosa. Su torso desnudo era una obra maestra: abdomen marcado, vello oscuro bajando hacia el bulto creciente en sus pantalones. Quítamelos tú, mamacita, ordenó suave, voz como terciopelo ronco. Tus dedos temblorosos desabrocharon, liberando su verga gruesa, venosa, ya dura y palpitante. El olor almizclado de su excitación te golpeó, embriagador, haciendo que tu boca se llenara de saliva. La tocaste, piel sedosa sobre acero, y él gruñó, Chingón, así, agárrala firme.

La tensión escalaba: besos profundos donde lenguas danzaban salvajes, sabores a tequila y deseo puro. Sus manos exploraban tus curvas, amasando senos plenos, pulgares rozando pezones sensibles que enviaban descargas directas a tu clítoris hinchado. Te recostó, boca bajando por tu cuello, lamiendo el hueco de tu clavícula, mordisqueando suave hasta que jadeaste. Javier, órale, no pares, suplicaste. Él rio bajo, Esto apenas empieza, mi Magdalena. Sus labios llegaron a tu entrepierna, aliento caliente sobre tu panocha mojada. La lengua experta separó labios hinchados, saboreando tu néctar salado-dulce, chupando el clítoris con succiones perfectas que te arquearon la espalda. Gemidos tuyos llenaron la habitación, mezclados con sus lametones húmedos y el slap de su boca hambrienta.

Pero las cosas extranas vinieron entonces: en medio del éxtasis, imaginaste la cruz, sus manos atadas, pero invertido – tú atándolo a él con corbatas suaves de seda que encontró en un cajón, riendo. Ahora yo soy la que manda, Cristo mío, jugaste, voz empoderada. Él se dejó, ojos brillantes de lujuria. Montaste su cara primero, frotando tu concha empapada contra su boca barbuda, jugos chorreando por su barbilla mientras él devoraba. El roce áspero de su barba en tus muslos internos era fuego delicioso, pulsos acelerados sincronizándose.

Escalada brutal: lo volteaste, 69 perfecto donde su verga llenó tu boca, sabor salado y venoso deslizándose por tu garganta mientras él te comía con furia. Gargantas profundas, arcadas placenteras, saliva goteando. Luego, te penetró de lado, lento al inicio – la cabeza gruesa abriéndote centímetro a centímetro, estirándote hasta el fondo. ¡Qué chingona estás adentro, tan apretada y caliente! rugió. Embestidas crecientes, piel chocando con slap húmedo, sudor uniéndolos en una segunda piel resbalosa. Cambiaron posiciones: tú encima, cabalgando como amazona, senos rebotando, uñas clavándose en su pecho mientras girabas caderas, clítoris rozando su pubis púbico áspero.

La intensidad psicológica ardía:

Soy libre aquí, en esta pasion prohibida. No hay culpa, solo puro placer mexicano, carnal y chido.
Él te volteó a cuatro patas, manos en tus caderas anchas, follando profundo con ángulo que golpeaba tu punto G sin piedad. Olor a sexo denso, almizcle y sudor; sonidos de gemidos guturales, cama crujiendo; tacto de su vientre contra tu culo redondo, bolas pesadas slap-slapeando. ¡Ven, Ana, córrete conmigo! ordenó. El orgasmo te destrozó: contracciones violentas ordeñando su verga, chorros calientes mojando sábanas, grito ahogado en almohada. Él explotó segundos después, semen espeso llenándote, goteando caliente por tus muslos mientras colapsaba sobre ti, pesados jadeos en tu oreja.

En el afterglow, cuerpos entrelazados, pieles pegajosas enfriándose. Javier te besó la frente, Eso fue más que un viacrucis, fue resurrección pura. Tú sonreíste, dedo trazando su pecho marcado por arañazos leves. La Pasion de Cristo cosas extranas... neta que sí, pero la mejor noche de mi vida. Afuera, el amanecer teñía el cielo de rosa, grillos callando ante pájaros madrugadores. Te sentiste empoderada, renovada, lista para volver a la ciudad con este secreto ardiente grabado en cada célula. No hubo culpas, solo satisfacción profunda, un cierre perfecto a la tension acumulada.

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