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Frases de Pasión por lo que Haces

7509 palabras

Frases de Pasión por lo que Haces

Entré al taller de Juan en el corazón de la Roma, ese barrio chido de la Ciudad de México donde todo huele a café recién molido y a creatividad desbordada. El sol de la tarde se colaba por las ventanas altas, pintando rayas doradas sobre las mesas llenas de herramientas y piezas de joyería a medio hacer. Juan estaba ahí, concentrado, sus manos fuertes moldeando una delicada cadena de plata con esa pasión que me volvía loca. Llevaba una playera ajustada que se pegaba a su pecho sudado, y unos jeans desgastados que marcaban cada músculo de sus piernas. Órale, pensé, qué wey tan mamador cuando se mete en su mundo.

Me acerqué despacio, sintiendo el calor del horno de fundición que zumbaba bajito como un ronroneo. El aire estaba cargado con el olor metálico de la plata caliente y un toque de su colonia, esa que siempre me hacía agua la boca. "Ey, carnal", le dije suave, rozando su espalda con las yemas de los dedos. Él levantó la vista, sus ojos cafés brillando con esa chispa de fuego interior. "¡Mamacita! ¿Ya llegaste? Ven, mira esto", respondió, sin soltar el alambre que torcía con maestría.

Me senté en un banquito alto, cruzando las piernas para que mi falda corta subiera un poquito, sabiendo que lo distraería. Lo observé trabajar, hipnotizada por el movimiento preciso de sus dedos callosos. Cada giro, cada pulido, era como un baile erótico. En mi mente, brotaron frases de pasión por lo que haces, palabras que quería susurrarle al oído: Eres un pinche artista cuando te dejas llevar por tu oficio, Juan, me pones caliente solo de verte sudar por eso. Pero me las guardé, dejando que la tensión creciera como el calor en mi entrepierna.

¿Por qué me enciende tanto verlo así? No es solo su cuerpo, es esa entrega total, esa hambre por crear algo perfecto. Me hace querer entregarme yo también, sin reservas.

El taller estaba en silencio salvo por el raspado del metal y su respiración profunda, rítmica. Extendí la mano y tracé la línea de su brazo, sintiendo los vellos erizarse bajo mi tacto. "Me encanta verte", murmuré. Él sonrió de lado, ese gesto pillo que me deshacía. "Es que neta, lo que hago me prende. Siento la plata como si fuera parte de mí". Sus palabras fueron como un beso en el cuello, encendiendo chispas en mi piel.

Acto seguido, dejó la herramienta y se giró hacia mí, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Nuestras miradas se engancharon, y el aire se espesó. "Ven acá", dijo con voz ronca, jalándome de la cintura hasta pegarme a él. Su pecho subía y bajaba contra mis tetas, y olía a hombre puro, a esfuerzo y deseo. Nuestros labios se rozaron primero, suaves, probando sabores: sal de su piel, dulzor de mi gloss de fresa. Luego el beso se profundizó, lenguas enredándose con urgencia, como si lleváramos semanas sin tocarnos.

Sus manos bajaron a mis caderas, amasándome con fuerza, mientras yo enredaba los dedos en su pelo revuelto. "Dime qué te gusta de lo que hago", jadeó contra mi boca. Reí bajito, mordiéndole el labio inferior. "Frases de pasión por lo que haces se me ocurren mil, pendejo. Cómo tus manos crean belleza, cómo sudas por perfeccionarlo todo... me hace mojarme pensando en cómo me vas a follar con esa misma intensidad". Él gruñó, un sonido gutural que vibró en mi clítoris, y me levantó sobre la mesa de trabajo, barriendo herramientas con un ruido metálico que solo avivó el fuego.

Acto dos, la escalada. Me recargó contra la pared fría del taller, contrastando con su cuerpo ardiente. Desabrochó mi blusa con dedos ansiosos, exponiendo mis pechos al aire fresco. Sus labios bajaron, lamiendo un pezón hasta endurecerlo, chupándolo con hambre mientras yo gemía, arqueándome. "¡Ay, cabrón!", exclamé, clavando uñas en su espalda. El sonido de mi voz rebotó en las paredes, mezclado con succión húmeda y mi respiración agitada. Olía a nuestra excitación, ese almizcle dulce que impregna todo.

Le bajé el cierre de los jeans, liberando su verga dura, palpitante, que saltó contra mi muslo. La tomé en la mano, sintiendo su calor, las venas marcadas, el pre-semen lubricando mi palma. "Mira lo que me haces", le dije, bombeándola lento. Él jadeó, ojos entrecerrados. "Sigue, chula, no pares". Nos frotamos así un rato, piel contra piel resbalosa, el taller testigo de nuestro ritual. Luego, me volteó, jalándome la falda hasta la cintura. Sus dedos exploraron mi tanga empapada, rasgándola con un tirón que me hizo gritar de placer. "Estás chorreando, mi reina", murmuró, hundiéndolos en mí, curvándolos para tocar ese punto que me hace ver estrellas.

El ritmo aumentó, mis caderas moviéndose contra su mano, jugos goteando por mis piernas. Internamente, luchaba con el deseo de correrme ya, pero quería más. "Por lo que haces con tus manos, te mereces que te chupe hasta que ruegues", pensé, girándome para arrodillarme. Su verga frente a mi cara, gruesa y venosa, olía a masculinidad pura. La lamí desde la base, saboreando la sal, hasta meterla en mi boca profunda, garganta relajada. Él agarró mi cabeza, follando mi boca con cuidado, gimiendo "¡Qué rico, neta!". El sonido de succión y saliva era obsceno, delicioso.

Esta pasión suya por crear, por dominar su arte, se transfiere a la cama. Me folla como si yo fuera su obra maestra, y eso me empodera, me hace sentir invencible.

Pero no aguantamos más. Me levantó, penetrándome de un solo empujón contra la mesa. "¡Sí, así!", grité, piernas alrededor de su cintura. Entraba y salía con fuerza controlada, cada embestida golpeando profundo, mi clítoris rozando su pubis. Sudábamos juntos, cuerpos chocando con palmadas húmedas, el olor a sexo invadiendo todo. Sus manos en mis nalgas, amasando, separando para ir más hondo. "Dime esas frases de pasión", exigió entre dientes. "¡Amo cómo te apasionas por lo que haces, wey! Fuerte, no pares, ¡chinga como artista!".

La tensión creció, espirales de placer enroscándose en mi vientre. Él aceleró, gruñendo, mi coño apretándolo como un puño. "Me vengo, mamacita", avisó, y eso me lanzó al borde. Explosamos juntos, mi orgasmo sacudiendo mi cuerpo en oleadas, chorros calientes mojando sus bolas, su leche llenándome profunda, goteando. Gritos ahogados, temblores compartidos, el mundo reduciéndose a esa unión pulsante.

Acto final, el afterglow. Nos desplomamos en el piso sobre una manta que él tiró rápido, cuerpos entrelazados, piel pegajosa brillando bajo la luz menguante. Su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón galopante calmarse. Acaricié su pelo, inhalando su aroma post-sexo: sudor, semen, plata. "Eres increíble", susurré. Él levantó la vista, besándome la nariz. "Gracias por inspirarme, por esas frases de pasión por lo que haces que me hacen sentir vivo".

Nos quedamos así, riendo bajito de lo desordenado del taller, planeando la cena en ese taquito de la esquina que tanto nos gustaba. Esa noche, en su cama king size con sábanas de algodón egipcio, hicimos el amor de nuevo, lento, saboreando cada caricia. Su pasión por su arte se había fundido con la nuestra, dejando un lazo más fuerte. Y yo, pensando en más frases para decirle, porque eso es lo que nos mantiene encendidos.

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