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Distribución de las Horas de la Pasión

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Distribución de las Horas de la Pasión

Ana miró el calendario en la pantalla de su laptop, sentada en la terraza de su departamento en Polanco, con el sol de la mañana bañando la ciudad de México en un resplandor dorado. El aroma del café recién molido se mezclaba con el perfume de las bugambilias que trepaban por la pared. Marco, su carnal de tantos años, se acercó por detrás, sus manos fuertes rodeándola con esa calidez que siempre la ponía a mil.

Órale, mi amor, ¿ya estás planeando el desmadre? murmuró él contra su oreja, su aliento caliente rozando su piel y erizándola de inmediato.

Ella sonrió, girándose para besarlo con hambre contenida. Habían hablado de esto la noche anterior, entre copas de mezcal y risas. Su vida era un torbellino: ella en su agencia de publicidad, él gerenciando su taller de autos de lujo. El tiempo para la distribución de las horas de la pasión se había vuelto un lujo escaso, pero neta, no iban a dejar que la rutina los apagara. Decidieron organizarlo como un pinche cronograma ejecutivo: mañanas para besos robados, tardes para mensajes calientes y noches para explotar.

Esto va a estar chingón, Ana. Vamos a hacer que cada hora cuente.
Le había dicho Marco, y ella sintió un cosquilleo en el vientre solo de imaginarlo.

La primera hora de pasión cayó esa misma mañana. Ana se levantó primero, como siempre, pero en lugar de correr al gym, esperó a que él despertara. El reloj marcaba las siete. Se metió de nuevo en la cama, su cuerpo desnudo rozando las sábanas frescas de algodón egipcio. Marco abrió los ojos, somnoliento, y ella ya estaba encima, sus pechos rozando su pecho peludo, el olor a su piel masculina invadiéndola como un afrodisíaco puro.

Buenos días, pendejo —susurró ella, mordisqueando su labio inferior mientras sus caderas se mecían lentas, sintiendo cómo su verga se endurecía contra su panocha húmeda.

Él gruñó, sus manos grandes apretando sus nalgas con fuerza, el tacto áspero de sus palmas enviando chispas por su espina. Se besaron con urgencia, lenguas enredándose, el sabor salado de su boca mezclándose con el dulzor de su saliva. Ana se incorporó, guiándolo dentro de ella con un gemido ahogado. El estiramiento delicioso la hizo arquear la espalda, sus uñas clavándose en sus hombros mientras cabalgaba despacio, el sonido húmedo de sus cuerpos uniéndose llenando la habitación. Cada embestida era un pulso acelerado, el sudor comenzando a perlar sus pieles, el aire cargado del almizcle de su excitación.

Climax rápido, intenso. Marco la volteó, penetrándola desde atrás con golpes profundos que la hicieron gritar su nombre. El orgasmo la sacudió como un terremoto, sus paredes contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo hasta que él se derramó dentro con un rugido gutural. Se derrumbaron jadeantes, riendo entre besos pegajosos.

Primera hora check —dijo ella, aún temblando.

El día avanzó con esa promesa latiendo en sus venas. En la oficina, Ana revisaba campañas publicitarias, pero su mente vagaba. Marco le mandó un mensaje a las once: "Pienso en cómo te chupo ahorita, morra. Tu clítoris hinchado en mi lengua". Ella se mordió el labio, sintiendo la humedad entre sus muslos, el roce de la tanga contra su carne sensible. Respondió con una foto discreta de su escote, el corazón acelerado por la adrenalina del riesgo.

Tarde en la tarde, la segunda distribución llegó en el estacionamiento subterráneo de su edificio. Marco la esperaba en su camioneta, el motor aún caliente como su mirada. Apenas cerró la puerta, él la jaló a su regazo, sus bocas chocando en un beso feroz. El olor a cuero nuevo y su colonia especiada la mareaba. Sus manos expertas subieron su falda, dedos hurgando bajo la tela, encontrándola empapada.

Estás chorreando por mí, ¿verdad, reina? —gruñó, mientras ella desabrochaba su chamarra y lamía el sudor de su cuello salado.

Se movieron con frenesí, ella montándolo en el asiento del copiloto, el espacio confinado amplificando cada roce. La verga gruesa la llenaba hasta el fondo, sus caderas chocando con palmadas rítmicas, el vidrio empañándose con su aliento entrecortado. Ana clavó los dientes en su hombro para no gritar demasiado, el placer construyéndose en oleadas, sus pezones duros rozando su camisa. Él la pellizcó, acelerando, hasta que ella explotó en espasmos, su jugo chorreando por sus muslos, llevándolo con ella al éxtasis.

Regresaron a casa riendo como chavos, el atardecer tiñendo el cielo de rosas y naranjas. Cenaron tacos de su taquería favorita, traídos a domicilio, el picor del chile y el cilantro fresco en la lengua avivando el fuego residual.

Pero la verdadera distribución culminaba en la noche, la hora maestra de la pasión. Después de una ducha compartida —donde se lavaron mutuamente con jabón de lavanda, dedos explorando cada curva, risas ahogadas en besos—, se tumbaron en la cama king size, velas parpadeando sombras danzantes en las paredes.

Ana lo miró, su cuerpo atlético tendido ante ella, la verga semierecta palpitando con anticipación. Esto es nuestro, pensó, el corazón hinchado de amor y lujuria. Lo besó desde los pies, lengua trazando venas saladas, subiendo por muslos firmos hasta su entrepierna. El sabor almizclado de su piel la enloqueció; lo tomó en la boca, succionando lento, oyendo sus gemidos roncos que vibraban en su garganta.

Neta, Ana, me vas a matar así —jadeó él, enredando dedos en su cabello húmedo.

Ella sonrió alrededor de él, acelerando el ritmo, saliva goteando, hasta que lo tuvo al borde. Entonces se detuvo, trepando para sentarse en su rostro. Marco la devoró con hambre, lengua plana lamiendo su raja, chupando su clítoris hinchado como un hombre poseído. Ana se arqueó, manos en la cabecera, el sonido de su succión obsceno y delicioso, su nariz rozando su monte de Venus. El orgasmo la golpeó violento, piernas temblando, chorro caliente salpicando su barbilla.

Él la volteó boca abajo, penetrándola de rodillas, el ángulo perfecto para golpear su punto G. Cada embestida era un trueno: piel contra piel, sudor resbalando, sus bolas golpeando su clítoris. Ana gritaba sin pudor, "¡Más duro, cabrón, así!", el placer retorciéndola. Marco la jaló por el pelo con cuidado, mordiendo su nuca, acelerando hasta que el mundo se disolvió en éxtasis compartido. Se corrió dentro de ella con un bramido, colapsando juntos en un enredo de miembros exhaustos.

Yacieron allí, pulsos calmándose, el aire espeso con el olor a sexo y satisfacción. Ana trazó círculos en su pecho, escuchando su corazón latir fuerte.

La distribución de las horas de la pasión no era solo sexo; era reconectar, recordarnos que en medio del desmadre citadino, nosotros éramos el centro.

Marco la besó la frente, sonriendo perezoso.

Mañana repetimos el cronograma, ¿sale?

Ella rio, acurrucándose más. Sí, salía perfecto. La noche envolvió su mundo en paz ardiente, promesa de más horas por distribuir.

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