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Escena de la Ultima Cena de la Pasion de Cristo en Nuestra Mesa de Placer

7227 palabras

Escena de la Ultima Cena de la Pasion de Cristo en Nuestra Mesa de Placer

Estábamos en mi depa de la Roma, con las luces bajas y el olor a incienso flotando en el aire como en esas noches que prometen algo chido. Ximena, mi morra, se acurrucaba contra mí en el sillón, su piel morena rozando la mía bajo la cobija delgada. Habíamos puesto La Pasion de Cristo porque a ella le gustaba el rollo dramático, pero neta, yo solo quería excusarme para abrazarla más pegadito. El vino tinto que trajimos del súper ya nos tenía medio alegres, y el calor de su cuerpo me hacía sudar un poquito.

De repente, llega esa escena: la escena de la ultima cena de la Pasion de Cristo. Los apóstoles alrededor de la mesa, Jesús partiendo el pan, el vino derramándose como sangre prometida. La cámara se acerca a sus rostros, a las manos que se tocan con reverencia, al sudor en las frentes bajo la luz de las velas. Ximena suspiró hondo, su mano apretando mi muslo.

Órale, carnal, mira cómo se miran... como si supieran lo que viene, pero con esa tensión que te pone la piel chinita, murmuró ella, su aliento caliente en mi cuello.

Sentí un cosquilleo subirme por la verga, que ya se estaba parando dura contra mis bóxers. La escena era intensa, carnal, llena de promesas rotas y cuerpos cercanos. Neta, en ese momento vi la mesa no como algo sagrado, sino como un altar para el deseo. Ximena giró la cara, sus ojos negros brillando con picardía mexicana.

—¿Y si la recreamos, papacito? Solo tú y yo, como en la peli, pero con nuestro toque…

Mi corazón latió fuerte, el pulso retumbando en mis oídos como tambores de una fiesta en el Zócalo. Le dije que simón, que valía la pena, y pausamos la película justo ahí, congelados en esa imagen de intimidad prohibida.

Nos paramos, riendo bajito mientras preparábamos la mesa del comedor. Encendí velas que olían a vainilla y canela, saqué pan del día del panadero de la esquina, queso fresco y uvas maduras que chorreaban jugo. El vino lo servimos en copas altas, rojo como la pasión que ya nos quemaba por dentro. Ximena se quitó la blusa floja, quedando en bra de encaje negro que apenas contenía sus chichis firmes. Yo me desabroché la camisa, dejando que el aire fresco me erizara la piel.

Nos sentamos frente a frente, las rodillas tocándose bajo la mesa de madera que crujía suave. Ella partió el pan, como en la escena de la ultima cena de la Pasion de Cristo, y me lo ofreció, sus dedos rozando mis labios. Mordí, el sabor terroso y cálido explotando en mi boca, migajas cayendo sobre mi pecho desnudo.

Esto es mejor que la biblia, wey... siente cómo mi piel arde por ti, pensé, mientras lamía sus dedos, saboreando la sal de su sudor mezclado con el pan.

El deseo crecía lento, como el vino que se calienta en la garganta. Le di una uva, apretándola contra sus labios carnosos hasta que reventó, el jugo dulce resbalando por su barbilla. Ella lo lamió despacio, gimiendo bajito, un sonido que me puso la verga como piedra. Nuestras manos exploraban ahora: la mía subiendo por su muslo suave, sintiendo el calor húmedo entre sus piernas a través de las panties. Ella me tocaba el pecho, arañando leve con las uñas pintadas de rojo, bajando hasta mi cintura.

—Ven, acuéstate en la mesa como el carnal principal… déjame servirte, —dijo con voz ronca, empujándome suave hasta que mi espalda sintió la madera fresca y áspera.

Me recosté, el corazón martillando, mientras ella vertía vino sobre mi torso. El líquido frío corría por mis músculos, goteando hacia mi ombligo, y Ximena se inclinó, su lengua trazando el camino, lamiendo cada gota con chupadas lentas que me hacían arquear la espalda. Olía a su perfume de jazmín mezclado con el vino fermentado, y el roce de su cabello negro sobre mi piel era eléctrico. Mi mano enredada en sus mechones, guiándola más abajo.

La tensión subía, psicológica y física. ¿Y si alguien nos ve por la ventana? ¿Y si este pecado nos quema vivos? Pero eso solo avivaba el fuego. Ella se subió las panties, frotándose contra mi pierna, su concha mojada dejando un rastro caliente y resbaloso. Yo la volteé, poniéndola a ella sobre la mesa ahora, partiendo una rebanada de queso y untándolo en sus chichis expuestas. Lamí, mordí suave los pezones duros como piedras de obsidiana, oyendo sus jadeos que llenaban el cuarto como música de cumbia prohibida.

—¡Ay, wey, no pares! Chingame con la boca primero…

Bajé, besando su vientre suave que subía y bajaba rápido, oliendo su arousal almizclado y dulce como tamarindo maduro. Le quité las panties de un jalón, exponiendo su panocha hinchada y brillante. Mi lengua se hundió, saboreando su néctar salado-dulce, chupando el clítoris que palpitaba bajo mi presión. Ella gritaba bajito, “¡Sí, carnal, así!”, sus caderas moviéndose contra mi cara, el sudor perlando su piel morena. Mis dedos entraron, curvándose para tocar ese punto que la hacía temblar, mientras el mundo se reducía a su sabor, su olor, sus gemidos roncos.

Pero quería más, necesitaba unirnos. Me paré, bajándome los pantalones, mi verga saltando libre, venosa y dura, goteando pre-semen. Ximena se arrodilló un segundo, como en ofrenda, y la tomó en su boca caliente, chupando con hambre, sus labios estirados alrededor del grosor. Sentí su garganta apretándome, el calor húmedo succionando, mis bolas tensándose. No voy a durar si sigue así, pendeja deliciosa.

La levanté, colocándola de espaldas en la mesa, las velas parpadeando sombras sobre sus curvas. Entré despacio, centímetro a centímetro, sintiendo sus paredes calientes envolviéndome como terciopelo mojado. Ella empujó contra mí, “¡Más fuerte, cabrón, dame todo!” Embestí, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros gruñidos, el vino derramado haciendo todo resbaloso. Sus uñas en mi espalda, dejando marcas rojas que ardían delicioso. Sudor goteando, mezclándose, olores de sexo crudo y pan tostado.

La volteamos, ella encima ahora, cabalgándome como jinete en palenque. Sus chichis rebotando, yo apretándolas, pellizcando pezones mientras ella giraba las caderas, moliendo su clítoris contra mi pubis. El clímax se acercaba, su concha contrayéndose, ordeñándome. “¡Me vengo, wey! ¡Júntate!” gritó, y explotamos juntos: yo llenándola con chorros calientes, ella temblando, juices chorreando por mis bolas.

Colapsamos en la mesa, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor, vino y semen. El aire pesado con nuestro olor, las velas apagándose solas. Ximena se acurrucó en mi pecho, riendo suave.

—Neta, esa escena de la ultima cena de la Pasion de Cristo nos prendió cabrón. Hagámoslo tradición.

La besé, saboreando el afterglow, el corazón calmándose. En ese momento, supe que nuestra pasión era sagrada a nuestra manera, un ritual de placer puro y consentido que nos unía más que cualquier misa. La noche se extendía, prometiendo más rondas, pero por ahora, solo éramos nosotros, satisfechos, en nuestra mesa bendita.

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