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Pasión de Gavilanes Capítulo 85 Fuego en las Entrañas

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Pasión de Gavilanes Capítulo 85 Fuego en las Entrañas

La noche en la hacienda de tequila en las afueras de Guadalajara se sentía cargada de promesas. El aire olía a tierra mojada por la lluvia reciente y al dulce aroma de las bugambilias que trepaban por las paredes de adobe. Gabriela, con su blusa de encaje blanco pegada al cuerpo por el bochorno, caminaba de un lado a otro en el porche. Hacía semanas que no veía a Diego, su amor de toda la vida, el hombre que la hacía temblar con solo una mirada. Habían discutido por celos tontos, pero ahora él volvía, y el corazón le latía como tambor en fiesta.

Órale, Gabriela, cálmate, se dijo a sí misma, sintiendo el pulso acelerado en las sienes. Recordaba las noches pasadas, sus manos ásperas de tanto trabajar en el agave rozándole la piel suave, ese olor a hombre mezclado con tierra y sudor que la volvía loca. Quería olerlo de nuevo, probarlo, sentirlo dentro de ella hasta perder la razón.

El rugido de la camioneta rompió el silencio. Diego bajó de un salto, su camisa negra abierta hasta el pecho, mostrando ese torso moreno y musculoso que tanto adoraba. Sus ojos, oscuros como el mezcal, la devoraron al instante.

Mamacita, murmuró acercándose, su voz ronca como grava. —No aguanto más sin ti.

Gabriela se lanzó a sus brazos, sus labios chocando en un beso hambriento. Saboreó el tequila en su lengua, cálido y ardiente, mientras sus manos se enredaban en su cabello negro revuelto. El mundo se redujo a ese momento: el roce de sus pechos contra su pecho duro, el calor que subía desde su vientre.

Esto es como Pasión de Gavilanes capítulo 85, pensó ella, recordando el capítulo de la telenovela que habían visto juntos la última vez, donde los amantes se reencontraban en una pasión desbordada. Pero esto era real, nuestro, más intenso.

Diego la cargó sin esfuerzo, entrando a la casa iluminada solo por velas. La recámara olía a lavanda y a su perfume favorito, ese que ella rociaba esperando noches como esta. La depositó en la cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio, suaves como caricia de seda.

—Te extrañé tanto, pendejo, susurró ella juguetona, tirando de su camisa para quitársela. Él rio bajito, ese sonido grave que le erizaba la piel.

—Y yo a ti, mi reina. Déjame demostrarte cuánto.

Acto primero: la tensión inicial se palpaba en el aire espeso. Sus manos exploraban con lentitud tortuosa, como si quisieran grabar cada curva del otro. Diego besó su cuello, inhalando el aroma salado de su piel, mientras Gabriela gemía suave, sintiendo el calor húmedo entre sus muslos crecer. Él deslizó la blusa por sus hombros, exponiendo sus senos plenos, los pezones endurecidos por el deseo. Los lamió con la lengua plana, saboreando el dulzor salado, haciendo que ella arqueara la espalda.

Qué rico sabes, gruñó él, bajando por su vientre plano hasta el borde del pantalón de mezclilla. Lo desabrochó con dientes, el sonido del zipper como promesa de placer. Gabriela levantó las caderas, ansiosa, oliendo su propia excitación mezclada con el almizcle de él.

Pero no apresuraron nada. Se miraron a los ojos, conectados en esa intimidad profunda. Esto no es solo sexo, es nosotros, pensó ella, mientras sus dedos trazaban el contorno de su verga endurecida bajo el pantalón, sintiendo el pulso fuerte, el calor que irradiaba.

La quitó la ropa interior de encaje rojo, exponiendo su panocha depilada, ya brillante de jugos. Él se arrodilló al pie de la cama, besando el interior de sus muslos, el roce de su barba incipiente raspando deliciosamente. Gabriela jadeó, el sonido de su respiración agitada llenando la habitación, mezclado con el lejano canto de grillos.

Acto segundo: la escalada. Diego separó sus labios mayores con los dedos, admirando el rosa húmedo, el clítoris hinchado como perla. Lo rozó con la yema del pulgar, círculos lentos, mientras introducía un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía gritar.

¡Ay, Diego! ¡No pares, carnal! exclamó ella, las uñas clavándose en las sábanas. El sonido chapoteante de sus dedos entrando y saliendo era obsceno, excitante, oliendo a sexo puro. Él aceleró, chupando su botón con labios suaves, la lengua danzando en espirales. Gabriela sintió el orgasmo construir como ola en el Pacífico, el vientre contrayéndose, los muslos temblando alrededor de su cabeza.

Pero él se detuvo justo antes, subiendo para besarla, haciéndola probarse a sí misma en su boca. —Todavía no, mi amor. Quiero que vengas conmigo.

Se desvistió rápido, su verga saltando libre, gruesa y venosa, la punta perlada de precúm. Gabriela la tomó en mano, sintiendo la piel aterciopelada sobre acero, el calor palpitante. La lamió desde la base hasta la cabeza, saboreando el salado almizclado, metiéndosela hasta la garganta mientras él gemía, las manos enredadas en su melena castaña.

Eres una diosa, Gabriela. Qué chido se siente tu boca caliente.

Pasión de Gavilanes capítulo 85 no se compara con esto, pensó ella, excitada por su entrega total. Aquí no hay guion, solo puro instinto mexicano, deseo que quema como chile habanero.

La volteó boca abajo, poniéndola a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo sus rodillas. Desde atrás, frotó su verga contra su raja empapada, untándola de sus jugos. Ella empujó hacia él, ansiosa. —Chíngame ya, no mames.

Entró de un solo golpe suave, llenándola por completo. El estiramiento ardiente la hizo gritar de placer, sintiendo cada vena rozando sus paredes internas. Diego embistió lento al principio, el sonido de carne contra carne retumbando, sus bolas golpeando su clítoris. El sudor les corría por la espalda, oliendo a sexo y pasión.

Aceleró, una mano en su cadera, la otra pellizcando un pezón. Gabriela se tocaba el clítoris, círculos frenéticos, el placer duplicándose. Sus pensamientos eran un torbellino: Sí, así, más fuerte, eres mío, solo mío. El orgasmo la golpeó como rayo, contrayendo su concha alrededor de su verga, ordeñándolo, jugos chorreando por sus muslos.

Diego gruñó, saliendo para voltearla y entrar de nuevo misionero, profundo, mirándola a los ojos. —Voy a venirme, reina. Ella asintió, piernas enredadas en su cintura. Él se corrió con un rugido, chorros calientes llenándola, el exceso saliendo en burbujas blancas. Colapsaron juntos, pulsos latiendo al unísono.

Acto tercero: el afterglow. Diego se quedó dentro de ella un rato, besando su frente sudorosa, inhalando su aroma post-sexo. Salieron despacio, un río de semen mezclada con sus jugos bajando por sus piernas. Se limpiaron mutuamente con toallas tibias, riendo bajito, caricias tiernas.

—Te amo, Gabriela. No más discusiones tontas.

—Y yo a ti, mi gavilán. Esto fue mejor que cualquier telenovela.

Se acurrucaron bajo las sábanas, el viento nocturno trayendo olor a jazmín. Gabriela sintió paz profunda, el cuerpo saciado, el alma plena. Mañana sería otro día en su hacienda, pero esta noche, Pasión de Gavilanes capítulo 85 había sido su propio capítulo de fuego eterno, grabado en piel y memoria.

El sueño los envolvió, cuerpos entrelazados, corazones sincronizados en esa danza mexicana de amor y deseo.

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