Diario de una Pasión Escena del Lago
Querido diario, hoy te escribo con el corazón latiendo a mil, todavía oliendo a lago y a piel sudada. Diario de una pasión escena del lago, así le voy a llamar a esta entrada, porque neta, lo que pasó en la orilla de ese paraíso acuático fue de otro mundo. Me llamo Ana, tengo veintiocho pirulos y vivo en Guadalajara, pero hoy escapé con Diego, mi carnal del alma, el wey que me hace vibrar con solo una mirada. Él es alto, moreno, con esos ojos cafés que te desnudan sin piedad. Llevábamos semanas coqueteando por WhatsApp, mandándonos fotos calientes, pero hoy dijimos órale, vamos al lago de Chapala, a soltarnos la melena.
El sol se ponía como en esas postales, tiñendo el agua de naranja y rosa, y el aire traía ese olor fresco a tierra mojada mezclado con el humo lejano de unas parrilladas. Aparcamos la troca cerca de una cala escondida, lejos de los turistas pendejos. Bajamos con una hielera llena de chelas frías y una cobija gruesa. Diego me miró mientras caminábamos, su mano rozando la mía, y sentí ese cosquilleo en la panza, como mariposas locas. ¿Por qué carajos me pones así, pinche Diego? pensé, mordiéndome el labio.
"Ven pa'cá, rica", me dijo con esa voz ronca que me derrite, jalándome hacia él. Nos besamos de pie, con el lago lamiendo la arena a unos metros. Sus labios sabían a menta y a la salsa picante que comimos en el camino. Le metí las manos por debajo de la playera, sintiendo sus músculos duros, el calor de su piel contra mis palmas. Él me apretó las nalgas, levantándome un poquito, y yo reí bajito, excitada ya. "Tranquilo, cabrón, que todavía no llegamos", le susurré al oído, mordiéndole el lóbulo. Pero mi cuerpo ya estaba traicionándome, la entrepierna húmeda, los pezones parados contra el brasier.
"Hoy no hay prisa, mi amor. Quiero saborearte despacito, como si fueras el elote más dulce del mercado."
Extendimos la cobija y nos sentamos, bebiendo chelas mientras el sol se hundía. Hablamos de pendejadas, de lo chido que era escaparnos de la ciudad, pero sus ojos no se despegaban de mis chichis, que se marcaban bajo la blusa ligera. Yo me recargué en su hombro, oliendo su colonia barata pero tan masculina, y le conté mis sueños locos. La tensión crecía, como el agua del lago subiendo con la luna. Sus dedos jugaban con el borde de mi short, rozando mi muslo interno, y yo abrí las piernas un cachito, invitándolo sin palabras.
Acto dos de esta locura: la noche cayó como manta negra, salpicada de estrellas que se reflejaban en el agua quieta. El sonido de las olas era hipnótico, chapoteando suave, y un viento fresco nos erizaba la piel. Diego me quitó la blusa despacio, besando cada centímetro de mi cuello, mi clavícula. "Estás de hija, Ana, neta que eres un pinche sueño", murmuró, lamiendo mi piel salada. Yo gemí bajito, arqueándome, mientras sus manos desabrochaban mi brasier. Mis tetas saltaron libres, y él las tomó como tesoros, chupando un pezón con hambre, mordisqueando suave hasta que dolió rico.
¡Ay, wey, me vas a matar! Mi cabeza daba vueltas, el olor a su sudor mezclado con el mío, almizclado y caliente, llenaba el aire. Le quité la playera, besando su pecho velludo, bajando hasta el ombligo. Sus abdominales se contrajeron cuando le desabroché el cinturón, y saqué su verga dura, palpitante. Era gruesa, venosa, con ese sabor salado que tanto me gusta. La lamí de abajo arriba, sintiendo cómo latía en mi lengua, mientras él me agarraba el pelo con ternura. "Sí, así, mi reina, chúpamela rica", jadeó, su voz entrecortada por los grillos del lago.
Pero no quería acabar así. Lo empujé sobre la cobija y me quité el short y las calzones de un jalón, quedando en pelotas bajo la luna. Monté sobre él, frotando mi concha mojada contra su pito, lubricándolo con mis jugos. El roce era eléctrico, mis nervios ardiendo, el clítoris hinchado rozando su piel. "Te quiero adentro, Diego, ahora", le ordené, y él obedeció, guiándome con las manos en mis caderas. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Grité de placer, el lago testigo de mi éxtasis.
Cabalgamos como posesos, mis tetas rebotando, sus manos amasándome el culo. Sudábamos a chorros, el olor a sexo crudo invadiendo todo. Cambiamos de posición: él encima, embistiéndome fuerte, el sonido de carne contra carne mezclándose con chapoteos lejanos. Me besaba la boca, la cuello, mordiendo mi hombro mientras yo clavaba las uñas en su espalda. Esto es pasión pura, diario, lo juro por la Virgen de Guadalupe. Sentía el orgasmo construyéndose, como ola gigante en el lago, mis paredes apretándolo, su verga hinchándose más.
"Me vengo, Ana, ¡joder!", rugió, y yo exploté con él, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer escapando mientras él se vaciaba dentro, caliente y espeso. Nos quedamos pegados, respirando agitados, el corazón tronando como tambores huicholes.
La luna nos bañaba en plata, el agua susurrando secretos. Diego me abrazó, besándome la frente. "Eres lo máximo, mi vida. Esto no se acaba aquí". Yo sonreí, exhausta pero feliz, oliendo a nosotros, a lago, a eternidad. Nos metimos al agua fría para limpiarnos, riendo como chamacos, chapoteando y besándonos más. Salimos temblando, nos vestimos y nos fuimos en la troca, con la radio sonando corridos románticos.
Ahora en mi casa, con las piernas todavía flojas, te escribo esto, diario. Diario de una pasión escena del lago: fue el clímax de mi vida, un fuego que no se apaga. Diego ya me mandó un mensajito: "¿Cuándo repetimos, preciosa?". Neta, pronto, porque esta pasión es como el lago, profunda y sin fin. Ay, qué chido es amar así.