Lo Pasional Que Es Tu Toque
Imagina esa noche en Polanco, con el skyline de la Ciudad de México brillando como un mar de luces al fondo. Tú, sentada en esa terraza fancy del restaurante, con el vestido negro ceñido que resalta tus curvas, sientes el aire fresco rozando tu piel mientras el mesero deja los tacos de arrachera humeantes en la mesa. Qué chido todo esto, piensas, pero tu mirada está clavada en él, en Marco, tu carnal de tantos años, con esa camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver el vello oscuro de su pecho. Han pasado semanas sin tocarse de verdad, con el pinche trabajo jodiéndolos, pero esta noche hay algo en el aire, un cosquilleo que te recorre la espalda como electricidad estática.
Él te mira con esos ojos cafés intensos, y cuando levanta su copa de mezcal para brindar, sus dedos rozan los tuyos. Contacto mínimo, pero suficiente para que sientas un calor subiendo por tu brazo, directo al pecho. "Salud por nosotros, mi reina", dice con esa voz ronca que siempre te pone la piel chinita. Tú sonríes, mordiéndote el labio inferior, y respondes: "Por las noches que nos faltan recuperar, wey". La cena pasa entre risas y anécdotas del día a día, platicando de lo pendejo que es el tráfico en Reforma o lo padre que estuvo el concierto de Natalia Lafourcade la semana pasada. Pero debajo de las palabras, hay tensión, como un elástico estirándose poco a poco. Cada vez que él se inclina para probar de tu plato, su aliento cálido huele a ahumado del mezcal y a esa colonia amaderada que te vuelve loca. Tú cruzas las piernas bajo la mesa, sintiendo ya esa humedad traicionera entre tus muslos.
¿Por qué carajos hemos dejado que la rutina nos gane? Lo pasional que es esto, solo con una mirada...
Ya en el coche rumbo a casa, el silencio es pesado, cargado. Tú vas en el asiento del copiloto, con la ventanilla bajada, el viento jugando con tu cabello mientras pasas por Insurgentes. Marco pone una mano en tu rodilla, subiendo despacio por el interior del muslo. No dice nada, solo aprieta un poco, y tú sueltas un suspiro que rompe el mutis. "No mames, Marco, me estás matando", murmuras, pero tu mano va sobre la de él, guiándola más arriba, hasta donde el vestido se arruga. Él estaciona en el garage del edificio, y apenas apaga el motor, te volteas y lo besas con hambre, lenguas enredándose como si quisieran devorarse. Sabes a mezcal y chile, él a carne asada y deseo puro. Sus manos te recorren la espalda, bajando a tus nalgas, apretándolas con fuerza mientras te jala hacia su regazo.
El elevador es un mundo aparte. Puertas cerradas, y ya están pegados, tu espalda contra la pared fría de metal, sus caderas presionando las tuyas. Sientes su verga dura contra tu vientre, palpitando a través del pantalón, y un gemido se te escapa cuando él muerde tu cuello, dejando un rastro húmedo de besos. "Te he extrañado tanto, mi amor", gruñe, su aliento caliente en tu oreja. El ding del elevador los separa por un segundo, pero en el pasillo, caminan tropezando, riendo como pendejos, hasta la puerta del depa. Adentro, luces tenues, el olor a velas de vainilla que dejaste encendidas antes. Lo empujas contra la pared del pasillo, desabotonando su camisa con dedos temblorosos, lamiendo su pecho salado, sintiendo los músculos tensarse bajo tu lengua.
En la recámara, la cosa se pone seria. Tú lo despojas de la ropa, admirando su cuerpo atlético, marcado por horas en el gym. Él te quita el vestido de un tirón, quedándote en tanga de encaje negro y bra de push-up. "Qué mamacita estás", dice, ojos devorándote mientras te empuja a la cama king size, con sábanas de algodón egipcio suaves como caricia. Se arrodilla entre tus piernas abiertas, besando el interior de tus muslos, subiendo despacio, torturándote con el aliento sobre la tela húmeda de la tanga. Tú arqueas la espalda, uñas clavándose en las sábanas, el corazón latiéndote como tambor en un antro. Su aliento... huele a mí, a excitación pura, salada y dulce.
Él arranca la tanga con los dientes, y su lengua te encuentra, lamiendo tu clítoris hinchado con maestría. "¡Ay, cabrón!", gritas, piernas temblando, manos enredadas en su pelo negro revuelto. Chupa, lame, mete dos dedos gruesos dentro de ti, curvándolos justo ahí, en ese punto que te hace ver estrellas. El sonido es obsceno, chapoteos húmedos mezclados con tus jadeos y sus gruñidos de placer. Sientes el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago, cada músculo tensándose. "No pares, por favor... lo pasional que es tu boca", balbuceas, y explotas, chorros de placer mojando su barbilla, cuerpo convulsionando mientras él no suelta, prolongando el éxtasis hasta que caes laxa, jadeante.
Pero no termina ahí. Tú lo volteas, montándote encima como reina, sintiendo su verga gruesa rozando tu entrada empapada. Te bajas despacio, centímetro a centímetro, gimiendo por la plenitud, el estiramiento delicioso. Él te agarra las caderas, guiándote, y empiezas a cabalgar, tetas rebotando, sudor perlando tu piel. El slap-slap de carne contra carne llena la habitación, mezclado con sus "¡Qué rico, mi vida!" y tus "¡Más duro, pendejo!". Cambian posiciones: él atrás, perrito style, embistiéndote profundo, una mano en tu clítoris, la otra jalándote el pelo suave. Sientes cada vena de su verga pulsando dentro, el olor a sexo impregnando el aire, pieles resbalosas de sudor. Otro orgasmo te azota, gritando su nombre, y él te sigue, llenándote con chorros calientes, gruñendo como animal.
Caen exhaustos, enredados en las sábanas revueltas, pechos subiendo y bajando al unísono. Su cabeza en tu pecho, escuchando tu corazón calmarse, mientras tú acaricias su espalda, trazando círculos con las uñas. El cuarto huele a ellos, a pasión consumada, con el mezcal olvidado en la mesa de noche. "Neta, lo pasional que es esto entre nosotros", murmura él, besando tu ombligo. Tú sonríes, lágrimas de emoción en los ojos, sabiendo que esta noche ha rehecho el lazo. Afuera, la ciudad ronronea indiferente, pero aquí, en este nido, hay paz, conexión profunda, el afterglow envolviéndolos como manta cálida. Mañana será otro día, pero esta pasión, lo pasional que es, los mantendrá unidos.