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Diario de una Pasion Protagonistas

7358 palabras

Diario de una Pasion Protagonistas

Querido diario, hoy siento que este diario de una pasion protagonistas como nosotros dos, Ana y Diego, apenas comienza a escribirse con la tinta de nuestros suspiros. Todo empezó en esa fiesta en la Condesa, con el aire cargado de mariachi lejano y el olor a tacos al pastor flotando desde la calle. Yo, con mi vestido rojo ceñido que me hacía sentir como una diosa mexica, lo vi por primera vez. Diego, alto, moreno, con esa sonrisa pícara que dice órale, carnala, ¿qué onda? Sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, y neta, sentí un cosquilleo en la piel, como si su mirada ya me estuviera desnudando.

Estábamos en el balcón del departamento de mi cuate Lupe, con la ciudad brillando abajo como un mar de luces. El viento fresco de la noche me erizaba los vellos de los brazos, y cuando se acercó con un tequilita en la mano, su aroma a colonia barata mezclada con sudor masculino me invadió las fosas nasales. —Hola, guapa, ¿vienes seguido por acá? me dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho. Le contesté con una risa coqueta, —No mucho, pero esta noche parece que valió la pena. Nuestras manos se rozaron al brindar, y juro que fue como una chispa eléctrica bajando directo a mi entrepierna. Ahí empezó la tensión, ese jale sutil de miradas que se cruzan y prometen más.

Pienso en cómo su dedo índice rozó el dorso de mi mano, y ya imaginaba esa misma mano explorando mi cuerpo. Neta, diario, mi corazón latía como tamborazo en una fiesta de pueblo.

Al día siguiente, no pude sacármelo de la cabeza. Le mandé un mensajito: ¿Qué tal si nos vemos en el café de la Roma? Quiero saber más de ti, protagonista de mis sueños locos. Llegó puntual, con jeans ajustados que marcaban todo lo que yo quería descubrir. Nos sentamos en una mesita al aire libre, el sol calentando nuestras pieles, el aroma a café de olla y pan dulce envolviéndonos. Hablamos de todo: de cómo él trabaja en una agencia de diseño, de mis clases de baile salsa en el centro, de lo chido que es vivir en esta pinche ciudad caótica pero llena de vida. Cada risa suya me hacía apretar los muslos bajo la mesa, sintiendo la humedad crecer entre mis piernas. Su rodilla rozó la mía "por accidente", y el calor de su piel a través de la tela me dejó jadeando por dentro.

La química era brutal. —Eres una tentación andante, Ana, me soltó mientras pagaba la cuenta, su aliento cálido en mi oreja. Lo miré fijo, mordiéndome el labio. —Pues ven y compruébalo, wey. Caminamos por las calles empedradas, el sol del mediodía pegando fuerte, sudor perlando su cuello. Llegamos a mi depa en la Narvarte, un lugarcito modesto pero con vista al Parque Delta. Apenas cerré la puerta, sus labios se estrellaron contra los míos. Sabían a café y a deseo puro, su lengua invadiendo mi boca con urgencia hambrienta. Mis manos se enredaron en su cabello negro, tirando suave mientras gemía bajito.

Me levantó en brazos como si no pesara nada, mis piernas envolviéndolo por la cintura. El roce de su verga dura contra mi panocha me hizo soltar un ay, cabrón ahogado. Me llevó a la recámara, donde la luz filtrada por las cortinas pintaba todo de dorado. Me tiró en la cama con cuidado, sus ojos devorándome mientras se quitaba la playera, revelando un pecho musculoso, tatuado con un águila chida. Olía a hombre, a sudor fresco y loción. Se inclinó sobre mí, besando mi cuello, lamiendo la sal de mi piel. —Te quiero probar toda, morra, murmuró, y sus manos bajaron mi vestido, exponiendo mis tetas al aire. Sus labios capturaron un pezón, chupándolo con fuerza, enviando ondas de placer directo a mi clítoris palpitante.

¡Dios, diario! Su boca era fuego líquido, succionando, mordisqueando. Sentí mi concha empapada, rogando por él. ¿Cómo carajos resisto esto?

La tensión crecía como tormenta en el Popo. Le quité los jeans a tirones, liberando su verga gruesa, venosa, apuntando al techo como un pinche mástil. La tomé en mi mano, sintiendo su calor pulsante, el terciopelo sobre acero. Él gruñó, un sonido animal que me erizó toda. —Métetela en la boca, Ana, hazme lo que sabes. Me arrodillé en la cama, el colchón hundiéndose bajo mis rodillas, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Lo tragué profundo, mis labios estirándose alrededor de su grosor, mientras él me agarraba el pelo y empujaba suave. —Qué rica mamada, pendejita deliciosa, jadeó, su voz ronca retumbando en la habitación.

Pero no quería acabar así. Lo empujé de espaldas, montándome encima. Mi panocha rozó su verga, lubricándola con mis jugos. El olor a sexo nos envolvía, almizclado y embriagador. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiéndolo abrirme, llenarme hasta el fondo. ¡Órale, qué grande, qué chingón! Grité, mis uñas clavándose en su pecho. Empecé a moverme, cabalgándolo como en una jineteada en la charrería, mis caderas girando, el slap-slap de piel contra piel mezclándose con nuestros gemidos. Él me amasaba las nalgas, azotándolas juguetón, el ardor delicioso avivando el fuego.

Nos volteamos, él encima ahora, embistiéndome con fuerza controlada. Cada thrust profundo tocaba mi punto G, haciendo que estrellas explotaran detrás de mis párpados. Sudábamos a chorros, cuerpos resbalosos uniéndose en frenesí. —Te sientes como el paraíso, Ana, apriétame más, gruñó en mi oído, mordiéndome el lóbulo. Yo arqueé la espalda, mis tetas rebotando contra su torso, el placer acumulándose como lava a punto de erupción. El sonido de la cama crujiendo, nuestros alientos jadeantes, el sabor salado de su piel en mi lengua... todo me llevaba al borde.

En mi mente, éramos los protagonistas absolutos de esta pasión desbocada. No hay vuelta atrás, diario, esto es nuestro destino ardiente.

Vente conmigo, Diego, no aguanto más —supliqué, mis piernas temblando alrededor de su cintura. Él aceleró, su verga hinchándose dentro de mí, y de pronto, el mundo estalló. Mi orgasmo me sacudió como terremoto en la Alameda, olas de éxtasis contrayendo mi concha alrededor de él, ordeñándolo. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con mis jugos, goteando entre nosotros. Colapsamos, exhaustos, pieles pegajosas, corazones martilleando al unísono.

Después, en la quietud del afterglow, nos quedamos abrazados bajo las sábanas revueltas. El sol se ponía, tiñendo la habitación de naranja, y el aroma a sexo persistía como promesa de más. Acaricié su espalda, sintiendo los músculos relajados. —Esto fue neta increíble, protagonista de mi pasión, le susurré. Él rio bajito, besándome la frente. —Y apenas es el principio, mi amor. Sentí una paz profunda, como si hubiéramos sellado un pacto eterno.

Ahora, solo en la cama con olor a nosotros, escribo esto con el cuerpo aún vibrando. Este diario de una pasion protagonistas guardará nuestros secretos, nuestras noches de fuego y ternura. Mañana lo veré de nuevo, y la tensión renacerá, pero ahora sé que el clímax siempre valdrá la espera. Fin de esta entrada, pero no de nuestra historia.

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