Pasión de Gavilanes Capítulo 132 Fuego en las Entrañas
Estaba sola en la sala de la hacienda esa noche calurosa de verano en las afueras de Guadalajara. El aire olía a tierra mojada después de la lluvia vespertina y a las flores de bugambilia que trepaban por las paredes de adobe. Yo, Jimena, con mi bata de satén rojo apenas cubriéndome las curvas, me recosté en el sofá de piel gastada pero chulo, con el control remoto en la mano. Mi carnal, no, mi amor, Juan, andaba por ahí en el establo revisando los caballos, pero sabía que volvería pronto oliendo a heno fresco y sudor varonil. Encendí la tele y busqué el capítulo que tanto me tenía clavada: Pasión de Gavilanes capítulo 132. Neta, esa novela me ponía la piel chinita cada vez.
La pantalla se iluminó con las pasiones desbordadas de los hermanos Reyes. Esa escena donde Franco besa a Sarita con hambre de lobo, como si el mundo se acabara, me aceleró el pulso. Sentí un cosquilleo entre las piernas, cálido y traicionero.
¿Por qué carajos esta novela me prende tanto? Es como si me metieran la mano en el alma y la revolveran.Me acomodé, cruzando las piernas, pero el roce del satén contra mi piel sensible solo avivó el fuego. El sonido de las guitarras rancheras de fondo en la novela se mezclaba con mi respiración agitada. Olía a mi propio aroma, ese dulce almizcle que sale cuando el cuerpo pide guerra.
De repente, la puerta crujió y entró Juan, alto y fornido, con la camisa blanca pegada al pecho por el sudor, jeans ajustados que marcaban todo lo que yo adoraba. Sus ojos negros me barrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis pechos que se asomaban juguetones por la bata entreabierta. Órale, mamacita, murmuró con esa voz ronca que me deshace. "¿Qué onda, Jime? ¿Otra vez con tu novela?" Se acercó, quitándose la camisa de un tirón, revelando el torso moreno y musculoso, marcado por el trabajo en la hacienda. Olía a hombre puro: tierra, caballos y un toque de colonia barata que me volvía loca.
Le hice espacio en el sofá, pero en vez de sentarse a ver, me jaló hacia él, su mano grande y callosa rodeando mi cintura. "Mira, wey, justo Pasión de Gavilanes capítulo 132, la buena", le dije riendo bajito, mientras la tele mostraba a los amantes enredados en un beso que quitaba el hipo. Juan bufó divertido, pero sus dedos ya jugueteaban con el lazo de mi bata. "Esos gavilanes no tienen nada que hacer con nosotros, preciosa". Su aliento cálido en mi cuello me erizó la piel. Sentí su erección presionando contra mi muslo, dura como piedra, y un jadeo se me escapó.
El beso en la novela se intensificó, y Juan aprovechó para abrir mi bata del todo. Mis tetas saltaron libres, pezones duros como balas apuntando a él. Qué chingonas estás, gruñó, bajando la cabeza para lamer uno con la lengua áspera, succionando como si fuera miel. Gemí fuerte, el sonido ahogado por el drama de la tele. Mi mano bajó a su bragueta, sintiendo el bulto palpitante. Lo desabroché despacio, sacando su verga gruesa, venosa, ya goteando precúm. La apreté, sintiendo el pulso loco bajo la piel aterciopelada.
Esto es lo que necesito, no esa novela pendeja. Lo quiero dentro, ya.
Pero Juan, el muy cabrón, quería jugar. Me recostó en el sofá, separando mis piernas con rodillas firmes. El aire fresco rozó mi concha húmeda, expuesta y ansiosa. Bajó la cara y olfateó, qué rico hueles, como a mujer en celo. Su lengua trazó un camino lento desde mi clítoris hasta el ano, lamiendo con maestría, chupando mis labios hinchados. Yo arqueé la espalda, clavando uñas en su cabello negro revuelto. "¡Ay, Juanito, no pares, pinche rico!" grité, mientras olas de placer me subían por el cuerpo. El sabor salado de mi excitación lo volvía loco; lo oía gemir contra mi piel, vibrando directo en mi centro.
La novela seguía de fondo, pero ya ni la oía. Mi mente era un remolino: el roce de su barba incipiente en mis muslos internos, el calor de su boca devorándome, el olor a sexo mezclado con el heno de su ropa tirada en el piso. Me corrí primero, fuerte, convulsionando, chorros calientes mojando su barbilla. No mames, qué delicia, jadeó él levantando la vista, labios brillosos. Me besó entonces, compartiendo mi sabor, lengua enredada con la mía en un beso sucio y delicioso. Probé mi propia esencia, dulce y salada, y eso me prendió más.
Lo empujé hacia atrás, queriendo mi turno. Me arrodillé entre sus piernas abiertas, admirando su pija tiesa, cabeza roja e hinchada. La lamí desde la base hasta la punta, saboreando el líquido perlado, salado como el mar.
Es mía, toda mía esta noche.La engullí hasta la garganta, sintiendo cómo latía contra mi paladar. Juan rugió, manos en mi cabeza guiándome, pero suave, siempre respetuoso. "¡Jime, estás cabrona en esto, qué chido!" Chupé más rápido, alternando con la mano, bolas pesadas en mi palma. Su piel sudaba, olor almizclado invadiendo mis fosas nasales.
No aguantó mucho; lo sentí tensarse, venas hinchadas. Pero se apartó, no todavía, amor, quiero follarte como en esa pinche novela. Me levantó como pluma, llevándome a la alfombra gruesa frente a la tele. La luz parpadeante iluminaba nuestros cuerpos desnudos, sombras bailando como en un ritual. Me puso a cuatro patas, mi culo en pompa, concha chorreando. Entró de un empujón lento, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Qué prieta estás, carajo! Gimió, llenándome hasta el fondo. El slap de sus caderas contra mis nalgas resonaba, piel contra piel, sudor goteando.
Cabalgamos ese ritmo primitivo: él embistiendo profundo, yo empujando hacia atrás, tetas balanceándose, pezones rozando la alfombra áspera. Sus manos everywhere: apretando mis caderas, pellizcando clítoris, metiendo un dedo en mi culo para más placer. Olía a nosotros, sexo puro, mezclado con el aroma de la bugambilia que entraba por la ventana abierta. Gemidos, jadeos, el eco de la novela olvidado.
Esto es pasión de gavilanes de verdad, capítulo nuestro, eterno.Me volteó boca arriba, piernas en sus hombros, penetrándome más hondo. Nuestros ojos se clavaron: amor, lujuria, complicidad. "Te amo, Jime", susurró, y eso me catapultó.
El orgasmo nos golpeó juntos. Él se hundió una última vez, verga hinchándose, chorros calientes inundándome, mientras yo apretaba alrededor, ordeñándolo, olas interminables sacudiéndome. Gritamos nombres, cuerpos temblando pegados, sudor resbalando. Colapsamos en la alfombra, su peso cómodo sobre mí, corazón latiendo contra el mío como tambores.
Después, en el afterglow, nos quedamos así, respirando hondo. La tele seguía con Pasión de Gavilanes capítulo 132, pero ahora era ruido blanco. Juan me besó la frente, suave. "Mejor que cualquier novela, ¿verdad?" Reí bajito, acariciando su espalda. Olía a paz, a hogar, a promesas. Simón, wey, mucho mejor. Nos envolvimos en una cobija, cuerpos entrelazados, sabiendo que esta pasión no acababa aquí. Era nuestra, ardiente y eterna, como el fuego en las entrañas de esos gavilanes.