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Pasión y Gloria Canción de Fuego

5343 palabras

Pasión y Gloria Canción de Fuego

La noche en el DF se sentía cargada de promesas, con ese calor pegajoso que se mete hasta los huesos. Yo, Ana, acababa de llegar a mi depa en la Condesa, exhausta del jale pero con el cuerpo vibrando de anticipación. Marco ya estaba ahí, esperándome con una chela fría en la mano y esa sonrisa pícara que me deshace las rodillas. Órale, qué chulo se ve con la playera ajustada marcando el pecho, pensé mientras lo abrazaba, oliendo su colonia mezclada con el sudor del día.

Mi amor, ¿qué traes puesto? —me dijo, pasando las manos por mi falda corta, rozando mis muslos con las yemas de los dedos. Su voz ronca me erizó la piel.

—Nada que no quieras quitarme, wey —le contesté juguetona, mordiéndome el labio. Puse música en el Bluetooth, buscando algo que nos prendiera. De repente, sonó Pasión y Gloria, esa canción que siempre nos pone calientes, con su ritmo lento y letras que hablan de cuerpos enredados y glorias prohibidas. La melodía se coló en el aire, envolviéndonos como humo de incienso.

Empezamos a bailar pegaditos en la sala, el piso de madera crujiendo bajo nuestros pies. Sentía su aliento caliente en mi cuello, su erección presionando contra mi vientre.

Pinche canción, siempre sabe cuándo encender la mecha
, me dije, mientras mis manos subían por su espalda, arañando suavemente la tela. El aroma de su piel, salado y masculino, me mareaba. Sus labios rozaron mi oreja:

—Te deseo tanto, Ana. Neta, no aguanto más.

El deseo inicial era como una chispa, pero la tensión crecía con cada acorde de pasión y gloria canción, que ahora parecía escrita para nosotros. Nos besamos con hambre, lenguas danzando, probando el sabor a limón de su boca por la chela. Sus manos se metieron bajo mi blusa, acariciando mis pechos, pellizcando los pezones hasta que gemí bajito. El sonido de la ciudad allá afuera —cláxones lejanos, risas de borrachos— se mezclaba con nuestra respiración agitada.

Lo empujé al sofá, quitándole la playera de un jalón. Su torso desnudo brillaba bajo la luz tenue de la lámpara, músculos tensos y listos. Me arrodillé entre sus piernas, desabrochando su jeans con dedos temblorosos. Qué rico huele aquí abajo, puro hombre, inhalé profundo mientras liberaba su verga dura, palpitante. La tomé en la mano, sintiendo el calor y las venas hinchadas, y la lamí desde la base hasta la punta, saboreando la gota salada que brotaba. Marco gruñó, enredando los dedos en mi pelo:

¡Ay, cabrona, qué chingón! Sigue así, mi reina.

La canción seguía sonando en loop, sus letras susurrando pasión y gloria como un mantra erótico. Me levanté, me quité la falda y las calzas de un movimiento, quedando en tanga. Él me jaló encima, sus manos amasando mis nalgas, el roce áspero de su barba en mis tetas enviando descargas eléctricas. Me froté contra él, sintiendo su dureza resbalar entre mis labios húmedos.

No puedo más, lo necesito adentro, ya
. El olor a sexo empezaba a llenar la habitación, almizclado y dulce, mezclado con el perfume de mis jugos.

La intensidad subía como la marea. Me monté en él, guiando su pija a mi entrada resbaladiza. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Puta madre, qué llena me deja este pendejo! Gemí fuerte cuando toqué fondo, mis paredes apretándolo como un guante. Empezamos a movernos, yo cabalgándolo con ritmo salvaje, él embistiéndome desde abajo. El slap-slap de piel contra piel ahogaba la música, mis pechos rebotando, sudor perlando nuestros cuerpos. Sus manos en mi cintura, guiándome, sus ojos clavados en los míos con esa mirada de puro fuego.

—Más fuerte, Marco, ¡rómpeme! —le rogué, clavando las uñas en su pecho. Él volteó el juego, poniéndome boca abajo en el sofá, penetrándome por atrás. Sentí cada vena, cada pulso, mientras su vientre chocaba contra mis pompas. El placer trepaba, coiling en mi vientre como una serpiente. Olía a nosotros, a sexo crudo y pasión desatada. Sus dedos encontraron mi clítoris, frotándolo en círculos, y exploté. El orgasmo me sacudió entera, olas de éxtasis haciendo que mis piernas temblaran, gritando su nombre mientras me contraía alrededor de él.

Marco no paró, prolongando mi gozo hasta que sentí otra ola venir. Se corrió conmigo, gruñendo como animal, llenándome con chorros calientes que desbordaban. Colapsamos juntos, jadeantes, piel pegajosa de sudor y fluidos. La canción de pasión y gloria terminaba suave, como un suspiro. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopante calmarse, su mano acariciando mi pelo húmedo.

—Te amo, Ana. Esto fue... gloria pura —murmuró, besando mi frente.

—Y yo a ti, mi chulo. Qué noche, ¿verdad? —respondí, sonriendo perezosa. El afterglow nos envolvía, cuerpos laxos y almas conectadas. Afuera, la ciudad seguía su ritmo, pero en nuestro mundo, solo existía esa paz satisfecha, el eco de la canción resonando en mi mente como promesa de más noches así. Mañana sería otro día de jale y rutinas, pero esta pasión y gloria canción quedaría grabada en nosotros, un fuego que nunca se apaga.

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