Cual Es Mi Pasion Desatada
La noche en Polanco estaba viva, con las luces de neón reflejándose en los ventanales de las azoteas y el bullicio de la gente riendo y bailando al ritmo de un perreo suave. Yo, Ana, de veintiocho años, morra de clase media alta que trabajaba en una agencia de publicidad en Reforma, me sentía como siempre: chida por fuera, pero con un vacío adentro que no explicaba. ¿Cual es mi pasion? Me preguntaba eso desde hace meses, mientras sorbía mi margarita con sal de himalaya, viendo cómo las parejas se rozaban en la pista improvisada.
Ahí lo vi. Marco, un wey alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace mojar las bragas sin decir ni madres. Vestía una camisa guayabera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que le quedaban como pintados. Era amigo de mi primo, un DJ que armaba estas pachangas épicas. Nuestras miradas se cruzaron cuando él pedía un trago en la barra. Sentí un cosquilleo en el estómago, como si mi cuerpo supiera algo que mi cabeza aún no cachaba.
¿Por qué este pendejo me prende tanto? Neta, Ana, contrólate, no eres de las que se lanzan así nomás.Me dije, pero ya estaba caminando hacia él, mis tacones resonando en el piso de mármol pulido.
—Órale, morra, ¿vienes a robarme el shot? —me soltó con esa voz grave, ronca, que olía a tabaco y loción masculina.
Reí, sintiendo el calor subir por mis mejillas. —Nah, wey, solo quiero saber si bailas tan chido como pareces.
La charla fluyó como agua de coco en playa. Hablamos de la CDMX, de cómo el tráfico en Insurgentes te vuelve loco, de tacos al pastor en la esquina de Sullivan. Su risa era contagiosa, vibraba en mi pecho, y cada vez que su brazo rozaba el mío, un escalofrío me recorría la espina dorsal. El deseo inicial era como una chispa: sutil, pero lista para incendiar todo.
La música cambió a un corrido tumbado sensual, y él me jaló a la pista. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, me guiaron. Sentí el calor de su piel a través de la tela delgada de mi vestido rojo ceñido. El sudor perlado en su cuello olía a sal y hombre, y cuando me pegó a su cuerpo, su verga semi-dura presionando contra mi muslo, supe que esto no era un juego de niños.
Mierda, este wey me tiene empapada. ¿Cual es mi pasion? Tal vez sea esto: perderme en un desconocido que me hace sentir viva.
La fiesta se desvaneció. Terminamos en su depa en Lomas, un penthouse con vista al skyline, luces tenues y un balcón con jacuzzi burbujeante. No hubo prisas; entramos besándonos como locos, sus labios carnosos devorando los míos, lengua explorando con hambre contenida. Probé el tequila en su boca, dulce y ardiente, mientras sus manos subían por mis muslos, levantando el vestido hasta dejarme en tanga de encaje.
—Eres una chingona, Ana —murmuró contra mi oreja, su aliento caliente erizándome la piel—. Neta, desde que te vi, quise comerte entera.
—Pues hazlo, cabrón —le respondí, mordiéndome el labio, empoderada por primera vez en mucho tiempo.
Me llevó al sofá de piel italiana, suave como caricia. Se arrodilló entre mis piernas, besando mi interior de muslos, lamiendo despacio hasta llegar a mi centro. El primer toque de su lengua en mi clítoris fue eléctrico: un jadeo se me escapó, mis uñas clavándose en sus hombros anchos. Olía a mi propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con su colonia. Lamía con maestría, círculos lentos que me hacían arquear la espalda, mis pezones endurecidos rozando el vestido aún puesto.
El conflicto interno bullía: ¿Y si solo es una noche? ¿Y si mañana vuelvo a mi rutina de oficina y Netflix? Pero su boca me silenciaba, succionando suave, dedos hundiéndose en mí, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. Gemí su nombre, las caderas moviéndose solas, el sonido húmedo de su boca en mi coño resonando en la habitación. El orgasmo vino gradual, como ola en Acapulco: primero temblor, luego explosión, mi cuerpo convulsionando mientras gritaba, jugos empapando su barbilla.
Él se levantó, quitándose la camisa con un movimiento fluido, revelando un torso tatuado con águilas y calaveras estilizadas, músculos contraídos por el deseo. Lo jalé hacia mí, besando su pecho, lamiendo el sudor salado de su piel. Bajé la mano a su pantalón, sintiendo su verga gruesa, palpitante bajo la tela. —Quítatelo, wey, quiero sentirte —le ordené, y él obedeció con una sonrisa lobuna.
Libre, su pija saltó erecta, venosa, la cabeza brillante de pre-semen. La tomé en mi mano, piel aterciopelada sobre acero, masturbándolo lento mientras lo veía a los ojos. El olor almizclado de su excitación me volvía loca. Me puse de rodillas, lengua recorriendo la longitud, saboreando la sal de su piel, chupando la punta hasta oírlo gruñir como animal.
Esto es poder, neta. Tenerlo así, rogando con los ojos, me hace sentir diosa.
La tensión escalaba. Lo empujé al sofá, montándome a horcajadas. Froté mi coño mojado contra su verga, lubricándola, provocándolo hasta que suplicó: —Métetela, Ana, por favor. La escalada emocional era intensa; no solo cuerpos, sino almas rozándose. Sentí su vulnerabilidad en ese ruego, y la mía en el deseo de entregarme.
Me hundí en él despacio, centímetro a centímetro, su grosor estirándome deliciosamente. El placer fue agudo, punzante, mis paredes apretándolo como guante. Empecé a cabalgar, lento al principio, sintiendo cada vena rozando mis sensibles pliegues. El slap-slap de piel contra piel, sus manos amasando mis nalgas, uñas clavándose leve. Sudor goteando entre mis tetas, que él chupaba con avidez, mordisqueando pezones hasta doler placenteramente.
Aceleré, el jacuzzi en el balcón borboteando como fondo, luces de la ciudad parpadeando como testigos. Mi clítoris frotando su pubis, ondas de placer acumulándose. Él embestía desde abajo, profundo, golpeando mi cervix con precisión. —¡Más fuerte, pendejo! —grité, y él obedeció, volteándome para ponerme a cuatro.
Desde atrás, su verga entró como ariete, bolas golpeando mi clítoris. El ángulo perfecto me hacía gritar, visión nublada por lágrimas de puro gozo. Sus manos en mis caderas, jalándome contra él, ritmo frenético. Olía a sexo crudo, sudor, perfume mezclado. Sentí su pulso acelerado contra mi espalda cuando se pegó, susurrando: —Estás tan rica, morra, me vas a hacer venir.
El clímax nos tomó juntos. El mío primero, explosivo, coño contrayéndose en espasmos, chorros calientes salpicando sus muslos. Él rugió, llenándome con chorros calientes, semen derramándose mientras seguíamos moviéndonos, prolongando el éxtasis. Colapsamos, jadeantes, su peso sobre mí reconfortante.
En el afterglow, recostados en el balcón, fumando un cigarro compartido —el humo subiendo perezoso hacia las estrellas—, reflexioné. Su cabeza en mi regazo, dedos trazando patrones en mi piel aún sensible. El aire nocturno fresco secaba el sudor, trayendo olor a jazmín de los jardines abajo.
Ya sé cual es mi pasion: esta libertad salvaje, este fuego que enciende un wey como tú. No más rutinas, neta. Esto es lo que me hace latir.
Marco me miró, ojos brillando. —Vente conmigo a la playa el fin, Ana. Sigamos descubriendo.
Asentí, besándolo suave. La noche cerraba con promesa, mi cuerpo saciado pero ansioso por más. Polanco dormía abajo, pero yo acababa de despertar.